Concierto de Roger Waters en Madrid. Una noche de descubrimiento y pura emoción


*Fotos: Elena PerSa y Conx
En realidad yo siempre he huido de Pink Floyd. Conocía muy pocos detalles de la banda, que fueron el grupo del malogrado Syd Barret, la complicada relación entre ellos y lo muchísimo que siempre me ha emocionado Wish you were here, canción que conmovería a una roca. Aparte de eso, les relacionaba con el rock sinfónico, estilo que aún se me resiste, y no me apetecía indagar mucho más en el grupo.
Por circunstancias, y gracias a la fortuna de haber encontrado en las redes sociales a algún generoso fan incondicional de la banda británica, decidí “estudiar para graduarme en Pink Floyd”. La fortuna nos ha traído a Roger Waters, fundador y uno de los líderes de la banda, a Madrid este mes de mayo de 2018. No quise desperdiciar la ocasión de verle en directo, en la que probablemente será su última gira.
La historia del rock cuenta que la banda se creó en 1965, con lo que se han cumplido cincuenta y tres años desde que Syd Barrett, Roger Waters, Richard Wright y Nick Mason se unieran, adoptando como estilo el rock psicodélico que triunfaba en aquella época. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, se encuentran distanciados y fracturados, faltan Syd Barrett (quien abandonó la banda en 1968 y falleció en 2006) y Rick Wright, fallecido en 2008; como dice uno de mis maestros, “sin él, Pink Floyd ya nunca será Pink Floyd”. Tras un pleito que le enfrentó a sus antiguos compañeros, Roger Waters no puede usar la “marca” Pink Floyd, pero sí las canciones de la banda de la que él fue fundador e ideólogo.
Quiero ahondar en la historia de un grupo caracterizado por la profundidad de sus letras, la minuciosa elaboración de sus álbumes, el gusto por la experimentación, las enigmáticas portadas llenas de detalles obra del grupo de diseño artístico Hipgnosis, o la espectacularidad de sus directos. De su primera época, la psicodélica, apenas he escuchado temas, aunque conozco la desgraciada historia del bellísimo Barrett, al que siempre he tenido entre mis más adorados músicos de los años 60. Apenas sé sobre los desencuentros entre los dos líderes que tomaron las riendas tras la salida de Barret, David Gilmour y Roger Waters. Conozco pocos datos, sujetos con pinzas, que resultan insuficientes para mí, siempre dispuesta a empaparme sobre las peripecias de los artistas a los que admiro para saber situarme en su trayectoria. He llegado a este concierto con muy pocos conocimientos pero con una ventaja, una mirada virgen que ha acrecentado mi sorpresa y lo ha convertido en una experiencia alucinante.
Lo vivido la noche del pasado jueves 24 de mayo en el antiguo Palacio de los Deportes de Madrid resultó para mí absolutamente épico, desde el desconocimiento y el asombro. Waters nos ofreció un colosal espectáculo multimedia con canciones históricas, proyecciones audiovisuales de alta definición, un sonido envolvente, una banda brillante y una escenografía realmente asombrosa. Durante el concierto, dividido en dos partes, Waters realiza un recorrido centrado en los cuatro álbumes más míticos de la banda: ‘The dark side of the Moon’ (1973), ‘Wish you were here’ (1975), ‘Animals’ (1977) y ‘The wall’ (1979). El músico, de 75 años maravillosamente llevados, sacó el pasado año 2017 su primer disco rock en solitario desde 1992, ‘Is This The Life We Really Want?’, y durante la primera parte del espectáculo también ofrece varios temas de ese trabajo.
La banda que le acompaña en la gira es la que toca en su disco más reciente. Además de Roger, que se encarga de cantar, las guitarras y el bajo, se acompaña entre otros de Nigel Godrich a los teclados y guitarras; Joey Waronker a la batería; el estupendo músico estadounidense Jonathan Wilson a la guitarra y voz, quien toca con gran finura las partes de guitarra de David Gilmour y canta varios de los temas, saliendo airoso y con brillantez de la complicada misión que le ha encomendado Waters; o las vocalistas Jess Wolfe y Holly Laessig, integrantes de la banda indie norteamericana Lucius; las dos aparecen ataviadas con sendas pelucas platino y refulgentes vestidos de lentejuelas negras, protagonizando momentos de gran belleza como su interpretación de la épica The Great Gig in the Sky, cuando parecen flotar en un cielo estrellado que llena la pantalla gigante.
Durante la primera parte disfrutamos de temas como ‘Breathe’, ‘Time’, ‘Welcome to the Machine’, Wish you were here’, la canción dedicada a su amigo Syd Barrett, acompañada por una animación de dos manos a punto de juntarse y que comienzan a desintegrarse en pequeñas partículas rojas, o ‘Another Brick in the Wall’, tema principal de aquel album conceptual convertido más tarde en película, y para el que sube al escenario un grupo de adolescents, que suele pertenecer a asociaciones y ONGs de la ciudad que visita el músico. Al finalizar, los chicos muestran en una camiseta el lema reivindicativo del concierto: “RESIST”, una llamada a no tirar la toalla en estos tiempos terribles que estamos viviendo.
La segunda parte, muy potente, cuenta con el aliciente de comenzar con ‘Dogs’ y ‘Pigs’, dos de mis temas favoritos de Pink Floyd, incluidos en el disco Animals, obra conceptual que critica la forma de vida británica, con ciertas reminiscencias del Animal Farm de Orwell, que obtuvo peores críticas que sus discos anteriores y con el que se agravaron las disensiones de Waters con el resto de la banda. A partir de este momento empieza una épica apoteosis. Con los primeros compases de Dogs, del cielo del pabellón baja una plataforma con luces rojas que se sitúa sobre el público de pista y enfrente de nosotros, que estamos sentados en uno de los laterales. La plataforma comienza entonces a convertirse en la Battersea Power Station, la estación eléctrica construida a inicios del siglo XX cuyo maravilloso edificio industrial protagoniza la portada del disco. La proyección cuenta incluso con chimeneas que echan humo. Quiero detenerme en este colosal edificio, una central eléctrica de carbón inactiva ubicada en Battersea, Londres y que también aparece en la película ‘Help!’ de The Beatles. Otro de los elementos de la portada introducidos en este espectáculo es el del cerdo inflable. Curiosas son las anécdotas que hablan de Algie, el enorme globo de helio con forma de cerdo que acabó cayendo sobre un prado, cabreando a un granjero y asustando a unas vacas. En el concierto de Madrid disfrutamos de nuestro correspondiente cerdo, que dio un par de vueltas volando alrededor del pabellón con el mensaje “Stay Human”.
La actual gira de Waters tiene una fuerte carga política y social. No hay que olvidar que el músico es un destacado defensor de diferentes causas y siempre ha utilizado sus composiciones para lanzar potentes mensajes. Activista contra la caza del zorro en su país, este año 2018 ha sido galardonado en Argentina por su compromiso con la identificación de soldados de la guerra de las Malvinas. Es uno de los músicos que apoya el boicot a Israel (BSD) por su política de ocupación y genocidio en Palestina. Ha visitado Palestina y pintó con spray sobre el muro israelí de la vergüenza. Así, la interpretación de ‘Pigs’ se convierte en un alegato contra los líderes mundiales, el gobierno británico con Theresa May y Boris Johnson, Erdoğan, Berlusconi, Macron o incluso Mariano Rajoy en pleno escándalo por la sentencia de la Gurtel. Pero quien se lleva la palma es el presidente de EEUU, Donald Trump, ridiculizado sin piedad a través de las imágenes proyectadas. “Los cerdos gobiernan el mundo” o “Trump es un cerdo”, son algunas de las soflamas lanzadas durante la canción. El mismo Waters se descubre tras retirarse una careta de cerdo y acaba brindando con champán frente al público y arrojándole la copa. La presencia de un público perteneciente a varias generaciones, desde contemporáneos de Waters a veinteañeros demuestra la absoluta vigencia de Pink Floyd, una banda convertida en un clásico de la música universal.
Una vez retiradas las pantallas colgantes del centro de la pista, nos queda por disfrutar otro espectacular efecto visual, un prisma de luz que recrea la inolvidable portada de ‘The Dark Side of the Moon’ para terminar el concierto con dos temas de ‘The Wall’, ‘Mother’ y ‘Comfortably Numb’. La despedida, llena de emoción, con un Roger Waters presentando a la banda que le acompaña en la gira y lanzando abrazos al público, muestra de la evolución de un músico que en su día tuvo una compleja relación con sus seguidores y que con el paso de los años parece sentirse cada vez más cómodo en el escenario. Miles de papelitos rosas con la palabra, de nuevo, “Resist”, cayeron sobre el público en forma de abundante lluvia que ojalá empape en nuestra actitud, tan necesitada de ánimo y de fuerza.
Al final una alucinante tormenta eléctrica sobre el cielo de Madrid nos acompañó como sobrecogedor espectáculo en el camino de regreso a casa. Exhaustos, sudorosos, felices, con el corazón a mil revoluciones y deseando larga vida a Roger Waters y a todos los mitos musicales que aún nos quedan vivos. Una noche de descubrimiento y pura emoción.
Setlist del concierto de Roger Waters en el WiZink Center de Madrid, el jueves 24 de mayo de 2018.
A continuación, recojo las canciones del concierto con comentarios. La mayoría conoceréis de sobra estos apuntes y anécdotas, pero me sirven para situarme en el universo Pink Floyd, territorio aún bastante ignoto para mí.
Parte 1:
Speak to Me (Pink Floyd). Canción que abre ‘The Dark Side of the Moon’. Es en realidad una obertura que resume el contenido del disco. Se trata de una idea de Nick Mason, teclista de la banda. El nombre se refiere a la petición del ingeniero de sonido, Alan Parsons, en las grabaciones de voz: “háblame”. Se enlaza con el siguiente tema, ‘Breathe’.
Breathe (Pink Floyd). Según se cuenta, la idea original de esta canción del disco ‘The Dark Side of the Moon’, le surgió a Roger Waters durante la realización de la banda sonora de la película ‘The Body’. En la misma, el cuerpo es una metáfora de la existencia humana. Breathe es “una invitación a tomarse un respiro, a detenerse y reflexionar sobre el significado de la vida”.
One of These Days (Pink Floyd). Canción que abre ‘Meddle’, album de 1971 con el que definitivamente abandonaron la psicodelia y se adentraron en otros caminos. Es una canción prácticamente instrumental y compuesta por todos los miembros del grupo. Destaca el atronador bajo, las guitarras distorsionadas, los arañazos que aportan los teclados y finalmente la apoteosis de la batería. “Uno de esos días te voy a cortar en pedazos” dice la voz distorsionada de Nick Mason. En esta gira las coristas hacen una coreografía en la que parecen aporrear tambores, en lo que resulta un momento vibrante y potente en lo musical y en lo visual.
Time (Pink Floyd). Tema que comienza con alarmas de relojes, perteneciente al album ‘The Dark Side of The Moon’. En su composición participaron los cuatro miembros de la banda y ofrece uno de los espectaculares solos de guitarra de David Gilmour.
Breathe - Reprise- (Pink Floyd)
The Great Gig in the Sky (Pink Floyd). Caracterizada por el derroche vocal que en la versión original corría a cargo de la cantante Clare Torry. Pertenece al disco ‘The Dark Side of The Moon’. Fue Alan Parsons quien llevó al estudio a la cantante, a quien había escuchado en alguna grabación. Sin una letra ni una idea muy clara de lo que querían, pidieron a Torry que improvisara sobre la música, hicieron varias tomas y el resto, es historia. Convertida en un instrumento más de la canción, Clare Torry consiguió, tras poner una demanda, figurar como coautora y recibir ganancias por la canción.
Welcome to the Machine (Pink Floyd). Canción del álbum ‘Wish You Were Here’. Destaca la presencia de sintetizadores y guitarras, así como la introducción de diferentes efectos de sonido. La canción refleja el desencanto del grupo con la industria musical, a la que ven como una máquina de generar dinero y que no tiene en cuenta la parte artística. Por extensión, ofrece una visión negativa hacia la sociedad industrial.
Déjà Vu. Canción de su último disco en solitario, ‘Is This The Life We Really Want?’, su primer álbum de rock en 25 años. Un medio tiempo quizá alejado del estilo Pink Floyd, pero que resulta melancólico y emocionante.
The Last Refugee. Otro de los temas de su último disco en solitario. Durante la interpretación se proyectan imágenes de una bailaora de flamenco, que se convierte en refugiada.
Picture That. Otra canción de su último disco en solitario. Parte de una jam session con Nigel Godrich. De contenido social y politico, habla sobre la elección de líderes sin cerebro como Donald Trump.
Wish You Were Here (Pink Floyd). Preciosa canción que apareció en el disco del mismo nombre, retrata el sentimiento de nostalgia tras la pérdida. Dedicada a su amigo Syd Barrett, al igual que Shine On You Crazy Diamond, que por cierto no interpreta en esta gira.
The Happiest Days of Our Lives (Pink Floyd). Incluida en su disco conceptual The Wall, se trata de una apertura para la canción Another Brick in the Wall.
Another Brick in the Wall Partes 2 y 3 (Pink Floyd). La conocidísima canción es una denuncia contra las duras reglas que existían en la escuela en la infancia de los miembros del grupo, en plena posguerra. “We don't need no education”, afirma la famosa frase que significaría algo así como “No necesitamos una no-educación”.
Parte 2:
Dogs. (Pink Floyd). Canción de Animals. Aquí los “perros”, a diferencia de la obra de Orwell, son los empresarios y hombres de negocios, despiadados, obsesionados con el dinero y destructores de sí mismos y de lo que les rodea. Una extensa (17 minutos) y maravillosa canción.
Pigs -Three Different Ones- (Pink Floyd). Otra de las crudas canciones de Animals, un disco creado a mediados de los 70, un tiempor especialmente turbulento, aquejado por una grave crisis industrial, desempleo, huelgas obreras y agitación social, con un gobierno laborista cuya inoperancia acabaría llevando al poder a Margaret Thatcher. Los cerdos de la canción representan a la clase dominante en el sistema capitalista, los politicos y los ideólogos que dan una cara amable pero en realidad son hipócritas y cobardes, manipulan para mantener su poder, dinero y riquezas.
Money (Pink Floyd). Perteneciente al álbum ‘The Dark Side of the Moon’. Una de sus canciones más conocidas, habla sobre el dinero y sus propiedades para corromper los ideales de las personas. La irónica letra refleja la visión e ideología de Waters en cuanto al dinero y la acumulación de riqueza.
Us and Them (Pink Floyd). Del álbum ‘The Dark Side of the Moon’, da nombre a la gira. Fue escrita por Rick Richard Wright y Roger Waters y cantada en el disco por David Gilmour y Richard Wright. Al parecer fue originalmente escrita para la banda sonora de la película Zabriskie Point, pero el director Michelangelo Antonioni la rechazó. En la canción tienen un papel destacado el teclado Hammond y el saxo.
Smell the Roses. Canción de su último disco en solitario recuerda a los temas clásicos de Pink Floyd, con un teclado que evoca al de Rick Richard Wright y unas guitarras al estilo de Gilmour.
Brain Damage (Pink Floyd). Fue lanzada en el disco ‘The Dark Side of the Moon’ y compuesta por Roger Waters durante la gira del álbum ‘Meddle’, momento en el que escribió también Money. Según se cuenta, el título se refiere a Syd Barrett y su deterioro mental relacionado con el excesivo consumo de drogas. La canción fue finalmente cantada por Waters y Gilmour hizo los coros. Como curiosidad, las risas que se oyen al final de la canción son de Peter Watts, road manager fallecido en 1976 y padre de la actriz Naomi Watts.
Eclipse (Pink Floyd) Brain Damage y Eclipse se funden en el directo al igual que lo hacen en el disco original. ‘Eclipse’ cierra ‘The Dark Side of the Moon’ y es famoso por su frase “There’s no dark side of the moon, really. Matter of fact is all dark”.
Bises:
Mother (Pink Floyd). Canción incluida en el disco ‘The Wall’. Desde el punto de vista de la melodía se trata de una especie de canción de cuna, suave y tranquila. Sin embargo, la letra se refiere de forma amarga a una madre sobreprotectora que ha contribuido a levantar un alto muro alrededor de su hijo. Cantada en forma de diálogo entre Waters y Gilmour.
Comfortably Numb (Pink Floyd). Perteneciente a la “opera rock” ‘The Wall’, contiene uno de los solos de guitarra de David Gilmour más apreciado. La canción habla sobre el estado de adormecimiento al que llevan los calmantes para mitigar el dolor, no sólo físico, sino también emocional, debido a carencias afectivas. Habla sobre la dificultad para manifestar emociones a medida que nos hacemos mayores, la pérdida de la inocencia y el muro que las personas vamos construyendo a nuestro alrededor a medida que pasan los años.












Al final siempre ganan los monstruos, presentación en Madrid de la primera novela de Juarma


Es un genio. Juarma (Deifontes, Granada. 1981) es conocido como uno de los mejores dibujantes de su generación, poseedor de un personalísimo estilo. Curtido en fanzines y autoedición, acumula decenas de tebeos, viñetas, ilustraciones sobre música y en la actualidad vuelve a colaborar en la revista El Jueves. Además de esta frenética actividad en el dibujo, Juarma se ha destapado en los últimos tiempos como escritor, una faceta que se toma realmente en serio y en la que quiere avanzar. Así, hace un tiempo publicó una pequeña tirada, que literalmente voló, de sus “Poemas escritos a navajazos”, en la que recogía casi toda su producción poética escrita hace más de veinte años. Y como culminación el pasado mes de abril Camping Motel Ediciones publicaba su primera novela, “Al final siempre ganan los monstruos”, con una tirada mayor que prácticamente se ha agotado en un mes. En ambos libros ha contado para la portada con la ilustradora granadina Ana Müshell, de quien el autor dice que espera que le ilustre toda su obra literaria.
Dos años después de conocerle en su anterior visita a la librería Molar, volvemos a encontrarnos con el artista que recibe más “Piropos y Puñaladas” en las redes. Tarda un poco en aparecer, nos cuentan que está firmando algunos libros en el piso de arriba. Se nota que el público que llenamos la sala estamos expectantes por la entrada del autor, y parece sentirse una descarga eléctrica cuando por fin entra y se sienta. Juarma aparece con el pelo rapado a los lados, camiseta estampada (no le gusta llevar las de sus dibujos), y sonrisa entre tímida y traviesa.
Flanqueado por el editor Enrique J. Rodríguez y el periodista Iván Romero, ambos granadinos, espera con calma a que le presenten. Enrique, editor de Camping Motel, destaca que con esta novela Juarma se abre a un nuevo público. “Aprecio al público  que tengo y me alegra, pero me gustaría llegar a más gente”, explica el artista. “Estoy un poco quemado con el dibujo y me ha servido para despejarme. Escribir me resulta más fácil que dibujar”, reconoce.
El periodista Iván Romero explica que descubrió a este “tipo entrañable” hace siete años, cuando estaba metido en el mundo del fanzine. Admite que al principio “tal vez es complicado acceder al universo Juarma”, un artista con una serie de claves estilísticas y temáticas muy reconocibles. Viene de Deifontes, un pueblo en los Montes Orientales de Granada, rodeado de olivos, aislado y donde sólo apenas hay media docena de autobuses al día a la capital. “Es importante tener todo esto en cuenta, porque explica muchas cosas de su universo creativo”, aprecia Iván.
Juarma reconoce la influencia del escritor estadounidense Donald Ray Pollock. No he leído a este autor, pero la descripción que se hace de la literatura de este empleado de un matadero y de una fábrica de papel que sitúa sus relatos en su pueblo, un lugar lleno de violencia en el sur profundo de Estados Unidos, me lleva a encontrar similitudes con ese Villa de la Fuente, situado en el sur del sur de Europa, que es donde transcurre “Al final siempre ganan los monstruos”. Si a Pollok se le califica de “audaz y divertido”, lo mismo podemos decir de esta novela en la que Juarma cuenta situaciones muy duras y tremendas pero siempre desde un punto de vista muy particular, marca de la casa. Como indica Iván, “se trata de una novela dura pero salpicada con el humor de Juarma, que actúa como un ácido que ayuda a digerir la historia”. Él está de acuerdo con que el humor sirve para “digerir la dureza de la vida”. Efectivamente la novela mantiene de alguna manera el estilo Juarma. Los lectores que conozcan la particular visión del autor y quienes de alguna manera reconozcan lo que se cuenta, serán quienes mejor la valoren y entiendan.
La forma de construir esta novela, que comenzó siendo una serie de relatos cortos, también ha sido curiosa. Juarma abrió un grupo de Facebook para la novela al que se unieron una serie de personas para acompañarle. “Me animaban los comentarios del grupo. No había guion y la historia iba saliendo, resultó divertido. Ha sido una experiencia chula”. Según explica, la narración en ocasiones se iba desarrollando a partir de comentarios del grupo, de manera un tanto improvisada. “Lo que ha costado más ha sido enlazar las diferentes historias”. Desde el inicio la gente se enganchó a la propuesta. Se siente complacido por la acogida que está recibiendo la novela. “Los comentarios de los lectores coinciden con que es adictiva, que una vez que se empieza resulta difícil parar”. Yo, que la acabo de terminar, me sumo a esta opinión.
Juarma no parece estar muy conforme con las referencias que le hacemos. No acepta definir su novela ni como la “Fariña del sur” que apunta Iván, ni como una suerte de “Trainspotting granadino”, como señalo yo. Juarma es un escritor que se muestra seguro de su nueva criatura. Si resulta auténtico e inclasificable en todo lo referido a sus dibujos, también es consciente de que lo es a la hora de escribir. Pero con su obra no se anda con bromas. Hace bien.
En “Al final siempre ganan los monstruos” la cocaína marca la vida de los protagonistas. Explica que en un principio el libro se centraba en la marihuana, el consumo y la plantación en los pueblos, pero luego la historia tomó otro rumbo. La motivación del autor no parece ser exactamente reflejar la vida de personajes con problemas de drogadicción. “En realidad quiero mostrar cómo se busca la vida la gente en los pueblos ante la falta de oportunidades y la obligación de arreglárselas solos”, aclara. En opinión de Iván el libro supone “una fotografía muy interesante sobre cómo es la vida en ciertas zonas de Andalucía”, y por extensión yo creo que en casi toda la olvidada España rural. Con un alto índice de fracaso escolar, sin salidas laborales, parte de la juventud no encuentra más forma de tirar para adelante que trapichear con la droga. “No es una lección moral, pero sí una forma de mostrar los monstruos que produce la droga”, reflexiona Iván.
El talentoso Juarma genera tal entusiasmo que la editorial Camping Motel se ha creado para editar esta novela, un libro “editado sin ningún tipo de apoyo”, como explica Enrique Rodríguez. Para un escritor que no se mueve en los círculos literarios hay múltiples quebraderos de cabeza a la hora de publicar. “Nosotros le convencimos de que sacara la novela porque pensamos que era necesario”. Enrique encuentra similitudes en el estilo de Juarma con Chirbes, un escritor muy valorado por la crítica. “Juarma puede sin duda dar el salto a otras editoriales.  La cultura no es sólo la que aparece en el primer puesto del escalafón”.
Lucidez y verdades como puños. “Me gustaría seguir dibujando y escribiendo”, nos dice Juarma. Parece que nuestro artista ya tiene una nueva novela en proceso. Y que no dude que muchos estamos deseando leerla.
Su cercanía y la calidez con la que consiguió que sintiéramos que nos conocíamos de toda la vida, la dejamos para nuestra historia personal. Siempre gracias, Juarma.





La cuestión saharaui y su recepción en las autoras españolas



Pocos lugares resultan tan atrayentes y mágicos para la creación literaria como el desierto. Y qué decir del territorio del Sahara Occidental, del que España fue potencia colonizadora durante cien años. Porque en el Sahara no sólo hay desierto de arena, hay bellísimas costas atlánticas, faros, viajeros, mitos y leyendas, sorprendentes montañas y cuevas mágicas, eruditos y sabios. A todos estos ingredientes se le une el terrible drama que aún viven los saharauis tras el abandono español y la ocupación marroquí de su territorio. El asunto del Sahara es un tema pendiente de la Transición y hasta que España no asuma sus responsabilidades, la democracia española no podrá estar plenamente consolidada. De ahí el gran interés que despierta este tema, tanto para lectores como para investigadores y escritores.
Sin embargo, a pesar de tantos atractivos para la creación, en esta breve revisión de la influencia de la cuestión saharaui en la literatura femenina española veremos que tras un siglo de historia común, y 42 años transcurridos desde el abandono del territorio, no hay aún muchas autoras que se inspiren para sus creaciones en la que fuera nuestra provincia 53.
Particularmente me interesa tanto la causa saharaui y me fascina de tal forma su cultura, que no puedo evitar escribir sobre el Sahara, aunque pienso que atreverse/atreverme a escribir sobre una temática tan rica y a la vez tan compleja como es la saharaui, es cuestión de valientes, cuando no de temerarias.
A la hora de escribir con el Sahara Occidental como escenario debemos plantearnos una serie de cuestiones. Es fácil ceder a la tentación de imitar o mitificar determinados aspectos de otras culturas desde una mirada puramente occidental, con el riesgo de terminar cayendo en tópicos y estereotipos, creando un imaginario falso. Aunque la saharaui no deja de ser una cultura relativamente cercana por la historia común, fascinante y exótica, la mirada de la escritora debe huir del “orientalismo” y rechazar el etnocentrismo y el neocolonialismo. Bajo mi punto de vista debemos acercarnos como incipientes y observadoras antropólogas.
Hay que huir de las miradas paternalistas, del exotismo “rancio”, de mirar exclusivamente con nuestros ojos realidades que nos son ajenas. Otro error grave es la falta de una correcta documentación, con lo que se acaba incurriendo en errores de localización, de términos o de hechos históricos. En España la causa saharaui es bastante más conocida de lo que pueda parecer en un principio y contaremos con muchos posibles lectores que no dudarán en afearnos el trabajo mal hecho. De este error adolecía la infausta novela de una escritora Reyes Monforte, que tuvo un desafortunado acercamiento literario a la temática saharaui, con una novela “Besos de arena”, llena de errores geográficos, temporales y culturales.
Otro dilema que se nos puede presentar a quienes nos decidimos a escribir sobre el Sahara Occidental es el de hacerlo desde la militancia. “El escritor militante tiene el compromiso de participar directamente a favor del otro, porque de eso se trata el compromiso: de un trabajo por el otro, que conforma el nosotros, ese otro necesitado o excluido”. Hago mías estas palabras del escritor argentino Carlos Aletto. Como escritora que se ha inspirado en los saharauis, pretendo poner mis historias al servicio de un pueblo olvidado, necesitado y excluido, víctima de la voracidad de los poderosos y que lucha, desde la justicia y la legalidad, por recuperar lo que es suyo, su libertad y su territorio usurpado. Comprender, intentar entender, acompañar, empatizar y por encima de todo respetar, incluso aquello que no entendemos o que no nos acaba de gustar. Porque sin duda lo que une al pueblo saharaui con nosotros es mucho más que lo que nos separa.
Un poco de historia
Durante el periodo colonial, mientras España estaba aún en el territorio del Sahara Occidental, no hubo apenas escritores interesados en reflejar aquella época. La estancia española en sus colonias africanas fue relativamente breve, un siglo, lo que no permitió que hubiera varias generaciones de colonos nacidos y criados en aquellos territorios (como ocurrió en el caso de la Argelia francesa o la India inglesa). En la época de la presencia española se editaron varios libros, fundamentalmente escritos por militares, centrados en temas como la geografía, los pozos, fauna y flora, historia o antropología.
Hay que tener en cuenta que hasta los años 60 la gran mayoría de población “europea” del territorio estaba compuesta por militares y que el Sahara Español, en palabras del periodista Pablo Dalmases, siempre se gobernó “como un cuartel”. Los militares, además de ser quienes vivían en la colonia, la conocían en profundidad gracias a sus patrullas con las Tropas Nómadas, compuestas en su mayoría por soldados saharauis. Muchos de aquellos militares españoles convivieron también con los beduinos y pudieron conocer las costumbres y formas de vida saharaui de forma directa. Eso influyó en que algunos de ellos escribieran sobre el Sahara Occidental.
Mi intención es centrarme en la producción femenina, en aquellas escritoras y poetas españolas que han tenido el Sahara Occidental como fuente de inspiración para sus creaciones.
Autoras que pasaron su infancia en el desierto
Es el caso de la escritora canaria Maribel Lacave, una de las primeras autoras que se inspiró en el Sahara Occidental, y que conoció en profundidad al pueblo saharaui desde la época de la metrópoli. Maribel, que pasó su niñez y juventud en el que fuera Sahara Español, publicó en 1988 el poemario “Donde sólo media luna”, dedicado en su totalidad al pueblo saharaui, en el que predomina una poesía combativa y militante a favor de la causa saharaui, una vez consumado el abandono de la metrópoli.
Jugaremos al aire
por las playas de Dajla
y en un instante
volarás al mañana.
-¿Qué es el mar?
El mar, pequeño mío,
es toda la patria liberada.
(Maribel Lacave)
Maribel Lacave publicó en 2008 el libro “Los mundos de Gali” sobre el programa de Vacaciones en paz (gracias al cual niños saharauis salen de los campamentos de refugiados en verano para librarse de las terribles temperaturas del desierto, hacer revisiones médicas y conocer la vida en circunstancias “normales” para cuando puedan regresar a su tierra en libertad, *Esperanza ahondará posteriormente en esta cuestión). También participó en el poemario “Isla Truk” (2011), definido como “Un viaje a la utopía que todos construimos en la niñez y que no debemos perder nunca”, y dedicado a la misteriosa isla Herne de la península de Dajla, antiguo Villa Cisneros. La pequeña isla (a la que yo he definido como “una delicada joya que adorna la península de Dajla”) forma parte de los inolvidables recuerdos de muchos niños saharauis y españoles que vivieron emocionantes aventuras en ella.
(…) El siroco cómplice se calla
brindándome el silencio preciso
para oírte
Isla, Truck, Herne,
amor secreto.
Dime
¿Me moriré sin verte de nuevo?
¿Sin olerte?
¿Sin que el viento me llene la cara con tu arena?
(Maribel Lacave)
Este poemario está realizado junto a la escritora, realizadora y editora canaria Mª Jesús Alvarado, quien también pasó su infancia en la ciudad saharaui de Villa Cisneros durante la época de la metrópoli. “No lloro de nostalgia, si no de desarraigo”, afirma la autora en referencia a este libro.
Cielo, arena y mar,
Perfume de salitre,
Incienso y flores.
Todas las voces del mundo.
(Mª Jesús Alvarado)
Alvarado es también autora del libro “Suerte Mulana” (2002), una deliciosa recopilación de recuerdos de su infancia saharaui, que dedica “Al infinito cielo del Sahara, que me protegió mientras crecí”.
“El niño y su madre salen a pasear cada noche. A ella le gusta alejarse de la daira y tumbarse en la arena a contemplar el cielo estrellado.
Las estrellas fugaces comienzan pronto su juego.
Para él son niños que se deslizan por los toboganes de un parque, de esos parques de ciudad que nunca he conocido.
Para ella, tan sola, cada estrella que cae es un día menos para la vuelta a casa”.
Mª Jesús Alvarado
La mirada de Mª Jesús Alvarado vuelve a dirigirse hacia el Sahara en “El principito ha vuelto” (2015), un libro que mezcla texto, dibujos y fotografías (que corren a cargo de Teresa Correa), conformando una historia entre vivida e imaginada, protagonizada por un personaje tal vez real, con quien se topó la autora en un viaje al Sahara. Un libro con reminiscencias del inmortal personaje de Saint-Exupéry.
“El desierto tiene múltiples caras, cuando menos te lo esperas surge un grupo de acacias salpicando de verde el fondo claro de arena, o cambia en un abrir y cerrar de ojos transformándose de llanura pedregosa en ondulado mar de dunas. La nada se multiplica haciendo que todo sea posible. La inmensidad te hace sentir tan pequeño como inmenso: todo lo que eres, mucho o poco, queda al descubierto, y una fuerza sobrenatural te obliga a ser puro, limpio y transparente, como el cielo que todo lo cubre y que allí parece tan fácil tocar”.
Mª Jesús Alvarado
La autora canaria es además editora e impulsora de diferentes publicaciones del grupo de escritores saharauis Generación de la Amistad, a través de su editorial Puentepalo. Es el caso de la antología “Bubisher” (2003) o del libro “Versos de la madera” (2004), del escritor saharaui Limam Boicha.
El Sahara Occidental y la literatura infantil
El Sahara Occidental ha llamado la atención a autoras de literatura infantil como Elena O' Callaghan, quien publicó en 2005 el álbum “El color de la arena” en Edelvives, con maravillosas ilustraciones de Mª Jesús Santos. Cuenta la historia de un niño saharaui, Abdulá, al que le gusta que le cuenten historias, leer y hacer dibujos en la arena. Desde su mirada inocente, este niño narra las experiencias de tantos niños que se ven forzados a vivir en campos de refugiados, ante la indiferencia del mundo.
Libros ilustrados
La combinación entre literatura e ilustración ha dado más bellos frutos. Como “Cartas de Salka” (2010), donde la ilustradora Carmen García recoge pensamientos de una joven saharaui que vive en los campamentos de refugiados, acompañados de coloridas ilustraciones de su autoría. Todo el libro es una verdadera delicia para la vista.
Cada día sale el sol y el sueño no se ha cumplido, esperamos a que anochezca por si se cumple con la luna, pero sale la luna y el sueño sigue sin cumplirse, y así van pasando días y años, la espera se alarga y la gente desespera y se impacienta. Ya estamos cansados de tanta espera y sufrimiento.
(Carmen García)
La conocida poeta Ana Rossetti, madrina del grupo de escritores saharauis en español Generación de la Amistad, es autora del libro “El mapa de la espera” (2010), con ilustraciones de Elena González. Se trata de un libro lleno de poesía y esperanza que, sin ser para niños, es para todos los públicos. El Sahara, el exilio de la tierra y el mapa de la espera, son los temas centrales del libro. Al no haber estado nunca ni en los campamentos ni en los territorios ocupados, la autora se creó la estructura mental de cómo los saharauis imaginarían cómo es su tierra. Con “El mapa de la espera” Ana Rossetti quiso reconstruir el exilio saharaui, y también el de millones de personas que viven hoy en día exiliadas en todo el mundo. De gran poder evocador la autora utiliza la prosa poética.
Trazar nuevas cartas de navegación fuera de la vigilancia de los faros y de los guardacostas… En los mapas no se ve lo que hay debajo de la tierra… y tampoco se ve el cielo.
Dentro del mar hay ejércitos de peces como hojas planas de cuchillos, venas de coral, fortificaciones de rocas.
La mar en los mapas son orlas que van desde el celeste al oscuro. Pero el que yo me imagino es como un cielo fruncido lleno de charcas de plata.
(Ana Rossetti)
La mirada de los artistas
Eventos como ARTifariti (Encuentros Internacionales de Arte y Derechos Humanos del Sahara Occidental) o el festival de cine FISahara difunden la causa saharaui desde un punto de vista cultural y artístico. Numerosas figuras del arte y la cultura de todo el mundo se han acercado a los campamentos para conocer la realidad de los refugiados saharauis. Es el caso de la escritora Lucía Etxebarria, que conoció los campamentos en un viaje de la Plataforma de Mujeres Artistas Contra la Violencia de Género. De aquel viaje nació el relato “Sin tierra”, aparecido dentro de su libro “Una historia de amor como otra cualquiera” (2003). El relato se centra en la condición de la mujer en el Sahara, a través de las reflexiones de una joven refugiada saharaui que regresa a los campamentos tras estudiar en Cuba.
Para entender mi historia tienes que entender la historia de mi pueblo, porque todo lo que yo he hecho y todo lo que soy no se entiende sin saber de dónde yo vengo.(…) salí de allí en el vientre de mi madre, y nací en esta tierra que no es mi tierra, porque ésta no es la tierra de mis padres, porque en esta tierra no están enterrados mis antepasados. Esta no es tierra de nadie.
(Lucía Etxebarria)
La poeta Laura Casielles también ha dirigido su mirada a los saharauis. Además de las crónicas literarias que realizó sobre el campamento saharaui de Gdeim izik en la época en que trabajó como corresponsal en Marruecos, Laura participó en una antología de poetas asturianos y saharauis, “Bajo el mismo cielo SON” (2015). La escritora nunca ha estado en los campamentos de refugiados pero tiene contacto con algunos poetas de la Generación de la Amistad Saharaui y un compromiso político con la causa.
Lleva tus ojos al mar para recordar que lo permanente se alimenta   [de lo que cambia.
Lleva tus ojos al desierto para comprobar que la suma de lo pequeño [hace lo vasto.
Mira la nada alguna vez.
Mira lo hermoso siempre que puedas.
Mira también a veces lo que no hay.
(Laura Casielles)
Literatura solidaria
Desde la solidaridad y el compromiso con la causa numerosas autoras han publicado libros relacionados con los campamentos de refugiados saharauis, las experiencias de acogida de niños, la presencia española en la excolonia y su salida del territorio. Muchos de estos libros nacen a partir de un primer viaje a los campamentos.
Es el caso de Mayte Martin. En su libro “Sahara, un territorio, un pueblo” (2010), las fotos y las ilustraciones ocupan un lugar importante. El libro alterna dos miradas, por un lado la de las experiencias vividas en los campamentos de refugiados saharauis y por otro mira la historia de este pueblo desde sus orígenes, pasando por la colonización española, el abandono de la metrópoli y el éxodo de la población hasta su situación actual en el refugio. El marcado acento solidario del libro lo relaciona además con la carrera Sahara Maratón que se celebra desde el año 2000 en los campamentos de refugiados saharauis. La recaudación íntegra del libro fue destinada a las escuelas de ciegos de los campamentos.
“Otro día más”, libro de Mercedes Romero, con ilustraciones de Jesús Romero Núñez fue editado en 2017. Retrata con una prosa sencilla y limpia, alejada de artificios un día cualquiera de la vida de una saharaui refugiada. El libro acerca a la realidad de los campamentos, con pequeños y reconocibles detalles de la cotidianeidad de las familias saharauis, en especial ancianos, mujeres y niños, en el duro exilio que padecen desde hace más de cuarenta años. Los autores conocen en profundidad al pueblo saharaui como familia acogedora y miembros activos del movimiento solidario.
Hace ya un rato que Noara calienta carbón en la cocina. Desde allí oye a la abuela entrelazando sus rezos con los giros a las cuentas de su rosario. Los niños duermen aún a su lado.
De pie en la cocina mira con ojos dormilones y ensimismados el carbón incandescente. De repente, un suspiro involuntario la saca de ese estado. Comienza otro día. Otro día más.
(Mercedes Romero)
De la experiencia de la acogida y de la militancia prosaharaui nace también “Tres miradas” de Esperanza Jaén, un libro sobre el Sáhara. El libro de Esperanza habla con amor y desde el corazón sobre el Sahara de los campamentos y el Sahara que se vive desde España, el de los saharauis que viven en la diáspora y el Sahara que los niños de Vacaciones en Paz traen a los hogares de acogida. Alterna las miradas de las dos madres de estos niños, la saharaui y la de acogida, de una relación que se alarga en el tiempo, más allá de las diferencias.
O “Cartas contra el olvido” (2017) de Alicia Guisado Morillas. Conocedora de los campamentos de refugiados desde hace varios años, la autora presenta este libro en forma de cartas a su hija, en las que le cuenta lo que conoció y vivió entre los saharauis.
Del movimiento solidario prosaharaui también han salido otras interesantes experiencias literarias. Es el caso de la escritora Antònia Pons, madre de acogida y militante de la causa saharaui, que ha publicado dos magníficos libros de relatos, “Exilios” (2012) y “Si tú supieras” (2011). Como afirma la escritora, con sus libros “pretende devolver la voz robada a los saharauis, a la generación perdida y a la que intenta florecer una tierra que no da tregua. El significado de exilio no se comprende mejor que leyendo el rostro de un excombatiente o de una de las cientos de ancianas que pasan sus últimos días echadas en una jaima, bajo una manta de colores y la cabeza perdida en sus recuerdos”.
Antònia Pons ha dado el paso hacia la novela con la publicación de “Memoria rota”, editado por Arma Poética en 2017. Narradora más que competente, observadora finísima, la autora es capaz de dibujar unos personajes llenos de vida y matices. “Memoria rota” comienza en los meses previos a la apresurada salida de España del Sahara Españo y deja varios rotundos mensajes: la importancia de la amistad más allá de las diferencias, la memoria como algo que nos persigue o que nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida, la importancia de luchar por las causas justas, aunque se consideren perdidas o imposibles. Por eso esta historia tiene gran interés, no sólo por su acercamiento a los saharauis, sino como un retrato de una época cercana y trepidante, la del fin de la dictadura y el paso a una democracia, considerada ejemplar durante tantos años y cuya buena imagen hace tiempo que empezó a resquebrajarse.
Por las noches las despedidas deben ser más soportables porque en la oscuridad no puedes ver sus ojos. De día es demoledora. Esas miradas resignadas, esas miradas… nosotros nos vamos, como siempre, y ellos se quedan solos en este páramo, olvidados del mundo, dignos y orgullosos esperando el día. Partir es morir un poco. La vida es un conjunto de holas y adioses y no se puede hacer nada.
(Antònia Pons)
Para finalizar, os acerco mi experiencia como escritora, que además tiene la suerte de estar cerca del grupo de escritores saharauis de Generación de la Amistad. Publiqué en 2008 “Los otros príncipes”, donde contaba en forma de libro de viajes mi primera experiencia en los campamentos de refugiados saharauis. Con “Delicias Saharauis” (2009) intento introducirme en el mundo de los saharauis, sus tradiciones, historias, leyendas, eruditos y sabios, además de “literaturizar” testimonios e historias personales que he ido escuchando a lo largo de estos casi veinte años que conozco al pueblo saharaui. Las historias que recojo en el libro están engarzadas por el personaje de una joven saharaui de la diáspora, “a quien la nostalgia y la necesidad de conocer de dónde viene convierten en una buscadora de historias”. Para mí “Delicias saharauis” es como la caja de los nómadas, el lemyar que nunca falta cuando viajan en busca de pastos para el ganado. Ese lemyar es el libro “Delicias saharauis”, lleno de historias, anécdotas, fábulas, poemas, y todo tipo de pinceladas sobre geografía saharaui, el desierto, las ciudades, las tradiciones, personajes, eruditos y sabios.
Existe una piedra en el Sahara que suena, cuando la agitas, como un sonajero prehistórico. Se llama hayrit guiyim y cuenta la leyenda que quien la encuentre será afortunado para siempre. Los nómadas la buscan en la badia y pocos de los que la encuentran lo reconocen, quieren alejar el fantasma de la envidia de sus jaimas. En hasania se dice abrac men hayrit guiyim, tienes tanta suerte como la que da hayrit guiyim.
Y dime, ¿sabes lo que esconde en su interior?
(Conchi Moya)
*Ponencia Conchi Moya. “Ciclo dedicado a la literatura femenina y el Sahara Occidental”. 27 de abril de 2018 en la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla.

De pinballs, flippers o petacos. Un viaje a la memoria infantil



A los que nos gusta inventar y escribir, cualquier historia que acometamos nos lleva a curiosear sobre los temas más peregrinos. Para mí la clave para un verdadero disfrute escribiendo consiste en tirar de diferentes hilos, a cual más disparatado, y dejarse llevar. Un nuevo relato que estoy comenzando me conduce hasta las míticas máquinas de bolas de mi niñez, así que inicio el camino para documentarme sobre ellas.
Los que ya tenemos una edad recordamos aquel juego electromecánico que entre las décadas de los 60 y 80 fue el rey de bares, billares y recreativos en muchas partes del mundo. A principios de los ochenta empezaría a perder popularidad al ser desbancado por las incipientes máquinas de marcianitos y por las tragaperras, que nada tenían que ver con los juegos de habilidad. La electrónica y la liberalización del juego hirieron de muerte a aquellas espléndidas máquinas.
Las partidas comenzaban al tirar de un resorte recubierto de plástico de color brillante, que impulsaba la bola de acero hacia un tablero inclinado. “Bolita de acero pal agujero”, era un grito de guerra de la época. La bola recorría pasillos, salía disparada de los topes y chocaba con diferentes componentes electrónicos que producían unos característicos sonidos y emitían luces, otorgando puntos o incluso una partida extra, feliz motivo para seguir prologando la diversión. Cuando la bola bajaba podía ser de nuevo impulsada a través de unas palancas, para evitar que se cayera por el agujero que ponía fin a la partida. Lo principal era hacer todos los puntos posibles y no perder la bola, en definitiva, pasar la tarde con el menor desembolso posible.
Mis recuerdos infantiles relacionados con el pinball se remontan a finales de los años setenta. Mi tío contaba en su bar de Aranjuez con una máquina de bolas, donde mi hermano y yo echábamos nuestras buenas partidas cuando íbamos a visitar a la familia. Sólo recuerdo darle a la bola, más bien a lo loco, sin estrategia ni habilidad pero no tengo claro qué nombre le dábamos al juego, así que decido montar una consulta en redes sociales para ver si entre muchos logramos refrescar la memoria. Enseguida me llegan diferentes nombres. Flippers, máquinas del millón, máquinas sin más (porque entonces prácticamente no existían otras) pinball, petacos… Esta última forma de denominarlas me llama la atención. Parece que así era como se referían a estas máquinas sobre todo en el norte (Cantabria, Asturias y País Vasco) y en algunas zonas de Andalucía como Sevilla. “Vamos a los petacos” o “jugar al petaco”, eran expresiones que me dicen que se usaban entonces.
Petaco resulta ser el acrónimo de “Procedimientos Electromagnéticos de Tanteo y Color”, una empresa española que las fabricaba y que se fundó en Madrid en 1962. En los primeros años Petaco llegó a un acuerdo con la empresa estadounidense Gottlieb para adaptar y comercializar sus máquinas en España, tomando los tableros originales pero rediseñando todos los componentes. Su diseñador estrella fue Eulogio Pingarrón, creador de las máquinas más míticas de la marca. Trabajaban para ellos dibujantes y artistas independientes que realizaban las creaciones en sus propios estudios. Por fin en 1972 Petaco lanzó la primera máquina de diseño y fabricación propia, “Comodín”. Durante varios años, en su época dorada, la empresa llegó a codearse con las grandes marcas internacionales. Dos de sus máquinas más populares fueron “Icarus” y “Jake Mate”.
Recuerdo que nos resultaban hipnóticos los sonidos de aquellas máquinas, muy básicos, similares a campanitas o timbres, sin músicas ni efectos sonoros digitales. Como básicos eran los contadores de rueda donde iban subiendo los puntos conseguidos. Eran unas máquinas preciosas, de aspecto pop, plagadas de dibujos “camp” y atiborradas de colores chillones y luces un tanto psicodélicas, que hoy se ven deliciosamente anticuadas. Los pinball estaban ornamentados con profusión. Así existían coloridos componentes como los bumpers o setas con los que se hacían puntos cuando los tocaba la bola, los flippers o aletas, que eran las palancas con las que se impedía que la bola cayera en el agujero, además de topes, rampas, pasillos, hoyos y el temible agujero final. Me explican que cuando las setas y los hoyos tenían “güenlit” era el momento para darle a la bola con más ganas. Al iluminarse, salía una leyenda en el panel: “Especial when lit”. Mientras estaba con luz, “güenlit”, había que darles todo lo que se pudiera porque puntuaba doble o daba bola extra o partida de regalo. Qué bueno. Me cuentan también que el premio de partida extra que daban al terminar la partida no era casual, sino que correspondía al número de veces que la bola tocaba las setas y por eso había quien lo llamaba lotería.
Cuenta la historia que el pinball tal y como lo conocemos nació en 1947, cuando la mítica empresa Gottlieb, introdujo dos flippers, uno a cada lado de la consola. En mi pequeña encuesta, flipper es el nombre más aceptado junto con pinball. Hay quien dice que las llamaba flippers porque, cuando empezaron a llegar los modelos más modernos, lo ponía en la propia máquina. Curioso. Sobre la acepción pinball tengo dudas. Me suena a que es un término que entonces no se usaba, asociado en España de alguna manera a la ópera rock de The Who “Tommy”, donde una de las canciones más recordadas está dedicada a la afición del protagonista por las máquinas de pinball, de las que llega a ser un auténtico mago. El disco original de Tommy salió en 1969 y la película de Ken Russell, donde el número de “Pinball Wizard” está interpretado por Elton John, se estrenó en 1975. Entre ambas versiones hay un disco, el llamado “Tommy Sinfónico”, grabado en 1972 con la Orquesta Sinfónica de Londres y que contó con la presencia de Rod Stewart, Maggie Bell, Steve Winwood, Ringo Starr o Richie Havens. Me confirman que sí era habitual la expresión “echarse un pinball”.
Y sin embargo, yo no recuerdo usar en aquellos días el término pinball. Así que sigo con mi operación de búsqueda del nombre que le dábamos nosotros y me dirijo a mi prima para que pregunte directamente al propietario del bar donde jugábamos, mi tío Miguel. Él tampoco recuerda cómo las llamaba pero decide preguntarle “al de las tragaperras”, recalcando que necesita saber “cómo se llamaban en los 80”. Su respuesta es rotunda, “pinball”.
Sin duda, un aspecto importante del juego de las máquinas de bola era el monetario. No éramos niños que dispusiéramos de dinero para gastar a nuestro aire. La paga, cuando la había, era bastante magra. Daba para poco, chucherías, de vez en cuando un cuento o un tebeo y algún duro para las máquinas. Por eso era fundamental que las partidas se alargaran todo lo posible o hacerse con una réplica casera. Así, me recuerdan que uno de los momentos más tristes en el juego era cuando saltaba el “tilt” o falta. Bien por picardía o bien por la propia emoción del juego, a menudo se meneaba la máquina para que la bola rebotase en más setas y así conseguir más puntuación o para que no se colase por el agujero. Entonces la máquina pitaba “tilt” finalizando la partida, lo que originaba sus buenas polémicas con el encargado del recreativo o el dueño del bar. “Que si está trucada”, “que si salta el “tilt” sólo con respirar”… Si en un recreativo había alguna máquina vacía donde no jugaba nadie, seguro que había gato encerrado. Si realmente se había tocado la máquina, los chavales le hacían boicot, la mejor forma de que los dueños lo corrigieran tras pasarse días sin recoger monedas.
Otra solución al asunto de los dineros era construirse un petaco artesanal. Se pueden incluso encontrar artículos dedicados a este asunto. Me cuentan que se fabricaban en casa con una tabla inclinada, clavos y gomas elásticas. Con unas pinzas de tender la ropa se hacían los flippers y las bolas eran canicas de cristal. Una solución para los que tenían ingenio y maña.
Y aún me descubren una última y deliciosa acepción, billarines. “Vamos a los recreativos a jugar al billarín”, se decía. Los recreativos o billares también dan para mucho. Yo recuerdo los que había cerca de mi casa, en Alcorcón, a los que a mí no me dejaban ni asomarme. O los recreativos situados en Los Sótanos, los famosos subterráneos de la Gran Vía de Madrid, donde también disponía de un local la tienda de discos de venta por catálogo Discoplay.
Lo cierto es que, tras finalizar mis pesquisas, sigo sin saber cómo llamaba yo a la máquina de bolas en mi infancia. Pero en realidad no me importa, ¿y lo bien que nos lo hemos pasado?