“Londres, ciudad okupada” de Richard Dudanski. Historia del rock, huyendo de la mitomanía


Hace unos meses me avisaban desde la editorial Libros.com (donde edité Sin pedir permiso) que iniciaban el crowdfunding de “Londres, ciudad okupada”, la traducción al español de “Squat city rocks”, un libro de memorias que recoge la fructífera vida de Richard Dudanski un músico persona que ha tenido la suerte o el buen tino de formar parte de una cantidad increíble de historias que hacen suspirar a seguidores del rock de todo el mundo. La librería Molar en La Latina, que se encontraba a reventar, acogió la presentación del libro la tarde del jueves 18 de enero.
Richard Nother, su verdadero nombre, conoció a Joe Strummer cuando aún era Woody, un joven con quien compartió varias casas okupadas en el centro de Londres y banda, los 101ers, en referencia a una de las casas donde vivieron. Richard conservaría una estrecha amistad con el líder de The Clash hasta su muerte, aunque con un periodo de dos años de “disgusto” que coincidió con el vertiginoso despegue de “the only band that matters”. Richard se toma su historia con la pasmosa tranquilidad de quien sabe que lo que está contando son sus propias vivencias, sin trampa ni cartón, dejando incluso escapar una ligera incomodidad en algunos momentos en los que sube la idealización. Pero, como afirma Servando, “parte del juego de la cultura pop es engrandecer esa mitomanía”. Y no es fácil resistirse a ello.
El título de libro hace alusión a los años que Richard vivió como okupa en Londres, explicado en la primera mitad del libro. En 1973, cuando Richard empezó a okupar, existían muchas viviendas vacías en Londres, destrozadas de manera intencionada por las autoridades para que no fueran habitadas. “Vivíamos dentro de una cierta organización, haciendo nuestros proyectos artísticos. Pero nos encontrábamos con problemas con la policía y el Ayuntamiento”, recuerda Richard.
Dudanski y Strummer formaron parte los 101ers, banda en la que empezaron haciendo versiones de clásicos del rock, aunque luego firmarían sus propias canciones. En un momento en que el panorama musical “estaba estancado”, los 101ers se vieron inscritos en el fenómeno que se denominó pub rock, encajado entre el glam y el punk, se les consideró una community band. “Teníamos bastante sentido de formar comunidad. Todo ello respondía a nuestra necesidad de compartir”, explica Richard. Dr. Feelgod fue para ellos una inspiración. “Joe se inspiró para montar los 101ers viendo tocar a Wilko Johnson en los pubs”. Confiesa Richard que empezaron a tocar “sin pensar en lo que hacíamos, creo que porque no éramos capaces de hacer otra cosa”.
“Londres, ciudad okupada” es Richard Dudanski pero también es la artista Esperanza Romero, su compañera de vida desde hace más de cuarenta años y la autora de las ilustraciones del libro. Los dos estuvieron en el ojo del huracán de lo que fueron los inicios del punk británico, trataron a todas las luminarias de aquella escena y acumulan decenas de anécdotas. Esperanza es hermana de Paloma, pareja de Strummer en los años de las okupas y batería de The Slits y de las Raincoats, bautizada como Palmolive por el bajista de los Clash, Paul Simonon. Resulta una delicia escuchar de la boca de un Richard que trata de sacudirse las alabanzas mitómanas, su pelea con Steve Jones de los Sex Pistols la noche de la primera actuación de The Clash que vio rebotado y bebido; su amistad con un joven Lemmy Kilmister; la historia de la última felicitación navideña que recibieron de Joe dos días antes de su repentino fallecimiento o la última vez que le vieron, en la celebración de su 50 cumpleaños.
Servando Rocha inscribe el libro de Richard dentro del auge de literatura rock que se está viviendo en los últimos años, aunque muchos de estos libros sean “autorreferenciales y laudatorios”. No es el caso de “Londres, ciudad okupada”, libro que define como apasionado, lleno de aventuras y “tremendamente honesto”. Como honesta es su forma de hablar sobre su relación ambivalente con el punk, un movimiento que considera positivo por la revolución musical y social que supuso. “Pero sus formas no me convencieron porque fue muy controlado y manipulado por los managers”, en referencia a Malcolm McLaren de Sex Pistols y Bernie Rhodes de The Clash.
No podía dejar de contar Richard el delicado momento en que Joe Strummer dejó los 101ers. “Nuestra relación era muy cercana, era mi mejor amigo y lo perdí, también a mi grupo”. Richard explica que Joe cambió mucho durante los dos primeros años de la formación de The Clash, vivió una lucha contra su propio personaje. “Para él fue complicado, se había lanzado al 100% y después de dos años extenuantes”. Luego todo empezó a calmarse, incluso en 1980 grabamos el disco de los 101ers, que sacamos en un sello creado por nosotros, Andalucía Records.
Más allá de los 101ers, grupo al que considero que Richard guarda un mayor cariño, Dudanski fue durante un tiempo batería de conocidas bandas como The Raincoats, banda de chicas reivindicada en los años 90 por Kurt Cobain. “No tenían batería y me uní a ellas durante su primera etapa. Nos llevábamos muy bien y disfrutaba mucho con ellas”, aunque el final de su relación no fuera precisamente agradable. Dudanski también tocó en un álbum de PiL (Public Image Ltd), la banda que montó John Lydon, quien fue líder de los Sex Pistols, otro músico que luchaba “contra su propio personaje”. Lo define como “un hombre muy inteligente, independiente, que hacía música interesante”. John también intentaba recuperar su propia identidad, “se hartó de la dominación de Malcolm McLaren”, concluye Richard. Brasil.
Dudanski es mucho más que rock. Recuerda su relación de aquellos años con la música española a través de los discos de Paco Ibañez y de flamenco que llevaron Paloma y Esperanza a Inglaterra y que fue el primer contacto de Strummer con España. Pero además el autor es amante de la música clásica y de la música negra, reggae, blues, jazz, y de la entonces incipiente world music. Con el dinero ganado en PiL, Esperanza y Richard se marcharon nueve meses a Brasil, un país que le fascinaba desde niño, y que ocupa un interesante espacio en el libro. En esa época tan anterior a Internet el autor buscaba libros de antropología en la biblioteca para conocer sobre la cultura y la música brasileñas.
Podríamos pasar horas escuchando a esta deliciosa pareja, que forma parte de la historia de la música con mayúsculas. Y no sólo por lo vivido hace décadas, ellos no son pasado, son presente ya que, como recuerda Servando, Dudanski compagina en la actualidad tres proyectos musicales. La clave de la autenticidad que rebosa Richard la tiene Antonio, chileno, uno de sus compañeros en aquellas okupas a inicios de los 70. “Nunca se ha inventado un personaje, Richard ha sido una persona”.



#Hzlqdbs 2017 Resumen de un año intenso

03/04/2017. “Del color de la leche” de Nell Leyshon. Un libro hermoso, brutal y necesario http://hazloquedebas.blogspot.com.es/2017/04/el-color-de-la-leche-de-nell-leyshon-un.html
15/09/2017. Eres vieja

#Cocina Menú de Reyes 2018


La comida del Día de Reyes es la celebración de Navidad que hacemos en nuestra casa. Para mí supone el momento de experimentar, de hacer platos diferentes y más elaborados que los que cocino habitualmente, aunque siempre dentro de la sencillez, porque no soy ni mucho menos una experta cocinera. Al inicio de las fiestas empiezo a pensar en lo que voy a preparar y a buscar recetas. Este año, el que ya se va convirtiendo en tradicional artículo de la murciana Amor González y su Casa Taller Birdie en la revista Vogue, me dio varias ideas. Quería que este año el plato principal fuera cerdo, y finalmente me decidí a prepararlo con cerveza negra y mostaza, idea basada en la receta de una de sus cenas clandestinas, el pastel de estofado de cabeza de lomo con cerveza negra y mostaza antigua.
Uno de los entrantes ha sido el paté de alcachofas del artículo con recetas navideñas de Casa Taller Birdie en la revista Vogue. Compré seis estupendas alcachofas, ahora estamos en plena temporada, aunque finalmente cocí cuatro, he dejado dos para otro plato. A las alcachofas hay que quitarles las hojas duras y pelar el tallo. Recomendable irlas echando en una fuente de agua con limón porque se quedan negras enseguida. Poner a calentar agua con sal en una cacerola y, cuando el agua está hirviendo, echar las alcachofas. Retirarlas cuando estén tiernas. Luego pasarlas por la batidora con sal, pimienta, aceite de oliva, hojas de albahaca fresca, ralladura de limón y ajo. Amor asa en el horno el ajo. Así lo hice yo también con una cabeza de ajos asada. Usé tres dientes para el paté porque personalmente me da miedo pasarme pero la cantidad debe estar al gusto de quien la prepara. De esta forma el ajo queda con un sabor diferente, suave y con un cierto toque ahumado. El paté no me ha resultado sencillo de preparar. Las alcachofas tienen hebras, mi batidora es de vaso y le costaba batir, recomiendo ir quitando los restos que se quedan entre las cuchillas. Fui pasando después por el chino el “puré” de alcachofa para eliminar las molestas hebras. El resultado es fresco, con una textura y un sabor natural y muy rico. He separado el paté en dos recipientes, uno lo he servido con lascas de queso parmesano y el otro lo he decorado con una hoja de albahaca. Un plato trabajoso, pero el resultado ha merecido la pena.
Este año he repetido la ensalada de perdiz escabechada (lata de Lidl Deluxe) con escarola. En esta ocasión cambiando la composición de la vinagreta, hecha con zumo de naranja, al que he añadido aceite de oliva y mostaza. No le he puesto nada más a la ensalada. Atención al zumo de naranja para las ensaladas, aporta frescura y menos acidez. Como anécdota, se nos rompió el abrelatas y tuvieron que veniral rescate mis padres trayendo uno de su casa.
Para el plato principal he preparado lomo de cerdo con cerveza negra y mostaza antigua. Compré un lomo de cerdo en la carnicería, limpio de grasa. Metí la pieza entera en una cacerola grande, con aceite, lo fui dorando poco a poco a fuego no muy fuerte durante un rato, con la tapadera puesta porque salta bastante y para que se fuera haciendo también por dentro. Una vez dorado, hay que sacar la pieza de carne en una fuente y añadir la verdura en el aceite donde el lomo ha soltado su jugo. Para mi versión del lomo de cerdo he puesto cebolla y media, dos zanahorias, un boniato pequeño y varios trozos de calabaza, predominio de las verduras de color naranja como podéis ver. He dorado la verdura despacio y, cuando estaba melosa he devuelto la pieza de cerdo a la cacerola, lo he tenido un rato con las verduras, dándole la vuelta y finalmente he añadido la cerveza negra (una botella de Guinnes) y dos cucharadas de mostaza antigua. A partir de ahí cocer a fuego suave con la tapadera puesta hasta que pinchéis y veáis que la carne está bien tierna. Atención al amargor de la cerveza negra, probad la salsa para ver qué punto os gusta, yo he añadido unas cucharaditas de azúcar moreno para rebajarla pero eso depende del gusto de cada uno. En mi caso he preparado la carne la noche antes para que cogiera más sabor. Por la mañana he sacado el lomo y lo he cortado en trozos anchos, de nuevo cada uno puede hacerlo a su gusto. Luego sólo hay que incorporar las rodajas a la salsa y calentarlas para servir. En mi caso no he pasado la salsa por el chino, se puede comer con los trozos de verdura a la vista o pasarla para que quede una salsa más fina. A gusto del consumidor. Es un plato riquísimo, y que sale muy bien de precio.
Como plato alternativo he preparado unos contramuslos de pollo con curry y limón. Lo he guisado con cebolla, zanahoria, pimiento rojo y calabacín cortados en tiras. Frío bien el pollo especiado con curry y con la cebolla, le añado las verduras y después bajo el fuego. Echo el zumo de medio limón y dejo que termine de hacerse la carne despacio en la cacerola que uso para esta receta, baja y de tapa con agujero. Así, el pollo se acaba de hacer en su jugo y queda muy rico.
He acompañado los dos platos con patatas panadera a las que he dado un toque de romero.
De postre hemos tenido roscón con nata, comprado en pastelería, porque no me atrevo aún a hacerlo en casa, bombones y una selección de frutos secos y deshidratados Barberá, bañados con diferentes chocolates.
Si la inspiración para estos platos han sido las recetas de Amor González, no quiero dejar de mencionar a Isabella Bo, que es quien se encarga de la ropa de mesa, la vajilla y la decoración. Yo no tengo mano para poner una mesa bonita, ni dinero para comprar buenas vajillas, copas o manteles, ni sitio donde guardarlos pero no dejo de admirar las preciosas mesas que monta Isabella. En mi caso he usado velas de estrella, mantel y servilletas de papel de Mercadona, vajilla de Ikea y copas regalo de mi tío Miguel. En todo caso buen provecho y espero que os animéis a probar estas recetas fáciles y deliciosas.


“París puede esperar”, una delicia ligera de Eleanor Coppola


Un viaje de vuelta de vacaciones en tren nos ofreció la ocasión de disfrutar de una bonita película, en el más amplio sentido de la palabra, que en su día se nos escapó. Estoy hablando de “París puede esperar”. Cuando la anunciaron por megafonía busqué información en internet, para ver si merecía la pena pasar viéndola una parte del viaje. Me encontré con que estaba protagonizada por la gran Diane Lane, un aliciente añadido a una película sobre un viaje en carretera, repleta de buen vino y buena comida, como contaban los comentarios que leí por encima. Un film que además cuenta con la sorpresa de que su directora es alguien que sonará a los amantes del buen cine.
Ella es Eleanor Coppola (nacida Eleanor Jessie Neil en Los Ángeles, 1936), quien se ha pasado la vida siendo “esposa de”, en su caso el mítico director Francis Coppola. Por si esta losa no fuera lo bastante pesada, la exitosa carrera en el cine de su hija Sofia (Las vírgenes suicidas, Lost in Translation o María Antonieta) también la ha convertido en “madre de”. Y sin embargo Eleanor es una mujer inquieta que, a su actividad como artista plástica, une su labor como escritora y directora. Una muestra de su trabajo son sus libros “Notas sobre una vida” (editorial Circe), un diario en el que recoge sus recuerdos más íntimos y “Con el corazón en las tinieblas”, sobre el rodaje de Apocalypse now, pesadilla que también reflejó en un documental del mismo título “Hearts of darkness” (1991), ganador de un Emmy. A sus 81 años Eleanor ha debutado como directora de ficción con “París puede esperar”, una deliciosa comedia, con más que evidentes tintes autobiográficos, estrenada en 2017.
La historia que narra la película es de lo más sencilla. Una mujer se encuentra de viaje en Cannes acompañando a su marido, un exitoso productor de cine norteamericano que no la hace demasiado caso, siempre ocupado en su absorbente trabajo. Un inoportuno dolor de oídos, que la impide viajar en avión, es aprovechado por el socio francés de su esposo para invitarla a llevarla en coche hasta París. Lo que sigue es un viaje de placer y deleite, sin interferencias de trabajo, prisas o preocupaciones, repleto de diversión, lugares bellos, buena comida, mejor vino, humor y un cierto toque de chispeante romance. De la mano de su acompañante francés, la protagonista despertará al disfrute de los sentidos y encontrará una nueva pasión por la vida.
Y es que uno de los secretos de la vida es saber disfrutar en la medida de nuestras posibilidades, y esto lo refleja de manera acertada la directora en esta amable road movie. El sibarita Jacques, interpretado por Arnaud Viard, conduce a la bella Anne, a quien da vida Diane Lane, por las carreteras de Francia, en un destartalado y encantador coche, en un camino al que se enfrenta sin ninguna prisa y sí con toda la intención de disfrutar. Porque como afirma Jacques “conducir es la única manera de ver un país”. Pasarán por preciosos parajes, como los campos de lavanda de la Provenza o el Puente del Gard en Remoulins; visitarán el Museo de Miniaturas y Cine y el de los Tejidos (una de las pasiones de Anne) ambos en Lyon o la catedral de Vézelay en Borgoña. Por el camino pararán en cafés, bistrós y restaurantes, saborearán deliciosas carnes y pescados, beberán el mejor vino y disfrutarán de delicados dulces y chocolates (otra de las pasiones de la norteamericana). Así, lo que empieza como un viaje en el que se ve envuelta sin pretenderlo una Anne confundida y hasta cierto punto incómoda, se irá convirtiendo en un trayecto divertido, lleno de aprendizaje y gozo, un itinerario por los sentidos, que irá fotografiando la protagonista con su pequeña cámara de bolsillo. “Finjamos que no sabemos dónde vamos o ni siquiera dónde estamos”, dice Jacques en otro momento de la película. La simulación y el juego acompañan este viaje de placer.
Diane Lane, una vieja conocida de la familia Coppola, que trabajó con Francis en las míticas y ochenteras adaptaciones de las novelas juveniles de Sue E. Hinton “Rebeldes” y “Rumble Fish”, se convierte en la película en una especie de alter ego de Eleanor. Las melancólicas reflexiones de Anne sin duda tienen mucho ver con experiencias vividas por la directora, como su labor en la sombra para hacer más fácil la vida de su ocupado marido; su papel como madre y el síndrome del “nido vacío”; las probables infidelidades de su esposo… Pero cuando de verdad Anne se abre a su compañero de viaje, sucede al hablar sobre el fallecimiento de su hijo recién nacido, un trago amargo por el que también pasó Eleanor. Su hijo mayor, Gio, falleció con 22 años en un desgraciado accidente durante el rodaje de “Jardines de piedra” (1986), dirigida por su padre. “No puedes usar el dolor como escudo. Hay que celebrar su memoria, su presencia entre nosotros”, afirmaba la directora en una entrevista sobre aquella trágica pérdida.
La falta de visibilidad como creadora Eleanor Coppola es también el drama de tantas mujeres de generaciones pasadas, a quienes les tocó permanecer a la sombra de sus maridos, primando su rol de esposas y madres por encima de su capacidad, su trabajo y sus aspiraciones. Así lo contaba en una entrevista para el diario El Mundo en junio de 2017: “Las mujeres de mi generación fuimos educadas para ayudar a nuestros maridos y durante años ése fue mi trabajo. (…) Veo a mi hija Sofia y me doy cuenta de cómo han cambiado las cosas”.
“París puede esperar” ha recibido críticas por no tener “aspiraciones intelectuales”, resultar “ligera como un suflé” y no ser mucho más que un mero viaje de placer. Estos comentarios pueden tener su parte de razón, aunque no creo que las pretensiones de Eleanor al rodar la película hayan ido mucho más allá que reflejar de manera amable y sencilla una historia en torno a despertar a los placeres de la vida. Y eso sin duda lo consigue. Como curiosidad, se han creado itinerarios en revistas de viajes que reproducen los recorridos de Anne y Jacques en la película.
Y por favor, déjennos por una vez ser disfrutones y ligeros. Que también lo necesitamos.


Apegos feroces de Vivian Gornick. La imposibilidad de escapar de la madre


"La infelicidad tiene que estar viva para que pueda suceder cualquier cosa". Con la novela “Apegos feroces” de Vivian Gornick (Nueva York, 1935), reciente premio al Mejor Libro de Ficción otorgado por el gremio de Libreros de Madrid 2017, hemos cerrado una nueva sesión de otoño del Gabinete de Lectura de La Central marcada por la literatura femenina. De cinco libros leídos, cuatro han sido escritos por mujeres; se trata de cuatro fantásticos volúmenes de gran nivel. La escritora Lucía Litjmaer (Buenos Aires, 1977) fue la encargada de hablarnos sobre el libro y la sesión estuvo coordinada por Yaiza Berrocal.
Publicado en 1986 “Apegos feroces” es una profunda reflexión sobre relaciones afectivas feroces, materno filiales, de pareja, sexuales... Una “historia de mujeres con mujeres”, como la define la propia historia, una abanderada del feminismo y de la revolución cultural de la década de los 60. Lucía Litjmaer nos puso en antecedentes sobre los avances literarios de la época en la que comienza “Apegos feroces”. Comentó como, tras la psicosis de la Primera Guerra Mundial, la narración tradicional fue dejando de tener sentido y así las historias comenzaron a contarse de manera fragmentada. El libro avanza a trompicones, nos ofrece “pedazos” de historias y constantes saltos en el tiempo. Lo que realmente unifica la narración y hace de eje conductor son los paseos por las calles de Nueva York de la adulta Vivian y la anciana madre. También tras la Primera Gran Guerra la idea de amor romántico tradicional dejó de funcionar. El amor “como una iluminación” acabó por convertirse en un “anticlímax” para la generación de la autora.
“Todas nos entregábamos a nuestros placeres. Nettie quería seducir, mamá quería sufrir y yo quería leer”. Como se recoge en el libro, Vivian Gornick tuvo en la infancia dos modelos femeninos muy diferentes. Por un lado la madre, que refleja el amor romántico puro y el duelo. Por otro lado Nettie, cuya identidad se sustenta en la atracción que despierta, y que de alguna manera es un personaje “desdibujado porque se ve bajo los ojos idealizados de la niña”. Resulta fascinante el luto de la madre, parece como si hubiera esperado toda su vida para llegar a ese sufrimiento. “Es una imagen muy típica de la tradición judía, la yidish mamma, la madre frustradora”, explicó Litjmaer. Vivian no logrará liberarse en la edad adulta de ese amor castrante de la madre. Lucía Litjmaer reflexionó como, curiosamente, en el libro hay por parte de la autora una absoluta desnudez emocional, sin embargo su cuerpo es omitido. Así, en “Apegos feroces” hay una gran elipsis que oculta cómo rompe y despierta a la sexualidad. Una manera de quitar importancia al amor en el discurso narrativo. Sus relaciones la dejan defraudada pero parece que “ella misma es quien no permite que avancen sus historias más personales”, todas las que aparecen en el libro se caracterizan por el enfrentamiento. Con respecto a algunos de sus “apegos feroces”, en un momento de la narración desaparecen y no se vuelve a saber nada más de ellos. No así la madre, omnipresente en todo el texto. La madre la asfixia pero al mismo tiempo la hace sentirse segura. Se trata de una compleja relación madre e hija llena de ansiedad. Litjmaer califica el libro de “freudiano”, por los temas que aborda: infancia, sexo, muerte, madre. De alguna forma el libro “puede ser una especie de terapia”.
La escritura tiene para la protagonista una importancia vital. Así, otro de los temas centrales de “Apegos feroces” es la necesidad de la autora de conciliar su voz, el eterno dilema de las mujeres creadoras y artistas: la búsqueda de un espacio para crear (la habitación propia de Virginia Woolf). Vivian lo aborda a través de ese “rectángulo creador” al que apela en varias ocasiones, un espacio al que le cuesta acceder por el apego con la madre. Ese “rectángulo” del que habla en el libro es, en palabras de Litjmaer, un concepto muy propio del psicoanálisis, sobre la difícil convivencia entre el placer y el trabajo. A la protagonista sin duda le cuesta gozar. No logra despegarse de las convenciones, tampoco de la angustia y la autocompasión.
Es interesante cómo se abordan sus relaciones con los hombres que aparecen en el libro. Como su amigo de la adolescencia, que se convertirá con el tiempo en rabino; su marido, con el que establece una relación que parece basada en “jugar a las casitas”, según Litjmaer, en la que no se entienden, no consiguen relajarse ni disfrutar juntos; la tercera relación es la que tiene con el sindicalista casado, un hombre bastante mayor que ella, que abre la puerta para una nueva amante cuando la relación cae en la rutina.
No podemos olvidar el contexto histórico y social en el que se encuadra el libro. Vivian Gornick estudió en la universidad en la década de los 50. En aquella época las mujeres se casaban a los 19 o 20 años, no era común estar soltera con esa edad y entrar a la universidad, además perteneciendo a la clase obrera. La madre fue de alguna manera una adelantada a su tiempo,  además de una institución en su vecindario, tiene un marcado perfil político y en muchos aspectos estuvo libre de convenciones, como su apoyo a Nettie, la vecina gentil que se queda sola y desprotegida en un barrio judío donde no la aceptan.
Durante la sesión Yaiza Berrocal de La Central nos habló sobre las diferentes escrituras del yo. Nos explicó como Gornick de alguna manera practica un periodismo personal, una forma de autoficción, que es un concepto un tanto controvertido en Estados Unidos, donde el género de “non fiction”, en el que destacaron autores como Wolfe, Capote o Didion, debe ser claramente no ficción. Gornik se vio envuelta hace años en una polémica cuando explicó que alguna parte de “Apegos feroces” era inventada, como el encuentro con el vagabundo, lo que le generó críticas. Además Vivian Gornick se queda fuera de ese celebrado género al contar su vida, explicó Berrocal. Las escrituras del yo tienen problemas con el llamado “pacto de lectura”. Se trata de un género aún a debate. Autobiografía, memoria y autoficción son los tres subgéneros, en los que hay que tener en cuenta el pacto con el lector, el compromiso con la verdad, la recreación, las licencias que se toma el autor para transmitir determinadas ideas… La crítica ha calificado “Apegos feroces” de ensayo personal, novela autobiográfica o clásico del memorialismo norteamericano.
Personalmente, me resultan fascinantes los recuerdos de la infancia, la descripción de la vida en el Nueva York de los años 30 y 40, la estrecha relación entre los vecinos, la vida en un barrio popular de la gran ciudad estadounidense.
Una lectura nada fácil ni complaciente la de “Apegos feroces”. Un libro sobre el amor indiscutible y la imposibilidad para abandonar el útero materno, escrito con maestría por Vivian Gornick.

Josele Santiago. En Crudo y En Directo


Cuando nos enteramos de que Josele Santiago iba a estar con Javier Gallego (Carne Cruda), en una entrevista y concierto acústico, no lo dudamos. Mi primer recuerdo de su banda, Los Enemigos, es una canción “Boquerón” que sonaba a todo trapo en Radio 3 durante el año 89, mi año de COU y selectividad, en el que escuchaba la radio constantemente. Sus maravillosas versiones de “Señora” (Serrat) o “Entonces duerme” (Leño), canciones como “Septiembre”, “¡Cómo Es!” o “Me sobra carnaval” y su constancia y verdad han hecho de Los Enemigos un grupo acompañado y adorado por una legión de seguidores en todo el territorio nacional.
En un saloncito de aire añejo montado en el escenario del Teatro Arlequín el cantante se somete a las cuestiones de Javier sobre su disco, la actualidad política y diferentes aspectos de su carrera. Nos resulta mágico ser público de un programa de radio, que además es combativo, culto y muy actual. Josele Santiago acaba de sacar al mercado su nuevo disco en solitario, “Transilvania”, un trabajo irremediablemente pesimista. Josele reconoce que lo que sucede a su alrededor le influye en lo que escribe y que el “malestar difuso” por la situación actual se ve reflejado en sus canciones. “El 15M puso un poquito de luz pero al final ganó el PP con mayoría. Está muy bien juntarse en las plazas pero hay que ir a votar después. Ya que estamos en este sistema y sabemos cuál es el juego, seamos prácticos”.
Sobre su forma de componer, un tanto caótica, el cantante explica que toma muchas notas y coge ideas de cualquier parte, en la naturaleza, en la calle, en un bar, en la furgoneta… La parte de composición de la melodía es “más lúdica”. La música sale “jugando con la guitarra, el bajo o un teclado”. Le queda luego un arduo trabajo de ir cortando y cuadrando las letras con las melodías. Encontramos a un Josele maduro, centrado, serio pero con su retranca habitual, feliz con su oficio de músico e incluso con las servidumbres que genera. “Me gustan las entrevistas. Gracias a ellas puedo enterarme de muchas cosas sobre mí”, ironiza. Explica que sobre todo escucha “música del siglo pasado” o música actual que suena al siglo pasado. Josele se declara admirador del soul y el jazz “cuanto más bestia mejor”, sobre todo le gustan Charlie Mingus o Sun Ra, músicos menos sofisticados pero que se nota que disfrutan cuando tocan. La música le fascina desde pequeño, no recuerda haber sentido “una epifanía” en un determinado momento. Confiesa seguir sintiendo nervios cuando se sube a un escenario y le sigue pareciendo increíble que haya gente “que se sabe las letras incluso mejor que yo” y que vaya a ver en directo las canciones por las que él se ha partido la cabeza para componerlas. También confesó que le gusta la carretera.
Josele, que se acompaña a la guitarra por David Krahe, interpreta en acústico varias canciones de su “Transilvania”. “Cómo reír” (las gracias al jefe) es una canción inspirada en la novela de Francisco Casavella “El día del Watusi”, una novela “en la que constantemente pasan cosas, muy burlesca, en la que hay mucha calle y hay mucha música y unos personajes de los que te enamoras”. “Ángel” es otra de las canciones de “Transilvania” que nos ofrece Josele En Crudo y en Directo. Reconoce haberla escrito en un momento en que estaba desquiciado por el ruido de los vecinos y la calle. Se trata de un alegato “por el exterminio de la raza humana”, porque el hombre se comporta como un virus. La letra, bestia y radical, se completa con una música muy amable, y así “el mensaje es mucho más potente y perverso”.
Javier Crudo le pregunta por la imaginería religiosa que aparece en muchas de sus canciones. Josele, que estudió en un colegio de curas, considera la religión como un espectáculo, ya que crea “imágenes muy potentes”. Posee “una cosmogonía que parece un tebeo de la Marvel. Es de tripi pero sigue funcionando”. El salón retro de En Crudo y En Directo es un lugar perfecto para desgranar recuerdos, así Josele confiesa que fue un niño bizco y con un parche en el ojo, que pretendía pasar desapercibido, algo que no le resultaba fácil. Siempre estuvo rodeado de música y arte en casa, por su padre, que pintaba, tocaba la guitarra y cantaba “con mucha gracia” y sus tíos y primos, también pintores y dibujantes. Reconoce que en sus inicios con Los Enemigos lo que menos le gustaba era cantar, buscaba alguien que cantara sus letras hasta que finalmente en el disco “La vida mata” se decidió por empezar a cultivar su propio estilo y dejar de imitar a cantantes como Lee Brilleaux de Dr. Feelgood. Se nota que Josele cada vez canta más suelto y relajado, en especial desde su operación de garganta tras la que tuvo que aprender a cantar y a hablar de nuevo. Recuerda haberse destrozado la garganta cantando y gritando en los bares, “porque yo he salido mucho”. Asume con gusto su nueva condición de tipo que se cuida, “no queda otra cuando uno va cumpliendo años”.
El proceso catalán es un tema que ha impactado profundamente a Josele Santiago, no hay que olvidar que vive desde hace unos años en Cataluña. David Krahe avisa que si empieza con “el tema” no hay forma de pararle. La cuestión catalana aparece “por culpa” de una pregunta de Javier “Crudo” sobre la canción “Un Guardia Civil”, presente en este disco y que también nos ofrece en directo. “Menudo momento para hablar de la Guardia Civil viviendo en Cataluña”, ironiza Javier. “Desde niño me ha caracterizado por encontrarme en medio de todos los líos”, responde Josele. Dice no entender el independentismo, lo que no quita que la actuación del gobierno haya sido desproporcionada. Se podía haber dejado a la gente que votara, aunque no fuera válido el resultado, pero lo que ha sucedido, con barco Piolín incluido, no tiene para él justificación y sienta un precedente que puede ser peligroso.
En la charla hay lugar para hablar sobre cómo ha cambiado Madrid en estos últimos años. Josele recuerda que había muchos conciertos todos los fines de semana, incluso entre semana. Malasaña era un barrio muy vivo y activo y Los Enemigos se convirtieron en un icono musical del barrio. “Yo tenía enchufe en el Agapo y eso se notaba”. El músico reivindica la posibilidad de actuar que había entonces. “Lo mismo podía tocar gente muy reconocida como Johnny Thunders que gente que no conocía nadie”. Josele lamenta que los chavales que están empezando ahora lo tienen muy crudo porque incluso hay salas donde hay que pagar para tocar. “El futuro que se antoja es muy preocupante. Sólo va a tocar el que pueda permitírselo”. Estas circunstancias afectan a todos los artistas. “Las instituciones no ayudan pero ahora ya es el colmo, hemos llegado a un punto en el que lo único que importa es hacer dinero inmediato, sin una visión de futuro”.
Para este disco Josele Santiago ha contado con la producción del reconocido Raúl Fernández “Refree”, quien ha producido a artistas tan dispares como Lee Ranaldo, Silvia Pérez Cruz o Kiko Veneno. El músico reconoce que tenía ganas de trabajar con él desde hace más de diez años. “Su trayectoria me parece impresionante desde cualquier punto de vista”. Aprovechando que los dos viven en Barcelona, el mismo Josele se ofreció, le presentó sus canciones y Refree aceptó trabajar con él. “Muy a gusto”, confiesa Josele, “ha conseguido una calidez, una profundidad y una cercanía acojonantes”. Refree es ahora un productor “que está en todas partes, lo hace todo, es muy valiente”. Josele admite que trabajar con “Refree” “le ha venido muy bien”. Con el productor ha introducido sintetizadores y algunos instrumentos novedosos para él. Josele confiesa que se ha desmadrado y ha conseguido una grabación “muy divertida”. Destaca la participación de la banda de Xarim Aresté, “uno de los artistas más interesantes con los que me he topado nunca”, explica Josele.
El músico reconoce que cada vez se siente más a gusto en acústico, aunque esté en las antípodas de lo que pueda ser un concierto de Los Enemigos. “Empecé con el acústico por necesidad, todos hemos tenido que reducir el formato”. Josele tuvo un parón musical durante el que trabajó como auxiliar de veterinaria, pero sin olvidar la música en casa, “sin música me muero”, precisamente pudo volver a tocar profesionalmente gracias al formato acústico. Reconoce que Los Enemigos volvieron a juntarse por el dinero, “nunca lo ocultamos” pero se muestra orgulloso de haber aparcado sus diferencias y seguir comportándose “como una bada viva”. A estas alturas de la película Josele se niega a forzar la máquina, “Intento no pensar en estilos a la hora de escribir. Si sale un tema muy potente, una melodía fuerte, pues va para Los Enemigos, pero no hago más distinciones que intentar hacer buenas melodías, buenas letras y nada más”.
Josele nos regala aún algunos temas más, como una potente versión, aunque sea en acústico, de “Ole papa” de su disco en solitario “Las golondrinas etcétera” (2003). Una noche deliciosa gracias al buen hacer de Carne Cruda, que siempre está inventando para ofrecernos lo mejor. Agradecidos.




Un libro potentísimo, crudo y lleno de desesperanza, como la vida misma cuando se cuenta “A tumba abierta”. Raúl Argemí


Siempre he sido fiel lectora de novela negra. En la adolescencia descubrí, gracias a Hollywood, a autores clásicos como Raymond Chandler y Dashiell Hammett, a través de ejemplares baratos que compraba en la Cuesta de Moyano. Con los años llegaron James Ellroy, Henning Mankell, Stieg Larsson, y a nivel nacional las historias de Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán y Petra Delicado de Alicia Giménez Bartlett. Mi penúltimo descubrimiento fue Carlos Zanón, con sus historias “negras”, en las que no hay cadáveres ni polis pero sí mucho rock and roll. Y el último autor de novela negra que ha llegado a mi estantería es el argentino Raúl Argemí (La Plata, 1946) de la mano de una gran novela de tintes políticos, “A tumba abierta”, publicada en 2015 por Navona.
El título es toda una declaración de intenciones. El protagonista, antiguo integrante de una organización clandestina que luchaba contra la feroz dictadura militar argentina, narra en primera persona un relato “a tumba abierta”. A cara descubierta, sin esconder errores o ahorrarse detalles escabrosos, narra cuarenta años de su vida, desde que la juventud furtiva e idealista hasta la madurez desencantada y solitaria. Se trata de una historia con varios tiempos narrativos, dos escenarios, Argentina y España, y un protagonista con diferentes identidades y una peculiar voz narrativa que no se descubre hasta el final de la novela, y que por supuesto no vamos a desvelar aquí.
El argumento gira en torno a una negra trama política, con dinero de por medio. A su regreso a Argentina, tras años de exilio, el protagonista se ve envuelto en una trama oscura en la que se mezcla un dinero guardado en un banco suizo, antiguos compañeros muertos que regresan “resucitados”, delaciones, desengaños y las redes sociales como el peor lugar donde estar si se quiere pasar desapercibido. Si “los porteros llevan en los genes el mandato de ser confidentes de la policía”, las redes actúan como un implacable sabueso donde es imposible ocultarse.
Novela llena de rabia y muy potente en la que se aprecia el buen hacer de Argemí, un maestro del contar. Guerrillero del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo, brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores) y escritor, en el año 2000 se trasladó a España donde residió durante doce años. Anteriormente había estado encarcelado por motivos políticos y fue puesto en libertad con la llegada de la democracia a su país. Actualmente vive en Argentina. Las experiencias vitales de Argemí, algunas extremas, se ven reflejadas en esta novela. Ofrece la mirada dolida de quien tiene la certeza de que cualquier tiempo pasado fue igual de malo aunque la juventud no se lo dejara ver, “Tal vez por esa cosa de ser jóvenes e inmortales nos cagábamos en todo”, con la amargura añadida de la certeza que trae la madurez de que el mundo no tiene remedio.
El dominio del lenguaje del autor le lleva a lograr unas imágenes muy poderosas: “Cerradas como ojos que duermen”; “Un café como para caminar sobre él”; “El pasado me había salido al paso como una bestia viva”; “Con la muerte mirándote a los ojos la vida se acelera”; “Sonrisa de tanguero de vuelta de mil traiciones”. Escupiendo sentencias duras como el pedernal, “El arrepentimiento no borra el pasado”, “No quería ceder a ese impulso por seguí vivo que te lleva a la tortura, a la vejación y también a la traición”; “Todos aspirábamos a morir heroicamente. Una manera bastante estúpida de sentirse trascendentes”; “¿Si no apostamos por la vida para qué carajo hacemos la revolución?”. El deseo de vivir se topa con los años con la inevitable decrepitud: “Uno se empeña en sobrevivir a todo, para terminar hecho una porquería”.
El amor es otro de los temas de “A tumba abierta”. Como el héroe trágico que es, el protagonista vive el amor con desesperanza. Una desgraciada historia de juventud le llevará a pasar años en soledad. Sin embargo, “la casualidad siempre te tiende trampas”. Cuando se encontraba “refugiado en las rutinas de un viejo lobo solitario”, se topa en España con Adela, una mujer con la que vivirá una cruda historia de amor, una auténtica batalla campal que le dejará destrozado, porque “el amor, pese a lo que digan los románticos, es una forma de suicidio”. La poderosa pulsión de la carne se impone a todo, “Lo único que puede con la sensación de muerte inminente es el sexo”. Adela es esa femme fatale que aparece en toda novela negra, una mujer que hace del “no te salves” su forma de vida. Supone para el protagonista un abismo que le aterra y le atrae al mismo tiempo.
El autor sitúa la estancia en España del protagonista a finales de los años 70, coincidiendo con los duros años de la dictadura militar en Argentina, cuando su organización se disuelve y muchos de sus compañeros de lucha han desaparecido. Se exilia para salvar la vida, con el pensamiento puesto en los que no han podido escapar. Argemí dirige una lúcida mirada hacia el exilio, hacia aquellos que se encontraban “a miles de kilómetros de donde se mataba y moría”. Su visión es, una vez más, amarga. “A veces el exilio saca a la luz nuestras peores mugres”. Argentina vista desde el exilio en España es “Rapa Nui, el ombligo del mundo”. El protagonista azota a esa “lacra de exiliados profesionales, que vivían del blando corazón de los españoles progresistas” y que con “sus trapicheos cagaban la labor de los exiliados de verdad”, los que se habían jugado el tipo, “A los que iban en serio los respetaba más que a mí mismo”; todos ellos tenían “un fondo triste en la mirada”, porque “para ellos el exilio era parte de una derrota, no una fiesta”; desprecia a aquella “mezcla de locos y militantes que me ponía muy violento”, concluyendo que “sólo el que se hubiera jugado la vida más de una vez, y siguiera adelante, tenía derecho a abrir la boca, y que yo le reconociera derecho de opinión”.
Al mismo tiempo hace una acertada descripción de la España de la transición, tanto política como socialmente. Tan sólo hay algún leve desliz, que entiendo es resultado de extrapolar su experiencia en la España de la década del 2000 a la época de la transición. Su mirada es lúcida y por tanto crítica hacia nuestro país, que desde mi punto de vista tiene mucho en común con el país de origen de Argemí. Dos pueblos desmemoriados que parecen olvidar su triste pasado de represión.
La novela refleja de manera auténtica el aprendizaje en la calle y los códigos de barrio. “Los únicos caballeros, en todo el mitológico y gaucho sentido de la palabra, salieron de algún barrio, heredando conductas, códigos, de la barra de la esquina, o de los primos mayores”. Criarse en la calle, algo que no se puede hacer en el loco mundo contemporáneo, implicaba respetar a aquellos con los que has crecido, “Allí se aprendía que de las mujeres se habla poco y nunca mal (...) porque en el fondo era como hablar mal de tu madre”, no ser un chivato ni un traidor, “Tampoco se hablaba de los flacos del barrio que se metían en líos robando y terminaban presos”. Esos códigos implican saber que “Hay cosas que se hacen pero no se cuentan”, que no hay que ser fisgón ni chismoso, “Tampoco se pregunta, salvo que sea necesario y pidiendo disculpas”, “Si el otro te quiere contar, abrís las orejas, porque te está eligiendo para una confidencia”. Los amigos están “para escuchar y arrimar un brazo si el otro necesita sacarse un entripado”.
El personaje que vertebra estos códigos de calle, aprendizaje, lealtad y amistad es otro argentino que el protagonista conoce en España y con quien comienza a trabajar, Tato el Podrido. “Con Tato no hubo necesidad de establecer reglas, teníamos las mismas”. El personaje del Podrido en la novela resulta un pirata encantador. La relación entre los dos, un poco a lo Quijote y Sancho, caballero y escudero, es uno de los logros de la historia. En esta parte de la novela domina la ironía y el humor ácido y unos brillantes diálogos llenos de ritmo.
El protagonista se queda colgado cuando se separa de Tato. A partir de ahí llega lo malo. El final será amargo, en un libro potentísimo y crudo y seco y lleno de desesperanza, como la vida misma cuando se cuenta “a tumba abierta”.

Canción dulce de Leïla Slimani. Terrorífica canción de cuna


La concesión del Premio Goncourt 2016 a la novela “Canción dulce” ha supuesto para la escritora marroquí Leïla Slimani (Rabat, 1981) entrar por la puerta grande de las letras francesas y su proyección a todo el mundo.
Nos visitaron en la sesión del Gabinete de La Central dedicada a esta obra, la traductora Malika Embarek, quien días después de estar con nosotros recibía el Premio Nacional a la Obra de un Traductor, y Miguel Lázaro de Cabaret Voltaire, la editorial que ha tenido el acierto de publicar en España un libro que ya va por la 6ª edición en nuestro país. Un éxito indudable.
Slimani disecciona con una prosa concisa y objetiva una historia tremenda que podemos “soportar” gracias a la frialdad con que la autora acomete la narración y a que el terrible hecho que sucede al inicio de la novela. La autora logra una gran maestría en la organización de la trama, al comenzar por el traumático desenlace y por cómo va entretejiendo de manera muy sutil los detalles, los cambios del carácter y actuación de los personajes, con lo que consigue una narración perturbadora. Al empezar la novela con el crimen, los hechos quedan “por debajo”, ya que la acción empieza muy fuerte.
“Canción dulce” supone una crítica a la idealización de la maternidad y a la, aún no resuelta, plena incorporación de la mujer en la vida laboral. También es una novela sobre la incomunicación. Aborda un tema tan cotidiano, en qué manos se quedan los hijos mientras los padres trabajan, que provoca el desasosiego. La novela pone de relieve la encrucijada que viven los padres, tal y como está planteada hoy en día la sociedad. Es muy complicado conciliar el cuidado de hijos pequeños con las vidas laborales del hombre y la mujer, el deseo de ascender en el trabajo o simplemente tener que trabajar por obligación.
Uno de los grandes aciertos del libro es la atención por los detalles y la forma tan sutil de presentar a los personajes, sus acciones y sus cambios de carácter y actitud. La estructura es muy interesante. Al empezar por el final, conocemos el terrible desenlace de la historia. Pero al mismo tiempo, los detalles que muestran que algo no funciona bien son muy sutiles y según avanza la narración nos va ofreciendo leves pinceladas en el carácter y la forma de actuar. Se crea así una sensación de desasosiego e incomodidad porque, aunque a veces se nos llegue a olvidar, la tragedia tiene un peso determinante en nuestra lectura.
Slimani demuestra un uso magistral de la narración objetiva, la opinión del narrador no está presente en ningún momento, nos muestra los hechos fríos y desnudos, como esa carcasa de pollo que protagoniza una de las escenas más escalofriantes de la novela. Sólo deja entrever su simpatía hacia los que sirven a través de las citas, de Rudyard Kipling y Dostoyevski, elegidas por la autora.
Los padres intentan mostrarse cercanos y empáticos con la niñera, ya que no son personas acostumbradas a tener a personal de servicio a su cargo. Demuestran un cierto “apuro” con su empleada, con la que no saben delimitar una relación exclusivamente laboral. La comodidad que supone para ellos la eficiente extralimitación de sus obligaciones por parte de la empleada, hace que se dejen ir invadiendo por ella. Como sucede con la hiedra, la presencia de la niñera va dominando la casa hasta que se convierte en un auténtico peligro para la familia. Cuando sospechan que algo anda mal, ya será demasiado tarde para ellos.
En el Gabinete de Lectura de La Central disfrutamos del privilegio de contar con la visión de la traductora del libro al español, Malika Embarek, cuyo trabajo la ha conducido a establecer una relación de completa intimidad con el texto original en francés. Malika comenzó explicándonos las discrepancias que surgieron por mantener el título original del libro “Chanson douce”, nombre que remite a una popular canción de cuna francesa en la que acecha el peligro inminente de un lobo. Título que sin embargo no dice nada a la mayoría de lectores hispanos que desconocen la canción. Sin embargo, el editor decidió mantener un título que “ha funcionado bien”. Malika, que ha realizado una maravillosa traducción, destacó “la gran profesionalidad de Miguel Lázaro” y reconoció haberse preguntado qué habría pasado si hubiera acometido la traducción del libro después de haber ganado el Premio Goncourt. Como curiosidad este prestigioso premio tiene una dotación económica meramente simbólica, lo realmente importante es el prestigio que se consigue y que se traduce en ventas, como ha sucedido en el caso de “Canción dulce”, convertida en un fenómeno. Leïla Slimani es una de las pocas mujeres que lo ha ganado, entre otras Marguerite Duras. Malika confiesa que de haberlo traducido ahora todo habría sido muy diferente, teniendo en cuenta el tsunami de información que aparece en Google y la fama que está alcanzado la escritora. “Entonces la aproximación fue mucho más ingenua, lo que ha sido positivo, porque trabajé sin presión”.
Para Malika Embarek, que confesó haber empezado directamente con la traducción antes de leer completo el libro, un requisito para que funcione una traducción es la empatía con el autor. “Con Leïla Slimani la tuve totalmente. Se estableció una complicidad impresionante”. La traductora destacó “la objetividad del narrador aunque de las citas del inicio se desprende simpatía por el servicio”. La traductora declaró tener una visión romántica de su profesión aspirando a llegar a una traducción donde no haya barreras. “Me motiva pensar que la literatura la puede leer igual el lector del idioma original que el de la traducción”, aunque “al fin al cabo siempre hay pérdidas, también puede haber ganancias”. La traductora explicó que no ha podido resolver los sonidos de la novela ni las connotaciones que tiene el título. Sin embargo, en algunos aspectos “gana el genio de la lengua española”, según Malika, como en el caso del uso de diminutivos, que sirvió para rebajar el tono narrativo en ocasiones “muy coloquial” del original en francés. La traductora ha logrado dejar las huellas de la melodía del francés de Leïla en la traducción al español en muchos momentos.
Primer trabajo que leo de Leïla Slimani, esta terrorífica canción de cuna que demuestra que es una excelente narradora y constructora de historias.
Canción dulce. Leila Slimani. Cabaret Voltaire, 2017. 279 páginas.

“El autor”, una película sobre creación y soledad


¿Hasta dónde sería capaz de llegar por escribir? ¿Qué estaría dispuesto a hacer para conseguir un buen argumento? Animados por una historia sobre escritura y creación, nos decidimosa ver en los cines Golem de Plaza de España “El autor”, una película que deja un buen sabor de boca y multitud de detalles y reflexiones a los que dar vueltas una vez finalizada la películas. Dirigida por Manuel Martín Cuenca, está basada en “El móvil”, primer libro del escritor Javier Cercas. El protagonista de “El autor”, interpretado por el magnífico Javier Gutiérrez, es un hombre atrapado en una asfixiante notaría que desempeña sin brillantez su aburrido trabajo. Sin embargo, sus aspiraciones son otras. Casado con una exitosa autora de best sellers, él desea escribir un gran libro de literatura con mayúsculas. Sus años de asistencia a un taller literario no parecen dar fruto, sólo es capaz de escribir textos mediocres. Su profesor, encarnado por Antonio de la Torre, le da la clave para escribir: escuchar, observar y vivir. Porque Álvaro no vive, transita con apatía por su plana vida, no sabe disfrutar, buscar la inspiración o encontrar lecturas de las que aprender.
El protagonista, un hombre de aspecto anodino, será capaz de cualquier cosa con tal de lograr una obsesión para la que no tiene ningún talento. Incapaz de escribir, todo se pondrá en marcha cuando la casualidad le lleve a escuchar una conversación en el patio interior del edificio al que se muda tras romper con su mujer. A partir de ahí el aspirante a escritor desarrolla un plan. La realidad de su entorno más cercano, su comunidad de vecinos, será la fuente de inspiración para su trabajo. Pero no le bastará con reproducirla. Como un caprichoso dios menor la manipulará hasta extremos patológicos para que su novela avance. Sus manejos, inevitablemente se le irán de las manos, hasta conducirle a un inesperado final.
“El autor” tiene un guion construido con exactitud y plagado de detalles. Como el protagonista escribiendo en el ordenador con dos dedos, a pesar de su trabajo de oficina y sus aspiraciones literarias, detalle que dice mucho sobre la mediocridad del sujeto; o esa casa vacía que habita, donde apenas hay una mesa, un portátil y una impresora, como toda decoración. Otro logro son los personajes. La película ofrece una estupenda descripción costumbrista de la comunidad de vecinos, ese microcosmos que quiere reflejar Álvaro en su novela, incapaz de trascender más allá de su portal. Lo componen la portera (Adelfa Calvo), una cincuentona que ha visto pasar la vida sin disfrutar, con un marido aburrido y bruto y un trabajo que no le aporta ninguna satisfacción; el militar retirado (Rafael Téllez), un fascista con una buena posición económica pero terriblemente solo; y la pareja de inmigrantes mexicanos (Adriana Paz,  Tenoch Huerta), que padecen las dificultades de una vida dura a miles de kilómetros del país de origen, zarandeados por la crisis económica y también muy solos. Porque, más allá de una película sobre la creación, “El autor” es una historia de soledades, de seres que no se atreven o no pueden disfrutar, salir de una “zona de confort” que en realidad no tiene nada de cómoda.
Quiero destacar la importancia de aspectos técnicos como el sonido, con el que el director da protagonismo a muchas acciones fuera de campo, que son determinantes para la historia. También la música de un recuperado José Luis Perales, que ha compuesto dos temas para el para el inicio y el final de la película, en la que Perales alcanza un gran nivel interpretativo. Sevilla, ciudad donde transcurre la historia, aparece retratada fuera de la típica postal. Tan sólo el bello Puente de Triana, próximo al bloque de unos personajes que apenas se mueven de su barrio, es el único monumento que se permite enseñar el director.
Recomendable y negrísima historia de creación y soledades, que retrata la loca ambición de un ser plano que en realidad esconde un gusano manipulador y despreciable.

“Éramos unos niños”. La historia de Patti Smith y Robert Mappelthorpe narrada en primera persona


Me recuerdo a finales de los ochenta, cuando empecé a degustar música de verdad, escuchando entusiasmada el “People have the power” de Patti Smith, una canción luminosa cuyo video reproducían con insistencia en los programas musicales que nos brindaba la televisión pública de entonces. La trepidante historia vital que atesoraba Patti Smith era tremendamente atrayente, incluida su relación con un artista fascinante, el fotógrafo Robert Mappelthorpe. La desgraciada muerte por aquellos días de este último les puso a ambos aún más de actualidad.
Publicado en 2010 “Éramos unos niños”, el libro de memorias de Patti Smith sobre su relación con Mappelthorpe es un testimonio tremendamente humano sobre unos días y una escena enormemente atrayente y mítica, repleto de escenarios y personajes relevantes. Los primeros, la pareja protagonista. Patti hace gala de gran sensibilidad, emoción e inteligencia en su narración de historias, a veces cotidianas, a veces tremendas, siempre llenas de alegría de vivir y compartir. Por encima de todo es un trabajo lleno de amistad y amor, y una muestra de la “atómica agenda de teléfonos” que tuvo y tiene esta adorable mujer, poeta, pintora, hija, madre, amante, amiga, cantante, musa y creadora.
La vida de Smith y Mappelthorpe siempre estuvo unida desde que se encontraron en Nueva York cuando eran “unos niños”. Solos y sin recursos, habían huido de sus respectivas familias, Patti a causa de un embarazo no deseado tras el que había entregado en adopción a su bebé y Robert huyendo de su católico y estricto entorno. Se apoyaron, deseosos de desarrollar una carrera artística, a pesar de no contar con medios ni apoyos y sin tener del todo claro qué querían hacer.
Por encima de todo el arte siempre fue el “territorio común” de los dos, incluso haciendo arte con sus propias vidas. A través de su relación, primero sentimental y luego fraternal cuando Robert aceptó su verdadera sexualidad sin romper sus lazos con Patti, recorremos dos décadas apasionantes del arte y la música de los Estados Unidos, su epicentro, Nueva York. Las idas y venidas de los frenéticos Smith y Mappelthorpe nos llevan a escenarios míticos como el Hotel Chelsea, en cuya habitación 204 la pareja vivió un tiempo, y el no menos fantástico Max’s, el local donde gravitaba la galaxia Warhol, espejo del artista de incuestionable éxito que aspiraba a ser Mappelthorpe. Allí fueron encontrando su sitio y se relacionaron con Candy Darling, Edie Sedgwik, Tennessee Willliams. Por entonces Warhol ya estaba en retirada del local pero por allí seguían apareciendo luminarias como Lou Reed y la Velvet Underground. Mappelthorpe, ambicionando alcanzar estatus y fama como artista, fue quien arrastró a Patti a ambos templos llenos de artistas donde debían dejarse ver. El tiempo le dio la razón. Robert luchó denodadamente por alcanzar el éxito, ese futuro brillante “que tan resueltamente había buscado y tanto se había esforzado por alcanzar” y finalmente logró. Muchas estrellas de las galaxias Max’s y Hotel Chelsea tuvieron finales trágicos, “sucumbieron a las drogas y a los infortunios. Pero Patti y Robert jugaron cartas ganadoras.
El libro está repleto de luminarias de la época, músicos, artistas, escritores, actores y mecenas con los que la pareja se relacionó. Admiradora incondicional de Jim Morrison, Brian Jones y Bob Dylan, con quien finalmente establecería una cálida relación, Patti conoció en los años del Hotel Chelsea (1969-70) a músicos como Janis Joplin, Jimi Hendrix o, Todd Rundgren. En el libro Patti habla sobre su relación sentimental con el recientemente desaparecido Sam Shephard, ya entonces un joven dramaturgo de prestigio. Escribieron juntos la obra de teatro “Cowboy Motel” en 1971 y mantuvieron su amistad toda la vida.
Como un chamarilero, Robert recorría todo tipo objetos de tiendas y rastrillos, incluso rebuscaba en la basura, para crear sus fantásticos collages y montar sus extrañas piezas de bisutería. Patti trabajaba y comenzaba a escribir sus primeros poemas, mientras animaba a Robert a probar con la fotografía. Él, siempre impaciente y deseoso de resultados rápidos, no acababa de decidirse. En aquellos años donde lo compartían todo, ambos pusieron la semilla de lo que se sería su posterior y conocida obra. Cuando Robert empieza a exponer, con éxito, sus primero collages, para Patti la experiencia de compartir su obra con otros despertó su “instinto posesivo”, “Ver a personas mirando la obra que yo había visto crear a Robert”. Si ya había soltado a Robert en el plano sexual, también empezaría a dejarlo libre en el aspecto artístico.
Robert tuvo acceso a la alta sociedad culta y artística de Nueva York, que les relacionó con Bianca Jagger, Diane de Furstenberg o Marisa Berenson. Patti no se sentía cómoda en esos ambientes pero, a pesar de todo, seguían gravitando uno en torno al otro a pesar de sus diferencias sociales. Robert fue encontrando los mecenas que le dieron acceso a aquel mundo como John McKendry, director de fotografía del Museo Metropolitano de Arte, o el millonario Sam Wagstaff, que se convertiría en su pareja y cuyo mecenazgo fue decisivo para el fotógrafo. “Se necesitaban. El mecenas para verse glorificado por la creación. El artista para crear”.
Y llegó la entrega absoluta de Robert a la fotografía. Abandonó sus collages e instalaciones, por fin la fotografía no era un medio sino un fin en sí misma. Había comenzado a trabajar con una Polaroid, con lo que desarrolló decisión y un ojo rápido. Encontró un estilo personal, completamente suyo, donde “la luz lo es todo”. Se decantó por el retrato y tomaba para modelos de sus fotos a la gente que conocía por su “compleja vida social”, desde famosos hasta “un chapero tatuado”. Desde el principio la obra de Robert fue objeto de polémica: “Su obra era buena pero peligrosa (…) Se fijaba en áreas de opinión sobre las que había poco consenso y las transformaba en arte (…) Revestía lo homosexual de grandeza, masculinidad y nobleza”. Sin embargo, como afirmó Cocteau sobre un poema de Genet, “Su obscenidad nunca es obscena”. En su obra Mappelthorpe reflejaba la dualidad de su carácter, la lucha entre el bien y el mal, una obsesión católica que le perturbaba, “El artista y puto era el buen hijo y monaguillo”. Patti intentaba calmar esa desazón, “No necesitas ser malo para ser distinto. Ya eres distinto. Los artistas son una raza aparte”.
Tras el despegue del éxito de Robert, Patti siguió siendo musa: “Contigo siempre acierto”. A Robert le interesaba “cómo hacer la fotografía”, a Patti “cómo ser la fotografía”. “El credo que establecimos como artista y modelo era simple. Confío en ti, confío en mí”, afirma Patti. Siempre se movieron entre esa dualidad entre la inspiración y el trabajo material, “Es responsabilidad del artista equilibrar la convicción la comunicación mística y el esfuerzo de la creación”. El Robert obsesionado por el éxito también se preocupaba por la obra de Patti y por su triunfo, quería que ella, que estaba empezando a componer en clave musical, “tomara un camino que me diera éxito”. Sandy Pearlman fue el primero en ver el potencial que podría desarrollar Patti al frente de una banda de rock. Mientras tanto, Patti seguía dibujando y escribiendo de manera desordenada sus versos, influida por Rimbaud y la Generación Beat. Trató a Gregory Corso, Allan Gringsberg y William S. Burroughs, “joven y viejo al mismo tiempo. En parte sheriff en parte detective”, afirma Patti sobre él. También realizaba reseñas en revistas musicales como Rolling Stone, en una época en la que “la profesión de periodista musical podía ser una ocupación noble”. Logró publicar un par de poemario y comenzó a hacer perfomances con sus poemas y un par de músicos. Uno de ellos, Lenny Kaye, se convertiría en el eterno compañero de su carrera musical. Comenzaron a actuar en cualquier local que quisiera acogerlos y en ese momento llegó su encuentro con el mítico CBGB, entonces poco más que un antro desconocido. Allí trató a Tom Verlaine y sus Television.
En la época del CBGB Patti y Lenny montaron finalmente su banda y consiguieron contrato discográfico. Su primer disco lo grabaron en el estudio de grabación de Jimi Hendrix, los Electric Lady Studios. El debut de la banda, en lo que fue “una noche iniciática” contó con la presencia de Bob Dylan, la persona que ella “había tomado como modelo”. Robert, cómo no, se encargó de realizar la mítica foto para la portada del álbum “Horses” (1975), “Cuando la miro no me veo nunca a mí. No os veo a los dos”, dice Patti. Tan sólo realizaron juntos una exposición, con dibujos de Patti y fotografías de Robert. Nunca viajaron juntos, “Jamás vimos nada aparte de Nueva York, salvo los libros”.
En 1978 Patti consigue al fin el éxito masivo como estrella del rock tras su colaboración con Bruce Springsteen en “Because the night”. Robert lo vivió complacido “lo que quería para sí, lo quería para los dos”; “Te has hecho famosa antes que yo”, le dijo. Patti abandonaría finalmente Nueva York con su pareja, el músico Fred Sonic Smith, guitarrista de MC5, fallecido en 1994.
Robert, un hermano para Patti, “es la estrella azul en la constelación de mi cosmología personal”, fallecería en 1989 de SIDA, en aquellos años en los que no había curación ni esperanza. Patti vivió muy pendiente de su ángel durante los desgarradores meses de enfermedad hasta que falleció “Mi amor por él no podía salvarle. Su amor a la vida no podía salvarlo”.
Una historia fascinante narrada en primera persona.