Josele Santiago. En Crudo y En Directo


Cuando nos enteramos de que Josele Santiago iba a estar con Javier Gallego (Carne Cruda), en una entrevista y concierto acústico, no lo dudamos. Mi primer recuerdo de su banda, Los Enemigos, es una canción “Boquerón” que sonaba a todo trapo en Radio 3 durante el año 89, mi año de COU y selectividad, en el que escuchaba la radio constantemente. Sus maravillosas versiones de “Señora” (Serrat) o “Entonces duerme” (Leño), canciones como “Septiembre”, “¡Cómo Es!” o “Me sobra carnaval” y su constancia y verdad han hecho de Los Enemigos un grupo acompañado y adorado por una legión de seguidores en todo el territorio nacional.
En un saloncito de aire añejo montado en el escenario del Teatro Arlequín el cantante se somete a las cuestiones de Javier sobre su disco, la actualidad política y diferentes aspectos de su carrera. Nos resulta mágico ser público de un programa de radio, que además es combativo, culto y muy actual. Josele Santiago acaba de sacar al mercado su nuevo disco en solitario, “Transilvania”, un trabajo irremediablemente pesimista. Josele reconoce que lo que sucede a su alrededor le influye en lo que escribe y que el “malestar difuso” por la situación actual se ve reflejado en sus canciones. “El 15M puso un poquito de luz pero al final ganó el PP con mayoría. Está muy bien juntarse en las plazas pero hay que ir a votar después. Ya que estamos en este sistema y sabemos cuál es el juego, seamos prácticos”.
Sobre su forma de componer, un tanto caótica, el cantante explica que toma muchas notas y coge ideas de cualquier parte, en la naturaleza, en la calle, en un bar, en la furgoneta… La parte de composición de la melodía es “más lúdica”. La música sale “jugando con la guitarra, el bajo o un teclado”. Le queda luego un arduo trabajo de ir cortando y cuadrando las letras con las melodías. Encontramos a un Josele maduro, centrado, serio pero con su retranca habitual, feliz con su oficio de músico e incluso con las servidumbres que genera. “Me gustan las entrevistas. Gracias a ellas puedo enterarme de muchas cosas sobre mí”, ironiza. Explica que sobre todo escucha “música del siglo pasado” o música actual que suena al siglo pasado. Josele se declara admirador del soul y el jazz “cuanto más bestia mejor”, sobre todo le gustan Charlie Mingus o Sun Ra, músicos menos sofisticados pero que se nota que disfrutan cuando tocan. La música le fascina desde pequeño, no recuerda haber sentido “una epifanía” en un determinado momento. Confiesa seguir sintiendo nervios cuando se sube a un escenario y le sigue pareciendo increíble que haya gente “que se sabe las letras incluso mejor que yo” y que vaya a ver en directo las canciones por las que él se ha partido la cabeza para componerlas. También confesó que le gusta la carretera.
Josele, que se acompaña a la guitarra por David Krahe, interpreta en acústico varias canciones de su “Transilvania”. “Cómo reír” (las gracias al jefe) es una canción inspirada en la novela de Francisco Casavella “El día del Watusi”, una novela “en la que constantemente pasan cosas, muy burlesca, en la que hay mucha calle y hay mucha música y unos personajes de los que te enamoras”. “Ángel” es otra de las canciones de “Transilvania” que nos ofrece Josele En Crudo y en Directo. Reconoce haberla escrito en un momento en que estaba desquiciado por el ruido de los vecinos y la calle. Se trata de un alegato “por el exterminio de la raza humana”, porque el hombre se comporta como un virus. La letra, bestia y radical, se completa con una música muy amable, y así “el mensaje es mucho más potente y perverso”.
Javier Crudo le pregunta por la imaginería religiosa que aparece en muchas de sus canciones. Josele, que estudió en un colegio de curas, considera la religión como un espectáculo, ya que crea “imágenes muy potentes”. Posee “una cosmogonía que parece un tebeo de la Marvel. Es de tripi pero sigue funcionando”. El salón retro de En Crudo y En Directo es un lugar perfecto para desgranar recuerdos, así Josele confiesa que fue un niño bizco y con un parche en el ojo, que pretendía pasar desapercibido, algo que no le resultaba fácil. Siempre estuvo rodeado de música y arte en casa, por su padre, que pintaba, tocaba la guitarra y cantaba “con mucha gracia” y sus tíos y primos, también pintores y dibujantes. Reconoce que en sus inicios con Los Enemigos lo que menos le gustaba era cantar, buscaba alguien que cantara sus letras hasta que finalmente en el disco “La vida mata” se decidió por empezar a cultivar su propio estilo y dejar de imitar a cantantes como Lee Brilleaux de Dr. Feelgood. Se nota que Josele cada vez canta más suelto y relajado, en especial desde su operación de garganta tras la que tuvo que aprender a cantar y a hablar de nuevo. Recuerda haberse destrozado la garganta cantando y gritando en los bares, “porque yo he salido mucho”. Asume con gusto su nueva condición de tipo que se cuida, “no queda otra cuando uno va cumpliendo años”.
El proceso catalán es un tema que ha impactado profundamente a Josele Santiago, no hay que olvidar que vive desde hace unos años en Cataluña. David Krahe avisa que si empieza con “el tema” no hay forma de pararle. La cuestión catalana aparece “por culpa” de una pregunta de Javier “Crudo” sobre la canción “Un Guardia Civil”, presente en este disco y que también nos ofrece en directo. “Menudo momento para hablar de la Guardia Civil viviendo en Cataluña”, ironiza Javier. “Desde niño me ha caracterizado por encontrarme en medio de todos los líos”, responde Josele. Dice no entender el independentismo, lo que no quita que la actuación del gobierno haya sido desproporcionada. Se podía haber dejado a la gente que votara, aunque no fuera válido el resultado, pero lo que ha sucedido, con barco Piolín incluido, no tiene para él justificación y sienta un precedente que puede ser peligroso.
En la charla hay lugar para hablar sobre cómo ha cambiado Madrid en estos últimos años. Josele recuerda que había muchos conciertos todos los fines de semana, incluso entre semana. Malasaña era un barrio muy vivo y activo y Los Enemigos se convirtieron en un icono musical del barrio. “Yo tenía enchufe en el Agapo y eso se notaba”. El músico reivindica la posibilidad de actuar que había entonces. “Lo mismo podía tocar gente muy reconocida como Johnny Thunders que gente que no conocía nadie”. Josele lamenta que los chavales que están empezando ahora lo tienen muy crudo porque incluso hay salas donde hay que pagar para tocar. “El futuro que se antoja es muy preocupante. Sólo va a tocar el que pueda permitírselo”. Estas circunstancias afectan a todos los artistas. “Las instituciones no ayudan pero ahora ya es el colmo, hemos llegado a un punto en el que lo único que importa es hacer dinero inmediato, sin una visión de futuro”.
Para este disco Josele Santiago ha contado con la producción del reconocido Raúl Fernández “Refree”, quien ha producido a artistas tan dispares como Lee Ranaldo, Silvia Pérez Cruz o Kiko Veneno. El músico reconoce que tenía ganas de trabajar con él desde hace más de diez años. “Su trayectoria me parece impresionante desde cualquier punto de vista”. Aprovechando que los dos viven en Barcelona, el mismo Josele se ofreció, le presentó sus canciones y Refree aceptó trabajar con él. “Muy a gusto”, confiesa Josele, “ha conseguido una calidez, una profundidad y una cercanía acojonantes”. Refree es ahora un productor “que está en todas partes, lo hace todo, es muy valiente”. Josele admite que trabajar con “Refree” “le ha venido muy bien”. Con el productor ha introducido sintetizadores y algunos instrumentos novedosos para él. Josele confiesa que se ha desmadrado y ha conseguido una grabación “muy divertida”. Destaca la participación de la banda de Xarim Aresté, “uno de los artistas más interesantes con los que me he topado nunca”, explica Josele.
El músico reconoce que cada vez se siente más a gusto en acústico, aunque esté en las antípodas de lo que pueda ser un concierto de Los Enemigos. “Empecé con el acústico por necesidad, todos hemos tenido que reducir el formato”. Josele tuvo un parón musical durante el que trabajó como auxiliar de veterinaria, pero sin olvidar la música en casa, “sin música me muero”, precisamente pudo volver a tocar profesionalmente gracias al formato acústico. Reconoce que Los Enemigos volvieron a juntarse por el dinero, “nunca lo ocultamos” pero se muestra orgulloso de haber aparcado sus diferencias y seguir comportándose “como una bada viva”. A estas alturas de la película Josele se niega a forzar la máquina, “Intento no pensar en estilos a la hora de escribir. Si sale un tema muy potente, una melodía fuerte, pues va para Los Enemigos, pero no hago más distinciones que intentar hacer buenas melodías, buenas letras y nada más”.
Josele nos regala aún algunos temas más, como una potente versión, aunque sea en acústico, de “Ole papa” de su disco en solitario “Las golondrinas etcétera” (2003). Una noche deliciosa gracias al buen hacer de Carne Cruda, que siempre está inventando para ofrecernos lo mejor. Agradecidos.




Un libro potentísimo, crudo y lleno de desesperanza, como la vida misma cuando se cuenta “A tumba abierta”. Raúl Argemí


Siempre he sido fiel lectora de novela negra. En la adolescencia descubrí, gracias a Hollywood, a autores clásicos como Raymond Chandler y Dashiell Hammett, a través de ejemplares baratos que compraba en la Cuesta de Moyano. Con los años llegaron James Ellroy, Henning Mankell, Stieg Larsson, y a nivel nacional las historias de Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán y Petra Delicado de Alicia Giménez Bartlett. Mi penúltimo descubrimiento fue Carlos Zanón, con sus historias “negras”, en las que no hay cadáveres ni polis pero sí mucho rock and roll. Y el último autor de novela negra que ha llegado a mi estantería es el argentino Raúl Argemí (La Plata, 1946) de la mano de una gran novela de tintes políticos, “A tumba abierta”, publicada en 2015 por Navona.
El título es toda una declaración de intenciones. El protagonista, antiguo integrante de una organización clandestina que luchaba contra la feroz dictadura militar argentina, narra en primera persona un relato “a tumba abierta”. A cara descubierta, sin esconder errores o ahorrarse detalles escabrosos, narra cuarenta años de su vida, desde que la juventud furtiva e idealista hasta la madurez desencantada y solitaria. Se trata de una historia con varios tiempos narrativos, dos escenarios, Argentina y España, y un protagonista con diferentes identidades y una peculiar voz narrativa que no se descubre hasta el final de la novela, y que por supuesto no vamos a desvelar aquí.
El argumento gira en torno a una negra trama política, con dinero de por medio. A su regreso a Argentina, tras años de exilio, el protagonista se ve envuelto en una trama oscura en la que se mezcla un dinero guardado en un banco suizo, antiguos compañeros muertos que regresan “resucitados”, delaciones, desengaños y las redes sociales como el peor lugar donde estar si se quiere pasar desapercibido. Si “los porteros llevan en los genes el mandato de ser confidentes de la policía”, las redes actúan como un implacable sabueso donde es imposible ocultarse.
Novela llena de rabia y muy potente en la que se aprecia el buen hacer de Argemí, un maestro del contar. Guerrillero del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo, brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores) y escritor, en el año 2000 se trasladó a España donde residió durante doce años. Anteriormente había estado encarcelado por motivos políticos y fue puesto en libertad con la llegada de la democracia a su país. Actualmente vive en Argentina. Las experiencias vitales de Argemí, algunas extremas, se ven reflejadas en esta novela. Ofrece la mirada dolida de quien tiene la certeza de que cualquier tiempo pasado fue igual de malo aunque la juventud no se lo dejara ver, “Tal vez por esa cosa de ser jóvenes e inmortales nos cagábamos en todo”, con la amargura añadida de la certeza que trae la madurez de que el mundo no tiene remedio.
El dominio del lenguaje del autor le lleva a lograr unas imágenes muy poderosas: “Cerradas como ojos que duermen”; “Un café como para caminar sobre él”; “El pasado me había salido al paso como una bestia viva”; “Con la muerte mirándote a los ojos la vida se acelera”; “Sonrisa de tanguero de vuelta de mil traiciones”. Escupiendo sentencias duras como el pedernal, “El arrepentimiento no borra el pasado”, “No quería ceder a ese impulso por seguí vivo que te lleva a la tortura, a la vejación y también a la traición”; “Todos aspirábamos a morir heroicamente. Una manera bastante estúpida de sentirse trascendentes”; “¿Si no apostamos por la vida para qué carajo hacemos la revolución?”. El deseo de vivir se topa con los años con la inevitable decrepitud: “Uno se empeña en sobrevivir a todo, para terminar hecho una porquería”.
El amor es otro de los temas de “A tumba abierta”. Como el héroe trágico que es, el protagonista vive el amor con desesperanza. Una desgraciada historia de juventud le llevará a pasar años en soledad. Sin embargo, “la casualidad siempre te tiende trampas”. Cuando se encontraba “refugiado en las rutinas de un viejo lobo solitario”, se topa en España con Adela, una mujer con la que vivirá una cruda historia de amor, una auténtica batalla campal que le dejará destrozado, porque “el amor, pese a lo que digan los románticos, es una forma de suicidio”. La poderosa pulsión de la carne se impone a todo, “Lo único que puede con la sensación de muerte inminente es el sexo”. Adela es esa femme fatale que aparece en toda novela negra, una mujer que hace del “no te salves” su forma de vida. Supone para el protagonista un abismo que le aterra y le atrae al mismo tiempo.
El autor sitúa la estancia en España del protagonista a finales de los años 70, coincidiendo con los duros años de la dictadura militar en Argentina, cuando su organización se disuelve y muchos de sus compañeros de lucha han desaparecido. Se exilia para salvar la vida, con el pensamiento puesto en los que no han podido escapar. Argemí dirige una lúcida mirada hacia el exilio, hacia aquellos que se encontraban “a miles de kilómetros de donde se mataba y moría”. Su visión es, una vez más, amarga. “A veces el exilio saca a la luz nuestras peores mugres”. Argentina vista desde el exilio en España es “Rapa Nui, el ombligo del mundo”. El protagonista azota a esa “lacra de exiliados profesionales, que vivían del blando corazón de los españoles progresistas” y que con “sus trapicheos cagaban la labor de los exiliados de verdad”, los que se habían jugado el tipo, “A los que iban en serio los respetaba más que a mí mismo”; todos ellos tenían “un fondo triste en la mirada”, porque “para ellos el exilio era parte de una derrota, no una fiesta”; desprecia a aquella “mezcla de locos y militantes que me ponía muy violento”, concluyendo que “sólo el que se hubiera jugado la vida más de una vez, y siguiera adelante, tenía derecho a abrir la boca, y que yo le reconociera derecho de opinión”.
Al mismo tiempo hace una acertada descripción de la España de la transición, tanto política como socialmente. Tan sólo hay algún leve desliz, que entiendo es resultado de extrapolar su experiencia en la España de la década del 2000 a la época de la transición. Su mirada es lúcida y por tanto crítica hacia nuestro país, que desde mi punto de vista tiene mucho en común con el país de origen de Argemí. Dos pueblos desmemoriados que parecen olvidar su triste pasado de represión.
La novela refleja de manera auténtica el aprendizaje en la calle y los códigos de barrio. “Los únicos caballeros, en todo el mitológico y gaucho sentido de la palabra, salieron de algún barrio, heredando conductas, códigos, de la barra de la esquina, o de los primos mayores”. Criarse en la calle, algo que no se puede hacer en el loco mundo contemporáneo, implicaba respetar a aquellos con los que has crecido, “Allí se aprendía que de las mujeres se habla poco y nunca mal (...) porque en el fondo era como hablar mal de tu madre”, no ser un chivato ni un traidor, “Tampoco se hablaba de los flacos del barrio que se metían en líos robando y terminaban presos”. Esos códigos implican saber que “Hay cosas que se hacen pero no se cuentan”, que no hay que ser fisgón ni chismoso, “Tampoco se pregunta, salvo que sea necesario y pidiendo disculpas”, “Si el otro te quiere contar, abrís las orejas, porque te está eligiendo para una confidencia”. Los amigos están “para escuchar y arrimar un brazo si el otro necesita sacarse un entripado”.
El personaje que vertebra estos códigos de calle, aprendizaje, lealtad y amistad es otro argentino que el protagonista conoce en España y con quien comienza a trabajar, Tato el Podrido. “Con Tato no hubo necesidad de establecer reglas, teníamos las mismas”. El personaje del Podrido en la novela resulta un pirata encantador. La relación entre los dos, un poco a lo Quijote y Sancho, caballero y escudero, es uno de los logros de la historia. En esta parte de la novela domina la ironía y el humor ácido y unos brillantes diálogos llenos de ritmo.
El protagonista se queda colgado cuando se separa de Tato. A partir de ahí llega lo malo. El final será amargo, en un libro potentísimo y crudo y seco y lleno de desesperanza, como la vida misma cuando se cuenta “a tumba abierta”.

Canción dulce de Leïla Slimani. Terrorífica canción de cuna


La concesión del Premio Goncourt 2016 a la novela “Canción dulce” ha supuesto para la escritora marroquí Leïla Slimani (Rabat, 1981) entrar por la puerta grande de las letras francesas y su proyección a todo el mundo.
Nos visitaron en la sesión del Gabinete de La Central dedicada a esta obra, la traductora Malika Embarek, quien días después de estar con nosotros recibía el Premio Nacional a la Obra de un Traductor, y Miguel Lázaro de Cabaret Voltaire, la editorial que ha tenido el acierto de publicar en España un libro que ya va por la 6ª edición en nuestro país. Un éxito indudable.
Slimani disecciona con una prosa concisa y objetiva una historia tremenda que podemos “soportar” gracias a la frialdad con que la autora acomete la narración y a que el terrible hecho que sucede al inicio de la novela. La autora logra una gran maestría en la organización de la trama, al comenzar por el traumático desenlace y por cómo va entretejiendo de manera muy sutil los detalles, los cambios del carácter y actuación de los personajes, con lo que consigue una narración perturbadora. Al empezar la novela con el crimen, los hechos quedan “por debajo”, ya que la acción empieza muy fuerte.
“Canción dulce” supone una crítica a la idealización de la maternidad y a la, aún no resuelta, plena incorporación de la mujer en la vida laboral. También es una novela sobre la incomunicación. Aborda un tema tan cotidiano, en qué manos se quedan los hijos mientras los padres trabajan, que provoca el desasosiego. La novela pone de relieve la encrucijada que viven los padres, tal y como está planteada hoy en día la sociedad. Es muy complicado conciliar el cuidado de hijos pequeños con las vidas laborales del hombre y la mujer, el deseo de ascender en el trabajo o simplemente tener que trabajar por obligación.
Uno de los grandes aciertos del libro es la atención por los detalles y la forma tan sutil de presentar a los personajes, sus acciones y sus cambios de carácter y actitud. La estructura es muy interesante. Al empezar por el final, conocemos el terrible desenlace de la historia. Pero al mismo tiempo, los detalles que muestran que algo no funciona bien son muy sutiles y según avanza la narración nos va ofreciendo leves pinceladas en el carácter y la forma de actuar. Se crea así una sensación de desasosiego e incomodidad porque, aunque a veces se nos llegue a olvidar, la tragedia tiene un peso determinante en nuestra lectura.
Slimani demuestra un uso magistral de la narración objetiva, la opinión del narrador no está presente en ningún momento, nos muestra los hechos fríos y desnudos, como esa carcasa de pollo que protagoniza una de las escenas más escalofriantes de la novela. Sólo deja entrever su simpatía hacia los que sirven a través de las citas, de Rudyard Kipling y Dostoyevski, elegidas por la autora.
Los padres intentan mostrarse cercanos y empáticos con la niñera, ya que no son personas acostumbradas a tener a personal de servicio a su cargo. Demuestran un cierto “apuro” con su empleada, con la que no saben delimitar una relación exclusivamente laboral. La comodidad que supone para ellos la eficiente extralimitación de sus obligaciones por parte de la empleada, hace que se dejen ir invadiendo por ella. Como sucede con la hiedra, la presencia de la niñera va dominando la casa hasta que se convierte en un auténtico peligro para la familia. Cuando sospechan que algo anda mal, ya será demasiado tarde para ellos.
En el Gabinete de Lectura de La Central disfrutamos del privilegio de contar con la visión de la traductora del libro al español, Malika Embarek, cuyo trabajo la ha conducido a establecer una relación de completa intimidad con el texto original en francés. Malika comenzó explicándonos las discrepancias que surgieron por mantener el título original del libro “Chanson douce”, nombre que remite a una popular canción de cuna francesa en la que acecha el peligro inminente de un lobo. Título que sin embargo no dice nada a la mayoría de lectores hispanos que desconocen la canción. Sin embargo, el editor decidió mantener un título que “ha funcionado bien”. Malika, que ha realizado una maravillosa traducción, destacó “la gran profesionalidad de Miguel Lázaro” y reconoció haberse preguntado qué habría pasado si hubiera acometido la traducción del libro después de haber ganado el Premio Goncourt. Como curiosidad este prestigioso premio tiene una dotación económica meramente simbólica, lo realmente importante es el prestigio que se consigue y que se traduce en ventas, como ha sucedido en el caso de “Canción dulce”, convertida en un fenómeno. Leïla Slimani es una de las pocas mujeres que lo ha ganado, entre otras Marguerite Duras. Malika confiesa que de haberlo traducido ahora todo habría sido muy diferente, teniendo en cuenta el tsunami de información que aparece en Google y la fama que está alcanzado la escritora. “Entonces la aproximación fue mucho más ingenua, lo que ha sido positivo, porque trabajé sin presión”.
Para Malika Embarek, que confesó haber empezado directamente con la traducción antes de leer completo el libro, un requisito para que funcione una traducción es la empatía con el autor. “Con Leïla Slimani la tuve totalmente. Se estableció una complicidad impresionante”. La traductora destacó “la objetividad del narrador aunque de las citas del inicio se desprende simpatía por el servicio”. La traductora declaró tener una visión romántica de su profesión aspirando a llegar a una traducción donde no haya barreras. “Me motiva pensar que la literatura la puede leer igual el lector del idioma original que el de la traducción”, aunque “al fin al cabo siempre hay pérdidas, también puede haber ganancias”. La traductora explicó que no ha podido resolver los sonidos de la novela ni las connotaciones que tiene el título. Sin embargo, en algunos aspectos “gana el genio de la lengua española”, según Malika, como en el caso del uso de diminutivos, que sirvió para rebajar el tono narrativo en ocasiones “muy coloquial” del original en francés. La traductora ha logrado dejar las huellas de la melodía del francés de Leïla en la traducción al español en muchos momentos.
Primer trabajo que leo de Leïla Slimani, esta terrorífica canción de cuna que demuestra que es una excelente narradora y constructora de historias.
Canción dulce. Leila Slimani. Cabaret Voltaire, 2017. 279 páginas.

“El autor”, una película sobre creación y soledad


¿Hasta dónde sería capaz de llegar por escribir? ¿Qué estaría dispuesto a hacer para conseguir un buen argumento? Animados por una historia sobre escritura y creación, nos decidimosa ver en los cines Golem de Plaza de España “El autor”, una película que deja un buen sabor de boca y multitud de detalles y reflexiones a los que dar vueltas una vez finalizada la películas. Dirigida por Manuel Martín Cuenca, está basada en “El móvil”, primer libro del escritor Javier Cercas. El protagonista de “El autor”, interpretado por el magnífico Javier Gutiérrez, es un hombre atrapado en una asfixiante notaría que desempeña sin brillantez su aburrido trabajo. Sin embargo, sus aspiraciones son otras. Casado con una exitosa autora de best sellers, él desea escribir un gran libro de literatura con mayúsculas. Sus años de asistencia a un taller literario no parecen dar fruto, sólo es capaz de escribir textos mediocres. Su profesor, encarnado por Antonio de la Torre, le da la clave para escribir: escuchar, observar y vivir. Porque Álvaro no vive, transita con apatía por su plana vida, no sabe disfrutar, buscar la inspiración o encontrar lecturas de las que aprender.
El protagonista, un hombre de aspecto anodino, será capaz de cualquier cosa con tal de lograr una obsesión para la que no tiene ningún talento. Incapaz de escribir, todo se pondrá en marcha cuando la casualidad le lleve a escuchar una conversación en el patio interior del edificio al que se muda tras romper con su mujer. A partir de ahí el aspirante a escritor desarrolla un plan. La realidad de su entorno más cercano, su comunidad de vecinos, será la fuente de inspiración para su trabajo. Pero no le bastará con reproducirla. Como un caprichoso dios menor la manipulará hasta extremos patológicos para que su novela avance. Sus manejos, inevitablemente se le irán de las manos, hasta conducirle a un inesperado final.
“El autor” tiene un guion construido con exactitud y plagado de detalles. Como el protagonista escribiendo en el ordenador con dos dedos, a pesar de su trabajo de oficina y sus aspiraciones literarias, detalle que dice mucho sobre la mediocridad del sujeto; o esa casa vacía que habita, donde apenas hay una mesa, un portátil y una impresora, como toda decoración. Otro logro son los personajes. La película ofrece una estupenda descripción costumbrista de la comunidad de vecinos, ese microcosmos que quiere reflejar Álvaro en su novela, incapaz de trascender más allá de su portal. Lo componen la portera (Adelfa Calvo), una cincuentona que ha visto pasar la vida sin disfrutar, con un marido aburrido y bruto y un trabajo que no le aporta ninguna satisfacción; el militar retirado (Rafael Téllez), un fascista con una buena posición económica pero terriblemente solo; y la pareja de inmigrantes mexicanos (Adriana Paz,  Tenoch Huerta), que padecen las dificultades de una vida dura a miles de kilómetros del país de origen, zarandeados por la crisis económica y también muy solos. Porque, más allá de una película sobre la creación, “El autor” es una historia de soledades, de seres que no se atreven o no pueden disfrutar, salir de una “zona de confort” que en realidad no tiene nada de cómoda.
Quiero destacar la importancia de aspectos técnicos como el sonido, con el que el director da protagonismo a muchas acciones fuera de campo, que son determinantes para la historia. También la música de un recuperado José Luis Perales, que ha compuesto dos temas para el para el inicio y el final de la película, en la que Perales alcanza un gran nivel interpretativo. Sevilla, ciudad donde transcurre la historia, aparece retratada fuera de la típica postal. Tan sólo el bello Puente de Triana, próximo al bloque de unos personajes que apenas se mueven de su barrio, es el único monumento que se permite enseñar el director.
Recomendable y negrísima historia de creación y soledades, que retrata la loca ambición de un ser plano que en realidad esconde un gusano manipulador y despreciable.

“Éramos unos niños”. La historia de Patti Smith y Robert Mappelthorpe narrada en primera persona


Me recuerdo a finales de los ochenta, cuando empecé a degustar música de verdad, escuchando entusiasmada el “People have the power” de Patti Smith, una canción luminosa cuyo video reproducían con insistencia en los programas musicales que nos brindaba la televisión pública de entonces. La trepidante historia vital que atesoraba Patti Smith era tremendamente atrayente, incluida su relación con un artista fascinante, el fotógrafo Robert Mappelthorpe. La desgraciada muerte por aquellos días de este último les puso a ambos aún más de actualidad.
Publicado en 2010 “Éramos unos niños”, el libro de memorias de Patti Smith sobre su relación con Mappelthorpe es un testimonio tremendamente humano sobre unos días y una escena enormemente atrayente y mítica, repleto de escenarios y personajes relevantes. Los primeros, la pareja protagonista. Patti hace gala de gran sensibilidad, emoción e inteligencia en su narración de historias, a veces cotidianas, a veces tremendas, siempre llenas de alegría de vivir y compartir. Por encima de todo es un trabajo lleno de amistad y amor, y una muestra de la “atómica agenda de teléfonos” que tuvo y tiene esta adorable mujer, poeta, pintora, hija, madre, amante, amiga, cantante, musa y creadora.
La vida de Smith y Mappelthorpe siempre estuvo unida desde que se encontraron en Nueva York cuando eran “unos niños”. Solos y sin recursos, habían huido de sus respectivas familias, Patti a causa de un embarazo no deseado tras el que había entregado en adopción a su bebé y Robert huyendo de su católico y estricto entorno. Se apoyaron, deseosos de desarrollar una carrera artística, a pesar de no contar con medios ni apoyos y sin tener del todo claro qué querían hacer.
Por encima de todo el arte siempre fue el “territorio común” de los dos, incluso haciendo arte con sus propias vidas. A través de su relación, primero sentimental y luego fraternal cuando Robert aceptó su verdadera sexualidad sin romper sus lazos con Patti, recorremos dos décadas apasionantes del arte y la música de los Estados Unidos, su epicentro, Nueva York. Las idas y venidas de los frenéticos Smith y Mappelthorpe nos llevan a escenarios míticos como el Hotel Chelsea, en cuya habitación 204 la pareja vivió un tiempo, y el no menos fantástico Max’s, el local donde gravitaba la galaxia Warhol, espejo del artista de incuestionable éxito que aspiraba a ser Mappelthorpe. Allí fueron encontrando su sitio y se relacionaron con Candy Darling, Edie Sedgwik, Tennessee Willliams. Por entonces Warhol ya estaba en retirada del local pero por allí seguían apareciendo luminarias como Lou Reed y la Velvet Underground. Mappelthorpe, ambicionando alcanzar estatus y fama como artista, fue quien arrastró a Patti a ambos templos llenos de artistas donde debían dejarse ver. El tiempo le dio la razón. Robert luchó denodadamente por alcanzar el éxito, ese futuro brillante “que tan resueltamente había buscado y tanto se había esforzado por alcanzar” y finalmente logró. Muchas estrellas de las galaxias Max’s y Hotel Chelsea tuvieron finales trágicos, “sucumbieron a las drogas y a los infortunios. Pero Patti y Robert jugaron cartas ganadoras.
El libro está repleto de luminarias de la época, músicos, artistas, escritores, actores y mecenas con los que la pareja se relacionó. Admiradora incondicional de Jim Morrison, Brian Jones y Bob Dylan, con quien finalmente establecería una cálida relación, Patti conoció en los años del Hotel Chelsea (1969-70) a músicos como Janis Joplin, Jimi Hendrix o, Todd Rundgren. En el libro Patti habla sobre su relación sentimental con el recientemente desaparecido Sam Shephard, ya entonces un joven dramaturgo de prestigio. Escribieron juntos la obra de teatro “Cowboy Motel” en 1971 y mantuvieron su amistad toda la vida.
Como un chamarilero, Robert recorría todo tipo objetos de tiendas y rastrillos, incluso rebuscaba en la basura, para crear sus fantásticos collages y montar sus extrañas piezas de bisutería. Patti trabajaba y comenzaba a escribir sus primeros poemas, mientras animaba a Robert a probar con la fotografía. Él, siempre impaciente y deseoso de resultados rápidos, no acababa de decidirse. En aquellos años donde lo compartían todo, ambos pusieron la semilla de lo que se sería su posterior y conocida obra. Cuando Robert empieza a exponer, con éxito, sus primero collages, para Patti la experiencia de compartir su obra con otros despertó su “instinto posesivo”, “Ver a personas mirando la obra que yo había visto crear a Robert”. Si ya había soltado a Robert en el plano sexual, también empezaría a dejarlo libre en el aspecto artístico.
Robert tuvo acceso a la alta sociedad culta y artística de Nueva York, que les relacionó con Bianca Jagger, Diane de Furstenberg o Marisa Berenson. Patti no se sentía cómoda en esos ambientes pero, a pesar de todo, seguían gravitando uno en torno al otro a pesar de sus diferencias sociales. Robert fue encontrando los mecenas que le dieron acceso a aquel mundo como John McKendry, director de fotografía del Museo Metropolitano de Arte, o el millonario Sam Wagstaff, que se convertiría en su pareja y cuyo mecenazgo fue decisivo para el fotógrafo. “Se necesitaban. El mecenas para verse glorificado por la creación. El artista para crear”.
Y llegó la entrega absoluta de Robert a la fotografía. Abandonó sus collages e instalaciones, por fin la fotografía no era un medio sino un fin en sí misma. Había comenzado a trabajar con una Polaroid, con lo que desarrolló decisión y un ojo rápido. Encontró un estilo personal, completamente suyo, donde “la luz lo es todo”. Se decantó por el retrato y tomaba para modelos de sus fotos a la gente que conocía por su “compleja vida social”, desde famosos hasta “un chapero tatuado”. Desde el principio la obra de Robert fue objeto de polémica: “Su obra era buena pero peligrosa (…) Se fijaba en áreas de opinión sobre las que había poco consenso y las transformaba en arte (…) Revestía lo homosexual de grandeza, masculinidad y nobleza”. Sin embargo, como afirmó Cocteau sobre un poema de Genet, “Su obscenidad nunca es obscena”. En su obra Mappelthorpe reflejaba la dualidad de su carácter, la lucha entre el bien y el mal, una obsesión católica que le perturbaba, “El artista y puto era el buen hijo y monaguillo”. Patti intentaba calmar esa desazón, “No necesitas ser malo para ser distinto. Ya eres distinto. Los artistas son una raza aparte”.
Tras el despegue del éxito de Robert, Patti siguió siendo musa: “Contigo siempre acierto”. A Robert le interesaba “cómo hacer la fotografía”, a Patti “cómo ser la fotografía”. “El credo que establecimos como artista y modelo era simple. Confío en ti, confío en mí”, afirma Patti. Siempre se movieron entre esa dualidad entre la inspiración y el trabajo material, “Es responsabilidad del artista equilibrar la convicción la comunicación mística y el esfuerzo de la creación”. El Robert obsesionado por el éxito también se preocupaba por la obra de Patti y por su triunfo, quería que ella, que estaba empezando a componer en clave musical, “tomara un camino que me diera éxito”. Sandy Pearlman fue el primero en ver el potencial que podría desarrollar Patti al frente de una banda de rock. Mientras tanto, Patti seguía dibujando y escribiendo de manera desordenada sus versos, influida por Rimbaud y la Generación Beat. Trató a Gregory Corso, Allan Gringsberg y William S. Burroughs, “joven y viejo al mismo tiempo. En parte sheriff en parte detective”, afirma Patti sobre él. También realizaba reseñas en revistas musicales como Rolling Stone, en una época en la que “la profesión de periodista musical podía ser una ocupación noble”. Logró publicar un par de poemario y comenzó a hacer perfomances con sus poemas y un par de músicos. Uno de ellos, Lenny Kaye, se convertiría en el eterno compañero de su carrera musical. Comenzaron a actuar en cualquier local que quisiera acogerlos y en ese momento llegó su encuentro con el mítico CBGB, entonces poco más que un antro desconocido. Allí trató a Tom Verlaine y sus Television.
En la época del CBGB Patti y Lenny montaron finalmente su banda y consiguieron contrato discográfico. Su primer disco lo grabaron en el estudio de grabación de Jimi Hendrix, los Electric Lady Studios. El debut de la banda, en lo que fue “una noche iniciática” contó con la presencia de Bob Dylan, la persona que ella “había tomado como modelo”. Robert, cómo no, se encargó de realizar la mítica foto para la portada del álbum “Horses” (1975), “Cuando la miro no me veo nunca a mí. No os veo a los dos”, dice Patti. Tan sólo realizaron juntos una exposición, con dibujos de Patti y fotografías de Robert. Nunca viajaron juntos, “Jamás vimos nada aparte de Nueva York, salvo los libros”.
En 1978 Patti consigue al fin el éxito masivo como estrella del rock tras su colaboración con Bruce Springsteen en “Because the night”. Robert lo vivió complacido “lo que quería para sí, lo quería para los dos”; “Te has hecho famosa antes que yo”, le dijo. Patti abandonaría finalmente Nueva York con su pareja, el músico Fred Sonic Smith, guitarrista de MC5, fallecido en 1994.
Robert, un hermano para Patti, “es la estrella azul en la constelación de mi cosmología personal”, fallecería en 1989 de SIDA, en aquellos años en los que no había curación ni esperanza. Patti vivió muy pendiente de su ángel durante los desgarradores meses de enfermedad hasta que falleció “Mi amor por él no podía salvarle. Su amor a la vida no podía salvarlo”.
Una historia fascinante narrada en primera persona.

“Cuatro millones de golpes” de Eric Jiménez, memorias de un enorme batería



Cada vez son más los músicos de rock que deciden publicar sus autobiografías. Una profesión tan fascinante, loca y extrema es perfecta para generar delirantes andanzas e historias tremendas, repletas además de personajes de fama y relumbrón. Algunas autobiografías son divertidas, otras megalómanas, las hay que no añaden nada nuevo y otras que son deliciosa literatura de calidad. Me vienen a la mente las memorias, escritas por ellos mismos, de Pete Townshend, Morrissey o la maravillosa Viv Albertine, tres músicos que tienen buena mano para la escritura. En España también tenemos a nuestros rockeros que cuentan su vida. Es el caso de Eric Jiménez, batería que yo calificaría de mítico por las bandas y los álbumes en los que ha puesto su talento. “Oscuro”, “insólito”, “tragicómico”, son algunos de los adjetivos que la prensa ha dedicado al libro.
Disfrutamos el miércoles 15 de noviembre de una animada presentación en la fnac de “Cuatro millones de golpes”, un relato de vida en el que se recogen “aventuras” del batería granaíno, con mucha melancolía, una crónica vital bastante negra y a la vez con mucho sentido del humor, con momentos “muy divertidos, algunos incluso ridículos”. Eric se muestra orgulloso de tener el calor y el cariño de un público que nunca le ha abandonado y le ha hecho ganar confianza en sí mismo. El libro es un canto a una profesión, la de músico, que Eric califica de “profesión de riesgo”, porque “aunque te vaya bien no sabes cómo vas acabar”. Se declara un “romántico”, que quiere estar en proyectos “con alma”. Y vaya si lo ha conseguido.
Eric ha prestado sus recuerdos, hablados porque él no es escritor, a Holden Centeno, nombre bajo el que se esconde el autor de la novela “La chica de Los Planetas”. Él ha ordenado y dado forma a esos recuerdos de vida, para los que el batería se ha “abierto en canal”. El libro es “Eric cien por cien”, aunque algunas historia se hayan suavizado, para no acabar literalmente “en la cárcel”.
El ex político socialista Eduardo Madina, fue el encargado de presentar el libro. Amante de la música, también de la de Los Planetas, Madina recomendó el libro a los seguidores de Lagartija Nick “porque les va a ayudar a entender la magnitud de esta banda”; también a los incondicionales de esa “catedral de sonido que es el Omega” (el mítico álbum de punk rock de Enrique Morente y Lagartija Nick) para entender mejor “una obra única en la historia de la música de España”; el libro de Eric también complacerá a los seguidores de Los Planetas porque ofrece claves de las cosas más conocidas de la banda y de otras que no lo son tanto.  Y por último lo recomendó a las personas que sean amantes de Granada, uno de los principales focos de producción musical de este país, porque gracias al libro se puede conocer “el pentagrama que ha ido construyendo esta ciudad a lo largo de los años gracias a los grupos que han salido de ella”. Es el caso de tres de las bandas en las que ha militado Eric como KGB, Lagartija Nick, Los Planetas y grupos como 091, Niños Mutantes, Lori Meyers, Napoleon Solo, entre otros. Madina destacó que el libro es de alguna manera un “manual de autoayuda”, si tenemos en cuenta que su protagonista es alguien que, teniéndolo todo en contra, se ha convertido en el mejor batería de este país y ha formado parte de grupos que han marcado a varias generaciones. En el testimonio que ofrece “Cuatro millones de golpes” asistimos, en definitiva, a la construcción de una persona.
Eric Jiménez explicó se había animado a emprender este proyecto tras pasarse años contando “muchísimas anécdotas en muchísimos sitios”, que mucha gente le animaba a plasmar en un libro. Llegó con las grabaciones de sus vivencias escritas por Holden Centeno. El batería reconoce que uno de los capítulos más emocionantes es el de la pensión Penibética, donde vivió con su madre y sus hermanos. Su infancia, dura, estuvo marcada por ser hijo de madre soltera, algo “mal visto” por la sociedad de la época. “A diferencia de lo que sucede con el libro Instrumental de James Rhodes, a mí la música un poco más y me mata. Yo escuchaba una música que me podía llevar a la tumba de cabeza”. Empezó a tocar el tambor en la OJE y pronto se metió en el punk, “Salgo de la sartén y me meto en el fuego”, concluyó.
Su gran descubrimiento fue su facilidad para tocar la batería y por fin se sintió aceptado al entrar en una banda. “La batería es mi zona de confort, la burbuja donde me abstraigo, donde no pienso en nada”. Eric confesó su necesidad de llamar la atención porque en su infancia “había pasado desapercibido” y se había sentido “muy solo”. Eric se desnuda en el libro, donde se presente también como alguien con mucho sentido de la responsabilidad, “siempre he compaginado varias bandas para no quedarme sin trabajo”, sobre todo tras nacer hace cinco años su hija, “antes quería dejar un cadáver bonito, ahora quiero vivir hasta dejarlo horrible”. Afirmó no haber hecho el libro desde el rencor, a pesar de la mala follá granadina, por eso ha preferido sacarlo con cincuenta años, para evitar esas memorias llenas de bilis, escritas con más edad.
Para finalizar, el batería atendió a las preguntas del público, lamentando las nulas facilidades que tienen los grupos nuevos para hacer música en este país. Alimentando su personaje de enfant terrible, reconoció que “con este libro ahora mismo estoy jodiendo a muchísima gente cosa que me complace”. Reconoció que, después de grabar y producir sus discos prefiere dejar pasar un tiempo antes de volver a escucharlos y, hablando de su bellísima ciudad, recomendó su bar (El bar de Eric) o cualquier rincón del Albaicín o del Sacromonte, como la terraza de Casa Juanillo. Tomamos nota para la próxima visita.
Genio y figura.

“Encore Trasatlántico” viaja con música y libros en Viaje al centro de la noche, RNE


En el programa Viaje al centro de la noche de RNE, Pedro Escobar, editor de “Encore Trasatlántico” y yo “Viajamos con poco”, con Amaya Prieto y Javier Hernández. Huyendo de ese demasiado de todo. “Música y palabra. Mucho que se hace con muy poco”. Escritores inspirados por músicos y música. Llegamos cargados de música y literatura a la Casa de la Radio en Prado del Rey y de ilusión y de emoción y de ganas de contar sobre este proyecto en el que he tenido la enorme fortuna de embarcarme gracias a la gentileza de Pedro Escobar. “Gestor”, dice él, pero sin duda alma mater de una antología de relatos sobre rock mexicano y español en el que hemos participado diferentes ilustradores y veintiún escritores, que venimos del periodismo, la literatura e incluso la música. El eje del libro es un tema que nos apasiona, la música, que ha inspirado ficción e ilustraciones. Un libro que existe en papel gracias al esfuerzo de Pedro. “Somos humanos, nos encanta tocar los libros, leerlos, tocarlos, prestarlos a alguien, subrayarlos incluso”, dice. A mí me gustan los dos formatos,  libro electrónico y en papel, pero no hay duda de que es un gusto tener el “Encore Trasatlántico” en formato físico.
“Me encanta leer, me encanta escribir y me encanta la música, así que pensé que esta era una manera interesante de conectar todo”, explico. Mi participación en el libro va de la mano de la canción “El gran circo”, del grupo mexicano Maldita Vecindad, banda que conocí gracias a un CD de apoyo a nuestra radio libre Radio Resistencia, allá por los años 90. En el disco se recogía música latinoamericana rebelde y de combate, de donde parte la historia que incluyo en el libro. En la historia también se realiza una reflexión sobre el rock urbano de los ochenta y los noventa, y sobre la fusión del rock con otros estilos. Una llamada a abrir la mente y descubrir nuevos estilos, más allá del omnipresente rock anglosajón.
Reflexionamos también sobre la abrumadora presencia de la música en inglés en la radio española. Pedro recuerda la importancia del rock hecho en español en Latinoamérica y la mirada hacia la música española que se hace desde allí. Muchas bandas han hecho escuela, como Radio Futura o Fermín Muguruza, presentes en el “Encore Trasatlántico”, una antología que conecta México y España a través de una “lengua que nos une”. 
Nuestro editor reivindica el poder de la música para despertar nuestra imaginación, “porque una canción no se acaba cuando termina el track, genera otro tipo de historias”. Canciones que “hablan de ti, aunque hayan surgido a miles de kilómetros de distancia, en un país que no conoces”. Esas canciones que hablan de nosotros. “Tenemos derecho a imaginar, cuando la realidad nos lastima, cuando nos parece más asfixiante siempre existe la posibilidad de imaginar”.
Mi relato “Gozando de los sones rebeldes” encuentra similitudes entre jóvenes que aman la música, aunque se encuentren a miles de kilómetros, sean de una zona marginal de México o de un barrio como Vallecas, en Madrid. Es un viaje del que vamos de la mano. Se trata de un relato de descubrimiento y crecimiento, partiendo del rock de barrio, del rock gitano de inicios de los ochenta, el rock anglosajón que adora uno de los personajes y el rock mestizo. En el relato tiene mucho que ver mi infancia, muy marcada por el barrio de mi abuela en Vallecas, con aquellas casas bajas que levantaban los vecinos como podían tras su llegada desde los pueblos para buscarse la vida. Encontré similitudes con las vecindades de la Ciudad de México, en mi relato México DF, y los descampados de aquella Vallecas de mi niñez. Está escrito con la idea de que abramos los ojos, nos quitemos clichés y prejuicios. Los cuatro estamos de acuerdo en que el rock urbano, reivindicativo y social va siendo poco a poco cosa del pasado, que el rock español actual ha perdido aquel tinte. Ese carácter reivindicativo lo ha recogido el rap en España, no tanto en México, donde Pedro explica que sigue habiendo una escena punk y ska que hablan de las cosas que preocupan a la gente.
En “Encore Trasatlántico” hay barrio, tauromaquia, desaparecidos que siguen entre nosotros, personas que vuelven del coma, múltiples historias. “Un ejercicio de imaginación puramente lúdico”. Como es el caso del relato protagonizado por Tino Casal y escrito por Juan Pablo Rovira, que recoge la leyenda urbana de que el cantante no ha muerto, sino que habita otro (sorprendente) cuerpo. O Camarón de la Isla, que aparece en el cuento de Pedro, y su imaginario encuentro con el compositor mexicano Jaime López. O el cuento sobre los 43 jóvenes mexicanos desaparecidos, del cuento de Alberto Chimal, relacionada con la canción de Radio Futura “Lluvia del porvenir”, cuya letra parecía adelantar en los años ochenta lo que sucedería años después, bajo la premisa de que los estudiantes siguen existiendo en alguna otra dimensión.
Javier nos pregunta si está en el mestizaje el futuro del rock and roll. Puede ser, aunque el mestizaje viene de lejos. Yo empecé a seguir estas mezclas en los noventa, me sentía más cercana al rock y gracias a la radio empecé a escuchar otras cosas. El mestizaje siempre es bueno, como sucede con la forma de tocar la guitarra eléctrica de los saharauis, con esas “afinaciones marcianas” que vuelven locos a los músicos occidentales. En el arte no hay que poner barreras nunca. Ojalá nos queden por ver muchas cosas interesantes y muchas mezclas.
El libro está empezando su andadura, “está muy fresquecito todavía”, como dice Pedro. Nos queda saber si los músicos que aparecen se quedarán contentos con haber inspirado otro tipo de creación a partir de su música. Pedro resalta que la edición independiente y la distribución en internet han funcionado muy bien en México. Como explica el editor “son libros de autor”, parten de la economía colaborativa, de los esfuerzos en común, financiados sin el respaldo de una editorial. “El hecho de que estemos aquí, que es un privilegio, quiere decir que los espacios existen si tienes algo que decir”, afirma Pedro para finalizar una entrevista que ha resultado todo un placer.
Unos minutos antes de la entrevista conozco a Pedro y a Gina en Tirso de Molina, donde viene a recogernos el coche de producción de Radio Nacional. Por el camino los tres vamos hablando de música, literatura, creación, radio, independencia, todas esas pasiones que nos unen. Nos reconocemos como esa clase de seres que hacen cosas con el corazón, que van donde les llevan sus impulsos, locos por el arte y con ganas de hacer cosas en comunidad. Participar en “Encore Trasatlántico” ha sido una suerte que me ha traído y sé que me traerá muchas satisfacciones. Los tres entramos encantados al edificio de la Casa de la Radio en Prado del Rey. Por suerte no nos perdemos en el laberinto de pasillos. En la sala de espera nos hacemos fotos, con sonrisas nerviosas y encantadas. Estamos en la radio para hablar de nuestro libro.
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Viaje al centro de la noche. Viajamos con poco. 11/11/2017



       
                                                                       Viajamos con poco (1)                        

Agujero. Con grabados de Alberto Pina y texto de Andrés Barba. Editorial El cañón de Garibaldi


“Cada vez que alguien descubre un agujero en un muro se abre la posibilidad de que al otro lado se produzca la revelación, el prodigio”. Ediciones Cañón de Garibaldi nos invitaba a descubrir el miércoles 8 de noviembre lo que ha aparecido al otro lado del suyo. Así no quisimos perdernos la presentación de la segunda carpeta de la editorial, de nuevo con grabados de Alberto Pina y texto de Andrés Barba. Con esta cuidada carpeta de grabados y texto, ambos ofrecen “una reformulación del mundo a través del agujero”.
El pintor Alberto Pina explicó que se trata “de una excusa para hacer cosas juntos, interrelacionando literatura y pintura”. La carpeta ha surgido a partir de un cuadro redondo pintado por Alberto, inspirado en un pintor holandés. Andrés lo vio en el estudio, le gustó y el pintor pensó en una serie de grabados con formato redondo, un formato particular. El escritor Andrés Barba preparó el escribió el texto, pero pidió al artista que no hiciera las ilustraciones inspirándose en su escrito.
La mirada desde el agujero puede surgir a través de una mirilla, un microscopio, un telescopio la mirada por el agujero. Según Alberto, de alguna manera es una mirada que protege, porque te muestra invisible a lo peligroso. Pero también puede causar miedo, como sucede para Alberto con perros, sitios industriales, los edificios administrativos, lo institucional, el bosque… Alberto destacó como algo positivo trabajar a partir de las ideas le propone Andrés. “En el mundo artístico es una pesadez tomar todas las decisiones uno solo, por lo que me gustan las propuestas que me hace Andrés”, aclaró.
Para el escritor Andrés Barba mirar por el agujero supone ver las cosas incompletas. También supone la fascinante posibilidad de ver sin ser visto. El escritor madrileño, reciente ganador del Premio Herralde de novela, citó varios ejemplos de la literatura universal relacionados con mirar a través del agujero. Es el caso de “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carrol, con la caída por la madriguera o la mirada por el ojo de la cerradura. Otra fuentes de inspiración es “En busca del tiempo perdido” de Proust, cuando ve a Albertine desde una ventana pasando por la calle; o en “El Último encuentro” de Sandor Marai, que refleja un triángulo amoroso entre dos amigos y una mujer compartida, cuando uno de ellos ve la imagen del amigo a través de la mirilla de la escopeta, con lo que se convierte en amigo/ enemigo, simultáneamente; o cuando Galileo enseña una cabeza de mosca vista desde el occhiolino (antecedente del microscopio) al rey de Polonia Segismundo III, causándole un susto de muerte.
“El agujero es también el lugar de la revelación”, finalizó Andrés Barba, “Ofrece una visión distinta sobre la realidad de siempre”. Se trata del segundo trabajo juntos, tras  su “Trío en Súper 8”, del pasado año. Está compuesto por 5 grabados originales en aguafuerte más texto, y esperan que sea una larga serie, que no quieren reducir a un único formato. 


“Blade Runner 2049”. Pura melancolía (sin spoilers)


No sé si fue la luna llena o verla en soledad pero “Blade Runner 2049” me dejó sumida en la melancolía. Por lo que no volverá, por el tiempo pasado, por nuestra caducidad, por el sinsentido de la vida. Resulta muy complicado acometer una reseña sobre una obra maestra del cine y su secuela sin caer en digresiones filosóficas o en spoilers, pero vamos a intentarlo.
Este otoño de 2017 se ha estrenado “Blade Runner 2049”, la segunda parte de la legendaria película dirigida por Ridley Scott en 1982, un film mítico, mezcla de cine negro y ciencia ficción, que no tuvo buenas críticas en su estreno. Mirando hacia atrás, se trata de una obra en la que se conjuraron los astros para que el mal ambiente, los problemas de presupuesto, los bandazos de guion y de producción y en definitiva el infierno que supuso su rodaje y su montaje dieran lugar a una película que con el tiempo se ha convertido en un clásico digno de pasar a la historia del cine. Basada en la obra de Philip K. Dick “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, tomó su nombre definitivo, “Blade Runner”, de un guion del escritor beat William S. Burroughs.
Se pueden encontrar en internet decenas de páginas sobre una película en la que los problemas, las casualidades y los cambios de montaje crearon, tal vez sin pretenderlo, una obra profunda, en la que caben diversas interpretaciones y rodeada de una leyenda que la ha convertido en imprescindible. Incluso para los que, como yo, no somos amantes de la ciencia ficción. “Blade Runner” va mucho más allá.
Recuerdo haberla visto hace muchos años en video pero no tengo una imagen nítida de cómo o cuándo sucedió. Fui una adolescente que adoraba a Harrison Ford. Fue una revelación encontrármelo en “Único Testigo”, otra de esas pelis de videoclub que animaron nuestra adolescencia. No me perdí las sagas de La guerra de las galaxias e Indiana Jones, ni sus interpretaciones en el drama romántico “La calle del adiós”, la maravillosa “American Graffiti” (donde tenía una minúscula aparición), “La costa de los mosquitos”, “Juego de patriotas” (que no me gustó), “A propósito de Henry”, el magnífico thriller “Frenético” de Roman Polanski o “El fugitivo”, muchas de ellas vistas en pantalla grande con mis amigas del instituto. Era para nosotras toda una celebración ir a ver la nueva de Harrison Ford.
La imagen de la geisha en una pantalla gigante, la ciudad de Los Ángeles sometida a una constante lluvia ácida, el extraño multiculturalismo, la desolada estética futurista, los coches voladores, el peinado de Rachel (qué mal me caía Sean Young entonces), la grandiosa banda sonora de Vangelis (“Memories of Green” me sigue conmoviendo hasta las lágrimas), el arrebatador carisma de Harrison Ford (de quien se dice que odiaba una película que no entendía), el inolvidable monólogo en el tejado de Roy esos “Momentos que se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia” que al parecer se trató de una improvisación del propio Rutger Hauer. Por no hablar de la eterna discusión de si Deckard, el protagonista interpretado por Harrison Ford, era o no un replicante, apuntalada por el unicornio de origami (hay un guiño en la segunda parte) y los cinco replicantes que se nombran en la película, aunque solo aparezcan en teoría cuatro. ¿Fallo de guion, falta de presupuesto que eliminó a un personaje o magistral vuelta de tuerca del director? Anécdotas que no hacen sino alimentar el mito.
El sentido de la vida, la destrucción del planeta, la explotación del ser humano por el ser humano, la trascendencia, el poder de la creación, la ausencia de futuro, la conciencia de la finitud, la empatía y la capacidad de experimentar emociones… “Blade Runner 2049” repite todos estos ingredientes, añadiendo una figura tiene mucho tirón en el cine estadounidense, el “elegido”. Incluso tiene sus propios “unicornios”, la cifra 06.10.21 y la figurita de un caballo. Y ese es el hándicap de “Blade Runner 2049”, ser demasiado continuista de su antecesora. Ciertamente es larga, casi tres horas, para no contar nada radicalmente original o arrebatador. El respetado director Denis Villeneuve recurre a varios de los personajes del primer film, Deckar, su enamorada la replicante Rachel o el detective Gaff interpretado por Edward James Olmos. Se ha acusado esta continuación de vacía y de resultar reiterativa y explicativa en exceso. Yo soy una narradora con tendencia a la explicación, así que no veo en ello un aspecto necesariamente negativo. No hay que olvidar la voz en off del detective Deckard que aparecía en la primera parte y que fue eliminada en aquel “montaje del director”, que yo disfruté en pantalla grande junto a mi hermano.
La secuela resulta absolutamente fascinante en lo visual, aunque también desde la repetición de lo que ya ofrecía la película del 82. Hay escenarios muy logrados, como el basurero en el que viven los niños huérfanos, la burbuja que habita la “creadora de recuerdos” (atención a esa escena) o el hotel abandonado de Las Vegas donde se desarrolla la última parte de la película. La estética es impresionante y los efectos especiales están perfectamente integrados en la historia. Villeneuve añade además la sustitución de las relaciones afectivas mediante la inteligencia artificial (una simple “codificación de ceros y unos”), en la línea de “Her”, la película de Spike Jonze. Fantástico el sonido, la olla hirviendo en la primera escena de la película, el sonido que enciende y apaga a Joi, la compañera artificial del protagonista, o el ruido que emiten las extrañas “cucarachas robot” que acompañan al villano adquieren una presencia subyugante en la narración. La banda sonora de la secuela se enfrenta a la comparación con la irrepetible partitura de Vangelis, irremediablemente unida a “Blade Runner”. Hans Zimmer hace un gran trabajo, con momentos de perfecto contrapunto a la narración (como con la pieza Sea Wall) pero veo improbable que esta banda sonora se nos quede grabada de la manera en que lo hizo su antecesora.
Además de los ya mencionados intérpretes de la película original, Harrison Ford y Edward James Olmos, y de la presencia de Sean Young de una manera que no voy a desvelar, “Blade Runner 2049” está protagonizado por Ryan Gosling en el papel de K, un blade runner replicante que trabaja para la policía de Los Ángeles con el encargo de “retirar” modelos antiguos. K descubre un secreto que podría tener terribles consecuencias y a partir de ahí comienza una búsqueda que le lleva hasta Deckard, desaparecido desde treinta años atrás. Robin Wright interpreta a su jefe, la teniente Joshi. La holandesa Sylvia Hoeks compone con convicción a la malvada replicante de combate Luv. Muy buenas críticas ha recibido Ana de Armas en el papel de la dulce Joi, el holograma de inteligencia artificial compañera de K. La secuencia de amor “a tres” entre K y Joi a través del cuerpo de una prostituta resulta tiernamente arrebatadora. Peor parado ha salido Jared Letto que interpreta a Niander Wallace, un villano que se queda a medio gas; su composición entre hípster y new wave no ayuda a dar empaque al malvado propietario de Wallace Corporation, la fábrica de replicantes. Nada que ver con el trabajo de Joe Turkel como el viscoso dueño de la Tyrell Corporation, cuya sede recordaba a un zigurat. Como anécdota, parece que su papel iba a ser interpretado por David Bowie.
Lo que Ryan Gosling ha denominado como “extensión” de la original es en definitiva una buena película, con un brillante envoltorio pero fría, sin la emoción y la épica de su mítica predecesora. Un ataque de pura melancolía. (Jesús Herrera Flores es el culpable de esta entrada)





Encore Trasatlántico, una antología que celebra el rock de México y España


Mi colaboración en el nº 80 de Discos y Otras Pastas. Octubre 2017
La literatura es una actividad solitaria. Pero a veces te ofrece la oportunidad de participar en un proyecto que combina las cosas que más te gustan. Así acometí con enorme ilusión la invitación del editor independiente mexicano Pedro Escobar a colaborar en la antología de narrativa rock “Encore Trasatlántico”, una obra coral que me ha dado la oportunidad de participar en un libro donde se combina la música, la escritura y la ilustración. Dice Pedro Escobar que “imaginar es un acto de rebeldía y dos de sus expresiones más puras, la literatura y la música rock, son herramientas elementales para rebelarse a la realidad de tiempos violentos, llenos de fanatismo e intolerancia”.
Defendemos la narrativa rock porque sin duda la música inspira historias y al mismo tiempo la literatura influye en la música. “Cuántos de nosotros hemos tenido una historia a partir de un concierto; cuántos de nosotros hemos dedicado una canción o hecho una playlist para alguien; cuántas veces hemos pensado esta canción habla de mí, habla sobre mi vida”, afirma Pedro. Hay canciones que encierran maravillosas historias en poco más de tres minutos. Hay maravillosos letristas en el mundo del rock, auténticos poetas y narradores. Todo ese poso se nota inevitablemente en nuestros relatos.
“Encore Trasatlántico” es, según el editor y autor de uno de los cuentos Pedro Escobar, “un ejercicio lúdico de imaginación colectiva, pero también una muestra de que la música y el arte nos dan armas para reconocer nuestras similitudes y tolerar nuestras diferencias”.
La antología cuenta con veintiún relatos inspirados en la vida y obra de conocidas bandas de México y España, como Maldita Vecindad, Vetusta Morla, Radio Futura, Café Tacvba, Tino Casal, Camarón de la Isla, Joaquín Sabina, Alaska y Dinarama, Hombres G, El Luto del Rey Cuervo, Botellita de Jerez o Fermín Muguruza, entre otros intérpretes.
Participo en la antología junto a los autores españoles Juan Pablo Rovira, Eduardo Guillot y Pepo Márquez. Nos hemos unido a los escritores mexicanos Édgar Omar Avilés, Francisco Haghenbeck, Alberto Chimal, Isaí Moreno, Alejandro Mancilla, Pedro Escobar, José Luis Zárate, Carlos A. Ramírez, Alejandro González Castillo, Jacobo Vázquez, Juan Carlos Hidalgo, Pilar Ortega, Luis Membrillo, Karina Vargas, José Antonio Sánchez Cetina, Armando Vega-Gil, Raquel Castro y Enrique Blanc, éste último, encargado del prólogo del libro
“Encore Trasatlántico” mantiene la vocación de mezclar diferentes disciplinas presente en las otras dos antologías anteriores. Así cada cuento se acompaña de su correspondiente ilustración. Marino Masazucra, Karina Vargas (autora además del cuento que ilustra), Miguel Ángel Platón o Erik García Ponce, son algunos de los ilustradores que con su buen hacer engrandecen nuestras historias.
El libro, que trata de romper ese “muro de agua” que separa ambos lados del Atlático, destaca por la variedad de estilos y artistas que abarca, gracias a la libertad que nos ha dado Pedro Escobar a la hora de crear nuestros relatos e ilustraciones y de elegir a las bandas.
Para combatir la soledad del escritor, nada mejor que el intercambio entre disciplinas, creadores y lectores. Eso es, en definitiva, nuestro “Encore Trasatlántico”.