El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers. El perfume de las flores marchitas



A nuestro gabinete de lectura de La Central ha llegado un maravilloso libro de Carson McCullers, “El corazón es un cazador solitario”. Para hablarnos sobre él contamos con la presencia de Karina Sainz Borgo, escritora y periodista cultural de Voz Pópuli, quien nos ofrece una magnífica exposición sobre el libro y la autora. Todas las integrantes del gabinete coincidimos en la brillantez de las explicaciones de Karina.
Karina Sainz Borgo nos sitúa en la vida de la autora y en el contexto histórico en el que se escribió la novela. “En la literatura americana del siglo XX hay un antes y un después de Carson McCullers”, afirma. Se trata de una autora sureña excepcional, en un territorio con una enorme tradición literaria. “El corazón es un cazador solitario” fue su primera novela, tan sólo tenía 20 años cuando empezó a escribirla. Aun así, resulta “de una apabullante calidad”. La autora supo mantener el tipo, e incluso mejorar su escritura, en cada libro que publicó. En este libro cuestiona el matrimonio, el ejército, la ideología, la religión. A pesar de su juventud, supo captar todos los matices y los plasmó con gran acierto. La publicó con 23 años, en un momento vital bastante complejo; se había trasladado de Georgia a Nueva York, inmersa en una relación sentimental con el hombre al que dedica la novela, Reeves McCullers, de quien tomó el apellido y con quien se casó en dos ocasiones.
La novela transcurre en el sur de Estados Unidos en 1930, en plena depresión, en un momento en que el sur experimenta el paso de la economía agrícola a la industrial. Es además una época turbulenta y compleja, de tensión racial, luchas sociales, etapa de entreguerras y de llegada al poder del fascismo en varios países de Europa. Todo ese ambiente hierve en la novela, cargada de la “electricidad de lo que va a ser de Estados Unidos en décadas posteriores”.
Nacida en una familia de clase media, el padre de Carson era joyero y su abuelo fue dueño de una plantación. La autora siempre tuvo una especial atracción por los seres periféricos, los situados al margen de la “normalidad”, los homosexuales, los locos, los marginados, los inadaptados, los enfermos. En sus obras “dignificó lo individual, en especial a los perdedores”, aprecia Karina. “Yo tengo más que decir que Hemingway, y Dios sabe que lo he dicho mejor que Faulkner”, llegó a decir. Autora de cinco grandes novelas, todas de enorme calidad, fue siempre una mujer muy segura con respecto a lo que escribía, alcanzando gran éxito y reconocimiento desde el inicio de su carrera. “No me gustaría vivir si no pudiera escribir. La escritura no es solo mi modo de ganarme la vida; es como me gano mi alma”, dijo.
El escritor Rodrigo Fresán, gran admirador de la autora a la que define como “un personaje del primer Tim Burton, ingenuo y a la vez oscuro”, opina que “El corazón es un cazador solitario” es una novela sobre el amor. La propia autora la definió como la historia de cinco personas aisladas y solitarias, que tienen el deseo de integrarse en algo espiritualmente más grande que ellos. En un principio la novela se iba a titular “El mudo”, pero el editor le aconsejó el título que adoptó finalmente, sacado de un poema. No pudo ser más acertado.
El protagonismo se reparte entre cinco personajes principales, con varios secundarios que gravitan alrededor de estos, aunque en el gabinete coincidimos que tal vez la tratada con más cariño y cercanía es Mick, quien produce mucha ternura en el lector, ya que está tratada por la autora con verdadera compasión. Lo que prima en todos ellos es el deseo de comunicarse. La narración se centra en los conflictos de cuatro conocidos de Singer: Mick Kelly, una niña con aspiraciones artísticas, que ama la música, ambiciona aprender a tocar el piano y lucha con todas sus fuerzas contra un entorno inflexible; resulta conmovedor el afán de Mick por aprender, su deseo de trascender a través del arte, de escapar de su triste realidad. Su tragedia no procede de sí misma sino de una sociedad que le roba su libertad y sus energías. Mick terminará atrapada en la trampa del trabajo asalariado, para ayudar a la familia tiene que renunciar a todos sus sueños. Es un personaje que en algunos aspectos remite a la propia autora. Jake Blount, un obrero alcohólico, errante, marxista y en constante conflicto. El doctor Benedict Copeland, el único que tiene estudios universitarios, es un médico negro que lucha por los derechos y la igualdad racial, en un contexto de falta de justicia y amarga desigualdad. Es un hombre culto pero infeliz, el ambiente se lo come. Se encuentra totalmente insatisfecho con sus hijos. El doctor apuesta toda su vida por ser paciente y enarbolar la paz pero al final de sus días siente que se ha equivocado, que hay que combatir la astucia con la astucia, la fuerza con la fuerza. La solución vendrá reuniendo multitudes e instándolas a manifestarse; esta propuesta del doctor Copeland de organizar una marcha y pasar a la acción directa se adelanta varios años a Luther King y Malcom X. Biff Brannon, el observador dueño del café New York, es el que menos habla y ve de manera más objetiva a Singer, precisamente porque él está acostumbrado a escuchar y a observar en su local, de alguna forma es áspero y se muestra incapaz de sentir empatía. Entre los personajes hay que destacar que las mujeres tienen gran empuje y fuerza. Es el caso de Mick y de Portia, la hija del doctor Copeland, joven muy trabajadora, siempre preocupada por su familia y mediadora entre su padre y sus hermanos.
Singer, el hombre sordo y mudo, es el personaje al que acuden los otros cuatro. La autora usa el recurso de las cartas que escribe a su añorado Antonapoulos, para que el mudo “hable” sobre los otros cuatro personajes; él no les entiende la mayoría de las veces, sólo ve gente deseosa de hablar y desahogarse. Ellos por su parte consideran a Singer un ser “superior”; a causa de su sordera y su mudez, resulta cautivador para depositar en él los sentimientos más personales e íntimos. “El corazón es un cazador solitario” es una novela sobre la idealización. Por un lado los cuatro personajes inventan un compañero que les entiende y que se interesa de verdad por todo lo que le cuentan. Los personajes atribuyen al mudo toda una serie de cualidades que ellos querrían que tuviese. Le habían convertido en una especie de dios casero. A su vez Singer idealiza al griego Antonapoulos, que en realidad sufre de desorden mental y no es capaz de apreciar el amor y los esfuerzos que el otro le dedica.
Como refugio para la soledad y la incomunicación, los personajes habitan su mundo interior, aquellos lugares donde se refugian. Mick lo hace en su caja de tesoros y en sus cuadernos de melodías, necesita del “aislamiento intelectual” del que habló la propia autora en algún escrito. El dueño del bar se refugia en su colección de periódicos y en su puesto de observador detrás de la barra. Singer, el mudo, se cobija en sus recuerdos del griego y las cartas que le escribe pero nunca echa al correo. Blount, el revolucionario, en el alcohol. El refugio del doctor son la ciencia y la razón.
El narrador es omnisciente, muy pegado a los personajes. McCullers describe con imágenes muy precisas, es dueña de una prosa “magra y muy limpia” y de una enorme capacidad para crear imágenes. Es el caso de la descripción del camino que recorren Mick y su amigo Harry durante la excursión que hacen hasta la laguna o el preciosista retrato del griego Antonapoulos en una de visitas que le hace Singer, llevaba una bata escarlata, pijama de seda verde y un anillo de turquesa. Su cutis tenía un color amarillo pálido, y en sus oscuros ojos una expresión soñadora. El negro cabello ligeramente ribeteado de plata en las sienes. Estaba haciendo punto. Sus gordezuelos dedos trabajaban con las largas agujas de marfil muy lentamente. Maravilloso. Curiosamente, la autora adoraba a Proust, a pesar de ser sus estilos tan diferentes.
Uno de sus grandes logros es narrar con gran economía de palabras sucesos tremendos. Un ejemplo son los últimos instantes de Singer, es magistral cómo llega a contar tanto con tan poco. Hay momentos en que crea imágenes cercanas a lo cinematográfico. Es el caso del disparo a la pequeña aspirante a niña prodigio, Baby, como apreció una de las compañeras de gabinete.
La música, fundamental para la autora, tiene gran importancia en el libro, como nos explica Karina, añadiendo que la novela se estructura como “una fuga en cuatro movimientos”, con cuatro tramas entrecruzadas, “mediante la estructura de fuga se entretejen las tramas en una estructura musical”. Las estaciones y las horas del día tienen mucha importancia en la novela. A su vez, la naturaleza marca los tiempos. La enfermedad tuvo una importante presencia en la vida de Carson McCullers, y también tiene su presencia en el libro. Ser enfermo supone al mismo tiempo ser periférico. Blound, el agitador marxista se encuentra en la periferia debido a su alcoholismo; el doctor Copeland está en la periferia por ser negro. Mick es periférica como mujer, pobre y diferente.
Karina, vestida de sport, chaqueta y vaquero, luce zapatos de charol con vertiginoso tacón y plataforma, media melena planchada con precisas mechas rubias. Lleva una pequeña alianza de brillantes, con un gran anillo dorado por encima. Completa sus cuidadas manos con una perfecta manicura de uñas cortas pintadas de rojo. Mujer con nervio, habla con cierto atropello, que no le impide pronunciar perfectamente todas y cada una de las palabras y modular con musicalidad las frases. Estoy sentada a su lado durante la sesión y tengo una perfecta perspectiva de su cuaderno, lleno de breves anotaciones. En un círculo con flechas y subrayados rosas, Karina relaciona a los protagonistas y los personajes secundarios, y yo me quedo con ganas de hacer una foto al esquema. Completa la magnífica sesión con anécdotas relacionadas con la vida de la autora. Nos recuerda que Carson McCullers formó parte del grupo de “bohemios” de la 'February House', un experimento de vida comunitaria en el que la autora participó junto a escritores entonces jóvenes pero ya bastante reconocidos como W. H. Auden o Jane y Paul Bowles, además del compositor Benjamin Britten. Se reunieron en el número 7 de Middagh Street en Brooklyn durante 1940 y 1941. Para Carson fue una etapa de gran intensidad creativa y supuso el germen de dos de sus novelas “Frankie y la boda” y “La balada del café triste”. También hubo espacio para recordar el memorable encuentro con Isak Dinesen, Marilyn Monroe y Arthur Miller en su casa, o las adaptaciones al cine de varias novelas de la autora como la propia “El corazón es un cazador solitario” o “Reflejos en un ojo dorado”, dirigida por John Huston y protagonizada por Elizabeth Taylor y Marlon Brando, que a finales de los 80 supuso para mí la puerta de acceso a la literatura de McCullers.
Un vibrante gabinete de lectura, dedicado a un libro poderoso y oscuro, que no deja respiro al lector, que le golpea y escarba en lo más hondo. Un libro intenso, como el perfume de las flores marchitas.

Presentación de “Las órdenes” de Pilar Adón, el deseo de escapar del refugio


En la mañana del sábado 14 de abril nos hemos reunido un grupo de lectores de la poesía de Pilar Adón para acompañarla en la presentación de “Las órdenes”, su nuevo libro de poemas. La cita ha tenido lugar en La semillera, una preciosa librería-hogar, como dice su editora Elena Medel.
Elena y Pilar han mantenido la “tradición” de presentar el libro a través de un diálogo entre ambas sobre esos poemas “valientes”, como los define la editora. “Las órdenes” es el tercer poemario que Pilar publica en La Bella Varsovia, tras “La hija del cazador” y “Mente animal”.
En palabras de Elena, la escritura de Pilar “se asemeja a una colmena, con celdas que van llenándose de historias y pequeñas conversaciones y diálogos que van forjándose entre sus libros”. La editora considera que “Las órdenes” es “el mejor libro de Pilar”, teniendo en cuenta que la poesía es el eje fundamental de su escritura. Si bien, los anteriores poemarios de Pilar están relacionados entre sí y también con la novela “Las efímeras” y “La vida sumergida”, su último libro de relatos, en “Las órdenes” hay intenciones que no estaban en sus otros libros.  Elena cree que con este poemario la autora “ha abierto una línea nueva”.
Pilar Adón se muestra de acuerdo con la opinión de su editora. “Ha habido un cambio”, reconoce, aunque no ha sido fruto de una intención previa a la hora de escribir. “Lo hice obedeciendo a la experiencia y la evolución”. De nuevo se repiten algunos de sus temas recurrentes, como el miedo, la dependencia o la naturaleza. Pero “la búsqueda consciente de la verdad” que ha acometido en este libro ha desembocado en “el texto más desnudo que he escrito en mi vida” con una desnudez que, en palabras de la autora, “roza la pornografía”. Pilar reconoce que es un poemario “sin ningún artificio” que la ha llevado a quedar “demasiado expuesta, he puesto toda la carne en el asador”. Sobre “Las órdenes”, que ya va por su segunda edición a pesar de su reciente salida al mercado, ya se ha dicho que es el mejor libro de Pilar Adón, incluyendo su trabajo en prosa. Ella se muestra satisfecha con el resultado pero al mismo tiempo avanza que no va a volver a exponerse de tal manera.
A la pregunta de Elena Medel en relación al título del poemario, Pilar explica que tiene que ver con “un miedo concreto, específico, muy centrado en mi experiencia con la familia”. El título remite a las órdenes familiares, “de las que quieres huir pero no puedes, estás anclado de por vida a esa unión, a ese anclaje emocional, que crea dependencia”. También remite, según explica Pilar, al “orden jerárquico en las familias”, en el que se encuentran “los padres en la cima, luego el hermano y luego la mujer, en un orden piramidal”. Estas relaciones se basan en el “esto es lo que hay”, lo que genera “una rebeldía callada”. Esa rebeldía es la que “te hace perseverar para poder salir, para quitar esos obstáculos”. Esas luchas “son las que nos han hecho más fuertes pero al mismo tiempo generan una sensación de culpabilidad por no ser la hija perfecta”.
Uno de los temas que se repiten en el nuevo poemario de Pilar es la percepción de que en el lugar “donde crees que estás seguro, en realidad no lo estás”. Así, la familia y el hogar son entendidos como algo contrario al refugio. Hay además una reflexión sobre los cuidados.
Pilar explica que las relaciones de cuidado y dependencia son “el gran tema” del poemario, “junto con el miedo y el deseo de huir”. Ese querer y no querer estar “es paradójico y difícil de explicar”. Recuerda que el escritor “es el gran ausente, debido al afán por estar en nuestra realidad”. La autora recuerda que decidió desde muy joven no ser madre pero aun así siempre hay alguien a quien cuidar. El hogar como lugar acogedor “es contradictorio porque a la vez es un lugar del que queremos salir pero del que al final no podemos escapar”. El amor a la familia se ve a la vez como “doloroso”.
Como novedad en este poemario está presente una honda reflexión por la preocupación sobre el lenguaje y la manera de nombrar. “No sé muy bien por dónde voy a tirar ahora”, reconoce Pilar. “Actualmente me veo obsesionada por encontrar las palabras justas, por la depuración del lenguaje”. En esta obsesión por encontrar el significado de las palabras se corre el peligro que la literatura “deje de ser creación e imaginación” y pase a convertirse “en un proceso de cincelado y escultura”. Un proceso que a Pilar le da la impresión de que puede ser “peligroso”, concluye.
EL AMOR EN BRUTO no sirve.
Hay que dosificarlo.
Saber domarlo y repartirlo
hasta que se extinga.




Apple Scruffs... How I love you. George Harrison y las andrajosas de Apple


Una maravillosa historia relacionada con George Harrison y The Beatles es la de las “Apple Scruffs”, un grupo de seguidoras al que dedicó una de las canciones de su triple álbum “All Things Must Pass”, publicado en 1970 y el primero en solitario de un Beatle tras la disolución de la banda. Cuando compré el disco hace unos años, este tema me gustó especialmente y yo lo asocié, con muy poco tino, con un dulce de manzana. Nada más lejos de la realidad. La canción, con referencias dylanianas y protagonismo de la armónica, está dedicada a las Apple Scruffs, un grupo de admiradoras de los Beatles. Se trataba de fans, casi todas chicas, que solían esperarlos y seguirlos a donde quiera que iban. Se las ha definido como “legendarias” y “dulcemente originales” y lo cierto es que las Apple Scruffs dan para mucho.
Cuando salió “All Things Must Pass”, George ya tenía dos discos en solitario, el “Wonderwall Music” de 1968, banda sonora de la película del mismo nombre y el primero en solitario de un miembro de la banda, y el “Electronic Sound” de 1969, un trabajo experimental integrado por dos canciones de larga duración improvisadas con un sintetizador Moog. Es sabido el enorme éxito que consiguió George con “All Things Must Pass”, un álbum carísimo, producido por Phil Spector, y sobre el que había enorme expectación. Algunas de las canciones habían sido compuestas con anterioridad y descartadas por Lennon y McCartney para ser incluidas en un disco de la banda. Es de imaginar la presión que sentía el músico, tras atravesar además el infierno que fueron los últimos días de The Beatles. Con esta canción quiso agradecer a las chicas su apoyo incondicional, sus ánimos y sus buenos deseos.
Sobre quién las dio ese nombre hay diferentes teorías. Hay quien dice que fue el propio George Harrison. Otros afirman que fue Margo, una de las chicas que más tiempo llevaba en el grupo. En cualquier caso, las “andrajosas de Apple” merodeaban e incluso en ocasiones dormían en el exterior de los estudios Abbey Road o del número 3 de Savile Row, la dirección de la sede de Apple en Londres, con la esperanza de ver o hablar con sus ídolos. Es sabido que en aquellos días las cosas eran muy complicadas para el grupo en el estudio, donde había una atmósfera muy cargada y negativa, llena de tensión y de distancia entre ellos. Se ha llegado a afirmar que estas chicas fueron como una especie de bálsamo para los Beatles durante sus días más complicados, cuando eran las cuatro personas más famosas del planeta pero el sueño estaba próximo a acabarse, “the dream is over”.
Los Beatles tuvieron una relación amigable con el grupo de admiradoras, aunque también hubo momentos cargados de tensión. El corazón de casi todas las chicas pertenecía a Paul, “The One”, como le llamaban, a otras les gustaba George, y sólo había una fan de Lennon, Sue-John, a la que llamaban así para distinguirla de otras Sues del grupo. John era, de los cuatro, el más brusco con ellas, según se cuenta. Incluso a dos de las Apple Scruffs, Lizzie Bravo y Gayleen Pease, que estaban apostadas en ese momento en la puerta de los estudios Abbey Road, les invitaron a cantar durante la grabación de “Across the Universe”, la canción de John Lennon incluida en el álbum “Let it be” de 1970, el último de la banda. Aunque ninguna de las versiones que incluyen las voces de estas admiradoras fue incluida en un disco de los Beatles, sí aparecen en la versión utilizada en un álbum solidario “No One’s Gonna Change Our World”, lanzado en el Reino Unido en diciembre de 1969 en beneficio de la organización World Wildlife Fund, y más tarde en el recopilatorio “Past Masters, Volume Two”.
Margo, Sue John, Chris, Di, Kathy, Virginia, Dani, Wendy, Jill, Lucy, Carol… Estos son los nombres de algunas de las integrantes de las Apple Scruffs. Tommy, de Brooklyn, fue el único chico que permitieron formar parte del grupo, aunque más tarde también admitieron a un tal  Jimmy. La vida de las chicas giraba en torno a The Beatles, siguiendo una estricta rutina. Cada día se reunían en Savile Row, cogían el metro o el autobús hasta los estudios de Abbey Road, averiguaban el programa de la banda y se ponían en marcha. Cuando ellos llegaban, las chicas se congregaban en la puerta, esperando a que ellos se detuvieran para saludarlos, fotografiarlos y entregarles flores, aguantando el frío y la lluvia. En ocasiones incluso pasaban la noche en la puerta. Incluso se dice que cuando en alguna ocasión las invitaron a entrar, preferían quedarse fuera, viviendo su experiencia en el mundo que ellas se habían creado. Se convirtieron en un grupo organizado e incluso durante un tiempo sacaronr su propia revista, “The Apple Scruffs Monthly Book”. El jefe de prensa de The Beatles, Derek Taylor, llegó a mostrarse estupefacto por la eficacia de las chicas, que muchas veces “sabían mejor sobre dónde estaban los chicos que nosotros mismos”.
Una de las anécdotas más sonadas protagonizadas por las Apple Scruffs sucedió cuando accedieron al interior de la casa de Paul McCartney. Tras rebuscar en su armario cogieron unos pantalones, que según se cuenta usaban por turnos, e incluso se llevaron algunas fotos. Diane Ashley, una de las Apple Scruffs, contaba que un día que estaban “aburridas” se acercaron a casa de Paul, vieron una escalera en su jardín y se colaron  a través de la ventana del baño, que se había dejado un poco abierta. Abrió la puerta principal por donde entraron las demás; robaron una serie de fotografías. Otra chica del grupo, Margo, quien en ocasiones sacaba a pasear al perro de McCartney, contaba que les pidieron que devolvieran las fotografías. Se dice que supo que habían sido ellas porque “un verdadero ladrón se habría llevado cosas de más valor”. Este episodio apareció en la canción “She Came In Through the Bathroom Window”, compuesta por McCartney para el álbum Abbey Road en 1969.
Y es que numerosas admiradoras llegaban hasta las casas de los Beatles. En los tiempos de la Beatlemania se conocía perfectamente donde vivían cada uno de los miembros del grupo. Como el apartamento de Ringo Starr en Montagu Square; la mansión de Lennon en Kenwood, Surrey; la casa de McCartney en St. John’s Wood, donde se colaron las Apple Scruffs; o Kinfauns, el lujoso bungalow construido en los años 50, donde vivían George Harrison y su entonces esposa Pattie Boyd, en Esher, Surrey. En 1967 George, Pattie y algunos amigos pintaron la fachada de la casa con motivos psicodélicos. Por su parte el colectivo artístico The Fool, diseñó un mural grandioso alrededor de la chimenea del salón. The Fool fueron también quienes decoraron los famosos Mercedes y Mini Cooper de John y George. Por entonces las casas de la banda no estaban apenas protegidas y así se pueden encontrar en la red numerosas fotos de George y Pattie con fans que llegaban hasta la puerta de entrada de Kinfauns.
A pesar de que a George le incomodaba el fanatismo que mostraban muchos de sus admiradores, que les dedicara una canción a las Scruffs es propio del carácter de George. Aquella fue para él una época complicada. Su grupo se estaba rompiendo, su amistad con sus amigos de adolescencia se resquebrajaba y pasaba por diferentes problemas personales, además de la inseguridad que sin duda le había causado el rechazo de muchas de sus canciones por parte de Paul y John y el futuro incierto que esperaba a su carrera en solitario. El apoyo incondicional de estas seguidoras fue sin duda fundamental para él. A algunas de ellas incluso les invitó al estudio para escuchar grabaciones del “All things must pass”. Al terminar el álbum Harrison escribió esta nota a tres de las chicas:
Queridas Carol, Cathy y Lucy. Ahora está terminado – y a punto de salir a la venta. He de deciros que no tengo ni idea de si es bueno o malo, de tanto como lo he escuchado. Durante la grabación de este álbum épico (el álbum más caro en la historia de EMI) me he sentido positivo y negativo, complacido y enojado, y todos los opuestos que se esperan de este mundo material. Sin embargo, lo único que nunca vaciló, en mi opinión, fuisteis vosotras tres y Mal [se refiere a Mal Evans], siempre ahí, como mis únicos apoyos, e incluso en mis peores momentos siempre he sentido que vuestro estímulo era suficiente para lograr terminar el disco. Muchas gracias, estoy abrumado por vuestro eterno amor, ¡que no comprendo en absoluto! Con amor, de George (PD: No conserven estas pruebas en mi contra.) PPS ¡Phil Spector también os quiere!
George grabó la canción cuando ya estaba mezclando el disco. Al parecer el músico dijo que si ya tenían su propia revista y su oficina en los escalones de los estudios, por qué no iban a tener su canción. Lo hizo en solitario, tocando la guitarra y la armónica, que por cierto le dio muchos problemas debido al frondoso bigote que lucía entonces. Mal Evans, roadie y asistente de The Beatles y amigo entrañable de George, hizo la percusión con un bloque de madera.
Os veo ahí sentadas /mirando los transeúntes fijamente/como si no tuvierais ningún lugar a donde ir /Pero hay tantas cosas que no saben acerca de los Apple Scruffs /Durante años habéis estado ahí /mirando mis sonrisas y tocando mis lágrimas /ha sido así durante mucho tiempo/y siempre habéis estado en mi pensamiento, mis Apple Scruffs/Apple Scruffs, Apple Scruffs /Cómo os amo, cómo os amo/En la niebla y la lluvia /A través de los placeres y el dolor /en los escalones de afuera estáis /con flores en vuestras manos, mis Apple Scruffs /Mientras que los años vienen y van /Ahora, vuestro amor me muestra /Que más allá de todo tiempo y espacio /Estamos juntos cara a cara, mis Apple Scruffs /Apple Scruffs, Apple Scruffs /Cómo os amo, cómo os amo.
“Apple Scruffs” fue publicada como cara B del sencillo “What Is Life”, y consiguió un cierto éxito en las radios de los Estados Unidos.

Una deliciosa historia para una deliciosa canción.

Un tipo arrojó un pato de plástico a un escenario...



Igual que el aleteo de una mariposa provoca un huracán a miles de kilómetros de distancia, un tipo que lanza un pato de plástico al escenario de un concierto desencadena un aluvión de creatividades. Sin ser consciente de ello, aquel espectador me dio la clave para un nuevo relato rock, “Un pato de plástico”, que plantea un dilema personal “sobre si volver sobre nuestros pasos...o no” (Screamin' J). Porque como cantaba Eskorbuto El pasado ha pasado y por el nada hay que hacer; el presente es un fracaso y el futuro no se ve.
El relato parte de una historia ficticia, aunque alguno entreverá cosas familiares, guiño, guiño..., vertebrada entre dos conciertos punks en los primeros ochenta y en la actualidad (José Luis Salcines), y revive un concierto del 83 en el Rock-Ola. Cejas pintadas, camisetas de leopardo y otros recuerdos, dulces y amargos (Ángel Alda). En mi historia se habla de es@s madurit@s que vivieron los primeros 80 en Madrid con crestas y chupas de cuero petadas de tachuelas. En un cocktail “ultratemporal” donde se combinan patitos de goma con pogos y efectos secundarios de la movida madrileña (Marino Masazucra).
Ha tenido un efecto catalizador en muchos lectores, que se han visto identificados con la historia. Hablas de un caso en el que, por edad me siento un poco reflejado. También me he reencontrado con viejos amores por las redes sociales. También he visto que mis grupos favoritos, no han dejado un joven y bonito cadáver (WinslowLeach). Incluso el relato remite a algún concierto muy cercano en el tiempo Me ha encantado, me ha recordado mucho a mi revival de Rezillos hace un par de semanas (aunque sin antecedente Rock-Ola). Fiel a tu estilo. Me vestí con las mismas sensaciones, y al llegar al Gruta77 me sentí aliviado al ver un montón de puretas como yo. Dentro fue todo igual, con locura del respetable incluida, estuvimos a punto de vernos en medio de varias peleas y había un zumbado con el pelo a dos colores que parecía poseído por el demonio, eso sí, no tiró patos de goma (Stewart).
Es una sensación maravillosa cuando se consigue llegar a los lectores No sé cómo lo haces pero siempre me veo reflejado en los personajes que escribes (Black Murcia), a través de una de esas Historias de una Historia no oficial. No la verás en la tele, pero es nuestra (Mariano Pinós). “Un pato de plástico” compone uno de mis relatos rock habituales, bien cargado de descripciones y sensaciones Cierras los ojos y ¡¡lo ves!! Me encanta cuando la lectura te hace revivir con todos los sentidos (Belén Almonacid).
He pasado dos meses compartiendo deliciosos momentos con Coco, Roque y la banda, buscando historias del Rock-Ola, documentándome sobre aquellos lejanos ochenta, viviendo en el año 1983. Envuelta en el perfume de Coco, imaginaba su ilusión adolescente al escapar de su rígida familia para vivir el concierto aquella lejana noche de primavera. He disfrutado recreando la excitación de la banda adolescente al conseguir tocar en el local más conocido en el Madrid de aquella época.
Y, sin ser al principio muy consciente de ello, fui reflejando las imágenes que tenía en la cabeza sobre un cartón, armada de papel, tijeras, rotuladores, pinturas y pegamento. Logré componer un collage que sirvió de fondo para una ilustración de Marino, de nuevo imprescindible. Una vez más Conx lo ha vuelto a hacer y yo, que me declaro fan de sus historias, su pasión y su curiosidad, no he podido evitar seguirla... que sean cientos y cada una de ellas, mejor. (Marino Masazucra). Una ilustración con tintes punks muy identificables.
El #sorteopato del collage y la ilustración en redes sociales ha ayudado a dar a conocer el cuento. A mi me ha tocado, aunque no me toque (Jesús Herrera Flores). El generador aleatorio de números dio dos ganadoras, Valeria y Elena, que se llevan el resultado gráfico de una historia loca, hecha con muchas ganas. Gracias lectores y gracias a José Luis por la ayuda y la inspiración.

Recetas para días de fiesta. Semana Santa 2018



Aprovechando que vienen días de fiesta, que tenemos vacaciones y podemos dedicar tiempo a cocinar con tranquilidad, he pensado un menú fácil de preparar, delicioso y un poco distinto a lo que solemos hacer habitualmente.
A partir de la salsa de una receta italiana, el vitello tonnato, se me ha ocurrido preparar unos huevos rellenos y unos rollitos de pan de molde recubiertos de salmón. De segundo, unos solomillos de cerdo con boniato y pera, y de postre la tarta de galleta maría con chocolate. Vamos allá.
El vitello tonnato es una receta italiana que he descubierto gracias a un catering que tenemos en el trabajo. La pedí por curiosidad y he de reconocer que es un plato delicioso. Consiste en finos filetes de redondo de ternera bañados por una salsa riquísima que lleva atún y anchoas. Cierto, mezclar carne y pescado parece a priori extraño. Pero el resultado es sorprendente. Aún no la ha cocinado en casa pero sí he preparado la salsa para “tunear” un par de recetas. La salsa original lleva caldo de cocer el redondo, pero como no la hemos preparado con carne, la convertiremos en una crema un poco diferente.
Empezamos con los huevos rellenos. Cocemos los huevos que vayamos a preparar, los abrimos por la mitad y sacamos las yemas. Las usaremos para el relleno de vitello tonnato. Las metemos en la batidora, junto con el zumo de un limón, una lata de atún en aceite de oliva, un puñadito de alcaparras y unas anchoas, cuidado con poner demasiadas o la salsa quedara salada y con sabor muy fuerte. Si la hubiéramos preparado con el caldo de carne, debería quedar sueltecita, pero como va para relleno de los huevos, mejor dejarla espesa, más crema que salsa. Se puede decorar con huevo rallado, alcaparras o aceitunas picadas, pimiento morrón, ensalada… Eso sí, desde la página de El Comidista, donde publican un artículo sobre la receta, avisan que ni se nos ocurra usar mahonesa para esta salsa.
La segunda opción como primer plato son unos rollitos de pan de molde, para los que vamos a utilizar también la crema del vitello tonnato. Hay que coger rodajas de pan de molde blanco sin corteza y aplastarlas con un rodillo hasta dejarlas muy finas. Por otro lado, preparamos el relleno con un picado de palitos de cangrejo o atún, mezcla de lechugas (brotes, rúcula, escarola, canónigos, lo que os guste), más alcaparras o pepinillos. Añadir el picado a la crema de vitello tonnato y cubrir el pan de molde con la mezcla y unas rajas de salmón ahumado. Aquí se me presenta el dilema de poner el salmón dentro o por fuera del pan. Aviso que es más fácil prepararlo si se mete por dentro pero queda más bonito si va por fuera. En cualquier caso, hay que enrollar el pan apretando todo lo posible hasta hacer un rulo. Cubrirlo con papel film y meter en la nevera durante una hora para que se compacte y nos permita cortarlo con más facilidad. Finalmente cortar en rodajas. Y a disfrutarlo.             
Como segundo plato tenemos unos solomillos de cerdo con boniato y pera. El boniato y la pera forman una combinación riquísima para hacer puré. La crema de boniato y pera la preparo añadiendo un puerro y una patata a los dos ingredientes, sólo hay que salpimentar la verdura y freírla cortada en trozos grandes, añadirle agua al gusto, cocerlo y pasarlo por la batidora. Salpimentar al gusto. Queda una crema fina y con un suave toque dulce absolutamente delicioso.
Pero en esta ocasión vamos a preparar solomillo de cerdo con boniato y pera. La de cerdo es una carne que da mucho juego. Se puede preparar entera, en medallones, troceada, fileteada y casa bien con todo lo que se nos ocurra, mostaza, oporto, cerveza rubia o negra, verduras, en fin, una maravilla. Nada más fácil. En este caso lo he preparado en forma de medallones. Salpimentarlos y darles una vuelta en la cazuela con un chorrito de aceite de oliva y puerro cortado en trozos. Añadir rodajas de boniato de grosor medio y un par de peras cortadas en gajos. Cocino esta receta en una cacerola baja. Una vez añadido el boniato y la pera, bajo el fuego y coloco una tapa con agujero, lo que le da una textura tierna, con mucho sabor. Sale deliciosa.
Y de postre prepararamos la deliciosa tarta de galleta maría con chocolate. Una visita al Café del Nuncio en La Latina me descubrió una tarta tan deliciosa como sencilla de hacer. De lo más sencilla y sin necesidad de horno, el resultado es absolutamente increíble. El Café del Nuncio, uno de los más antiguos de la ciudad y situado en pleno Madrid de los Austrias, fue adquirido por el grupo DeLuz, responsables entre otros locales de Celso y Manolo o la Taberna La Carmencita. Como es habitual en los establecimientos de este grupo, se nota un gran cuidado en la decoración, el ambiente y la carta. Inspirado en los cafés europeos de principios del siglo pasado, domina el color azul celeste en las paredes, el mobiliario de madera y un suelo de terrazo oscuro. El caso es que allí paramos de la mano unos buenos amigos, y para acompañar nuestros cafés probamos la tarta de zanahoria, deconstruída en una copa, y la tarta de chocolate. Tanto nos gustó que nos pusimos como reto prepararla en casa. He buscado varias recetas y recomiendo la que cociné porque la idea de añadir corteza de limón y canela le da al chocolate un toque maravilloso.
Los ingredientes necesarios son las galletas maría (yo compré galletas cuadradas para adaptarlas mejor al recipiente) que necesitéis para completar varios pisos, en mi caso hice cuatro; leche para fundir el chocolate; 250 gr. de chocolate para fundir, que se corresponde con dos tabletas aproximadamente. 50 gr. de mantequilla; la piel de un limón; una rama de canela o en su defecto canela molida; un toquecito de jengibre y coco rallado para la decoración final.
Para prepararla poner la leche a hervir en un cazo, junto con la corteza del limón, la canela y el toquecito de jengibre para aromatizar. Cuando esté hirviendo, añadir el chocolate troceado y bajar el fuego. Hay que ir removiendo, añadir la mantequilla y seguir mezclando bien los ingredientes. Se debe ir añadiendo la leche que pida la salsa de chocolate.
Empezamos a remojar galletas en un plato con leche y las vamos colocando en nuestro recipiente, formando una primera capa de galletas. Echar por encima la mezcla de chocolate, extendiéndola por todas las galletas. Repetir el proceso de mojar galletas en leche, colocar una nueva capa sobre las cubiertas de chocolate, volver a cubrir con la mezcla de chocolate y así sucesivamente hasta completar varios pisos de galletas. Cubrir la tarta con todo el chocolate que nos haya quedado cuando hayamos puesto todas las capas. En mi caso, la decoré con coco rallado que me había sobrado de hacer galletas en otra ocasión. Meter un rato a la nevera para que se endurezca el chocolate y así la tarta quede compacta. Riquísima y realmente fácil.

Vinos y aniversarios



As long as we're together
The rest can go to hell
I absolutely love you
But we're absolute beginners
With eyes completely open
But nervous all the same
Nuestros dulces 27 de marzo. 17 años de continua celebración.

“Toda la muerte para dormir” de Jorge Molinero. La valentía de escribir al héroe, Luali Mustafa


“Toda la muerte para dormir”, y toda la vida para luchar por la justicia. Así firmó Jorge Molinero Huguet nuestro ejemplar de su novela, durante la presentación en Madrid el pasado lunes 12 de marzo en la Librería Desnivel. Con este libro Jorge ha acometido una ingente tarea, contar en primera persona la vida del líder de la revolución saharaui, Luali Mustafa Sayed. Desde luego, no se puede negar la valentía de Jorge al elegir el tema para su primera novela publicada.
El libro recoge la fascinante, breve y vertiginosa vida de Luali, el líder saharaui que aglutinó a su pueblo con el propósito de conseguir la independencia del entonces Sahara Español, como había sucedido ya con el resto de colonias africanas. La única manera de desprenderse del colonialismo es a través de la lucha armada. La independencia se gana con la revolución y no hay revolución sin sangre. Luali Mustafa fue desde su infancia una persona llena de tenacidad y capacidad de superación. Niño beduino, tardó en ir a la escuela. A pesar de todo, se convirtió en un brillantísimo alumno de Derecho y Políticas en la Universidad de Rabat, estudiando con becas gracias a sus magníficas notas. Desde niño había prendido en él un arraigado sentimiento de pertenencia al pueblo saharaui, fruto de la constatación de la marginación que sufrían los suyos en Tan Tan, la localidad del sur de Marruecos pero de población mayoritariamente saharaui donde se había establecido su familia. Con el “reajuste” de las fronteras coloniales, Tan Tan había sido entregado a Marruecos por el gobierno franquista. El nacionalismo saharaui de Luali se vio avivado por las tertulias con los veteranos guerreros anticoloniales, los que habían sido auténticos héroes de guerra, luchando contra las incursiones francesas durante la primera mitad del siglo XX.
La novela abarca los 29 trepidantes años de vida de Luali Mustafa, narrando los hechos objetivos tal y como sucedieron, y novelando el resto de acontecimientos, pensamientos y sentimientos de un Luali que no dejó escritos personales, tan sólo discursos y entrevistas a diferentes medios de comunicación. Así se recogen su infancia vivida entre la badia donde nació y la localidad de Tan Tan. Su primera gira por Europa para dar conferencias, en plena efervescencia por las revueltas de mayo del 68. Me resultaba muy sencillo seducir a un público tan joven y progresista como acomodado. Sus estudios de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Mohamed V de Rabat, donde se produce un proceso de maduración personal y colectiva. Los acontecimientos de Zemla y la desaparición a manos del ejército español del primer líder saharaui, Basiri en junio de 1970. El enorme despropósito que fueron los últimos años de presencia española en el territorio, con la creación del PUNS (Partido de Unión Nacional Saharaui) a pesar de que en España no había libertad de partidos. El audaz viaje de Luali a Argelia y a Libia para presentar a sus presidentes un manifiesto sobre la independencia del Sáhara Occidental. La unión en 1973 de representantes de tribus, fracciones y familias en torno a una misma causa. La primera acción armada del ejército de liberación saharaui contra el ejército español. La elección de Luali como Secretario General del Frente Polisario en mayo de 1974 durante su Segundo Congreso. Las incursiones marroquíes de finales de 1975 con las que comienza el éxodo de gran parte de la población saharaui. El abandono español del territorio, la proclamación de la República Saharaui, los durísimos inicios de la guerra, una hoja con dos caras. Una vertiginosa sucesión de sonoras alegrías y silenciosas penas. La invasión de Marruecos por el norte y Mauritania por el sur. La preparación del ataque contra la capital mauritana, Nuakchot, liderado por el propio Luali, con el  que finaliza la novela. Todo lo demás Jorge confiesa haberlo “escuchado, imaginado e inventado”. El autor realiza una acertada mezcla entre realidad y ficción, como cuando narra el bombardeo de la aviación marroquí en Um Draiga contra población civil saharaui, “ciudadanos españoles, porque en aquellos momentos los saharauis eran ciudadanos españoles”, puntualizó Jorge.
El encargado de presentar al autor fue el investigador y escritor saharaui Bahia Mahmud Awah. Bahia destacó que se ha adentrado de una manera profunda en la historia del pueblo saharaui, atreviéndose a novelar la vida de Luali. “Una trasgresión muy valiente” con la que ha logrado con éxito su objetivo. “Nos ha invitado a los saharauis a que entremos en el género literario de la novela”, reflexionó Bahia, quien destacó que Juan Ignacio Robles, profesor de Antropología de la UAM, se ha referido a esta novela como “historia de vida, según uno de los principios de la Antropología para acotar la realidad de un sujeto”. “Toda la muerte para dormir” ha recibido también elogiosas palabras de otros escritores. Es el caso de Gonzalo Moure, que califica el libro de “necesario y útil; respetuoso y osado”. Jorge nos confirmó que el libro estará en los campamentos saharauis a través del Bubisher, la red de bibliobuses y bibliotecas para los refugiados. También celebra la novela el periodista e historiador Pablo Dalmases, quien firma el prólogo bajo un acertado título, “Los héroes también necesitan que se les escriba”, recordando la novela de García Márquez. Porque Luali es uno de los grandes revolucionarios del pasado siglo, un líder a la altura de figuras como Patricio Lumumba, Nelson Mandela, Amílcar Cabral, Oliver Tombo o Julius Nerere. Incluso a Luali se le ha llamado el “Che Guevara africano”, un líder que fue capaz de desmontar ideas arcaicas y proyectó la patria saharaui a partir de una elaboración conceptual precisa (...), preparación académica adecuada, un discurso político asentado y una gran dosis de entusiasmo, energía y motivación. Sin embargo, como suele suceder con todo lo relacionado con el Sahara Occidental, Luali es un gran desconocido fuera del ámbito prosaharaui. Es hora de resolverlo y sin duda el libro de Jorge va a contribuir a ello.
El autor sabe del pueblo saharaui desde niño, su padre hizo el servicio militar en el entonces Sahara Español. Comenzó a conocer en profundidad a este pueblo en 2003 gracias a su trabajo en los campamentos de refugiados y en los territorios liberados, en proyectos de prospección de agua. Fueron cuatro años de intensa relación con los saharauis, de horas de charla en torno al té y bajo las estrellas, lo que le permitió disfrutar de la tradición oral saharaui. En aquellas largas conversaciones Jorge atesoró decenas de historias sobre el líder de la revolución. Sentía que debía hacer algo con todo aquel legado que había recibido de los saharauis. Ya que la escritura es una de sus pasiones, ¿por qué no convertirlo en una novela? Jorge recuerda el momento exacto en que lo decidió; sucedió en Santiago de Chile, durante un viaje de trabajo. Así son los extraños caminos por los que transcurre la creación.
Una empresa arriesgada y compleja para un escritor primerizo, nada menos que novelar la vida de una figura de tal envergadura para los saharauis. Jorge reconoce que no estaba satisfecho con el resultado de los primeros escritos, no acababa de encontrar la voz. En realidad, el miedo paralizaba la escritura. La solución llegó cuando decidió no nombrar a Luali, y con la decisión de cambiar los nombres de los compañeros de lucha del líder saharaui, “los buenos”, y mantener el nombre de “los malos”, Hassan II, el entonces Príncipe Juan Carlos, o el gran traidor saharaui, Jalihena Uld Rachid, quien fuera líder del PUNS, desempeñando después diferentes cargos con las autoridades de ocupación. Porque en esta historia sí hay claramente “buenos y malos”, “agresores y agredidos”. A partir de ese momento la escritura fluyó.  
A la pregunta de Bahia sobre cómo se adentró en los aspectos más íntimos de la vida de Luali, el autor explicó que “esos son los momentos de mayor ficción, dónde me sentí más libre y donde mejor me lo he pasado”. Esa parte es la puramente literaria, no tiene tanto que ver con el aspecto histórico. Jorge Molinero destapa en “Toda la muerte para dormir” una poderosa voz literaria con la que ha conseguido un libro épico y vibrante, con pasajes llenos de lirismo. También muestra una contención muy saharaui al narrar el dolor al que se vieron abocados a causa de la invasión, “la mayor injusticia a nivel internacional que aún se vive en la actualidad”. Jorge ha logrado dibujar un Luali tremendamente vivo, probablemente muy cercano a como fue en la realidad, metiéndose en la piel y en los huesos de aquel joven revolucionario que se convirtió en el primer presidente de la República Saharaui. El autor refleja de manera creíble todas las dudas e inseguridades que jamás se permitió mostrar Luali, tras cargar sobre sus espaldas una titánica tarea, para la que no había marcha atrás. El mundo entero nos estaba mirando (...) Todas las esperanzas del milenario pueblo saharaui estaban depositadas en nosotros.
Una de sus mayores preocupaciones del autor fue alejarse de ese paternalismo y orientalismo con el que muchas veces los occidentales miramos al pueblo saharaui. Sin duda Jorge lo ha conseguido. Como nos confesó, sigue escribiendo, “por ego, por miedo a la muerte, por deseo de trascender…”, y de momento el Sahara Occidental vuelve a ser su inspiración. Visto el resultado de esta notable primera novela, esperamos con ganas sus próximos trabajos.


“Toda la muerte para dormir” de Jorge Molinero Huguet. Ediciones Carena. Barcelona, febrero 2018. 212 páginas. ISBN: 978-84-16843-99-2 

Un pato de plástico



¿Un pato de plástico? Lo que estaba sobrevolando por encima de su cabeza era ¡un pato de plástico! Casi treinta años sin pisar un concierto punk y regresaba por la puerta grande. Un tipo con una enorme cresta, como aquellos que se veían en las calles de Madrid en su juventud, estaba arrojando objetos al escenario. No podía creer lo que estaba viendo.
Viernes, el último y agotador día de la semana laboral. Estaba empleada como funcionaria para la administración en un trabajo que le permitía vivir con desahogo. Recordaba la insistencia de su padre en que consiguiera un empleo fijo. Siempre había tenido miedo al futuro que le esperaba a su hija rara, su hija loca, su hija descarriada, la que no sabía desenvolverse en la vida. A pesar de tan negras previsiones, no le había ido mal. Trabajaba y sobrevivía. Sabía cuidar de sí misma. Por el camino se desprendió de lastres. También perdió parte de su esencia y sufrió abandonos. Al fin y al cabo eso era la vida. Supo lo que era amar con locura pero ya se había curado. Una vez fue la esposa de alguien. Había tenido novios. Había tenido una novia. Vivía con un gato.
Sentada en su butaca de la sala, ya enfundada en un pijama de conejitos y una mullida bata de color cereza, se disponía a continuar la lectura de “Te potaría encima”, un libro que había comprado por Internet. Contaba con gracia las peripecias de una banda punk olvidada, un grupo de jovencitos impredecibles y caóticos, abocados al desastre. El tipo de personas que la atraían de manera irremediable, la clase de personas que ellos fueron un día. Pero no podía concentrarse. El concierto de aquella noche y el libro le conducían a su juventud, tan musical, presente de nuevo en su vida tras recuperar el contacto en las redes sociales con varios amigos de adolescencia. La lectura le estaba removiendo recuerdos de los tiempos en que ardieron en Madrid.
En la calle la temperatura seguía bajando pero la casa estaba caldeada. Confort, confianza, seguridad, eso era a lo que aspiraba desde que cumplió los cincuenta, después de una juventud alocada y llena de angustias. Renegaba de aquel pasado suyo, tan agitado. Y sin embargo… No podía negar lo inevitable, como las cabras, siempre acababa tirando al monte. El libro se lo había recomendado Roque, un antiguo amor con el que se había reencontrado en una red social. Roque mantenía un modo de vida que su padre habría calificado, en el mejor de los casos, de desordenado. Se había marchado a Barcelona a principios de los 90, cuando ella aprobó la oposición. Roque había vivido desde entonces en habitaciones compartidas, en alguna casa okupada, llegó a alquilar un piso en el Raval en sus épocas más boyantes. Reconvertido en artesano, había vendido sus trabajos en puestos callejeros, en mercadillos de playa, en tiendas, e incluso por Internet. La crisis le había golpeado de lleno y él se encontró demasiado mayor para reaccionar. Ya sólo se limitaba a sobrevivir en una ciudad que con los años le mostraba una cara cada vez menos amable. Desde que retomaron el contacto Roque le pasaba puntual información a través de la red sobre lecturas, artículos, discos y exposiciones relacionados con esa especie de renacimiento que estaba viviendo el punk, aquellas cuatro letras que le fascinaron con catorce años y que pusieron su mundo infantil patas arriba.
Roque estaba empeñado en que acudiera a aquel concierto. “Por nuestros viejos buenos tiempos” (Llenos de momentos horribles); “Revive aquellos días en que nos comíamos Madrid” (Los devorados fuimos nosotros). Se encontró etiquetada en la red social a un evento que anunciaba la actuación de aquel grupo al que habían seguido con tanto afán en su juventud. Desde entonces no dejaba de darle vueltas. Le daba miedo pero no podía perderse una ocasión como aquella. Se sentía abrasada por la curiosidad ante lo que pudiera encontrarse en el concierto y, a pesar de que nadie quiso acompañarla, se sobrepuso a la pereza de tener que ir sola.
No sabía cómo vestirse. Quedaban tan lejos aquellos ochenta, cuando su yo adolescente e inseguro tardaba horas en arreglarse, en realidad desarreglarse, cada vez que tenía que salir. Debía buscar el atuendo que se ajustara a los códigos impuestos por su tribu. Además tenía que ser cómodo para tirarse al suelo o para correr si les perseguían alguna banda rival o algún cerdo acosador. Había que peinarse a conciencia para parecer despeinada y ejecutar un laborioso maquillaje para lograr un look enfermizo. Suponía un esfuerzo considerable conseguir ese aspecto mezcla de zombi, apache y superviviente de un holocausto nuclear que veía en las fotos de aquella época, cuando tenía que inventar estrategias peregrinas para esquivar el férreo control de la familia. Suspiró, decidida al fin a vestirse con total normalidad. Unos vaqueros, un jersey de lana, debía hacer un frío horrible ahí fuera, botas cómodas, abrigo y gorro. Hacerse mayor era una liberación en muchos aspectos. Como concesión a la burguesita que habitaba en su interior, se pintó los labios con un rouge de calidad y se roció con su perfume preferido, del que recordaba la composición sin necesidad de releerla: bergamota, mandarina, melocotón, flores blancas, ámbar y vainilla. Por algo era una enamorada de los perfumes desde niña, cuando se los quitaba a su madre en cuanto se descuidaba.
Pelirroja natural, el paso de los años había apagado las llamas de su pelo. Por desgracia, sí mantenía unas cejas y unas pestañas tan claras que apenas se veían. Odiaba su cara de pánfila, con esa expresión de animal asustado, sus ojos redondos, sus labios demasiado finos y su nariz pequeña y llena de pecas. De joven se convirtió en una experta en hacerse la raya del ojo para endurecer su imagen. Trazaba con facilidad extravagantes rabillos al estilo egipcio para conseguir una mirada de vampiresa destartalada. Había adquirido tal pericia que podía hacérselos sin necesidad de mirarse al espejo. Los labios pintados de negro completaban la ecuación. Se miró en el espejo de su tocador, el mueble preferido de la casa. Qué distinta estaba ahora. Las arrugas de expresión campaban a sus anchas, aunque tenía suerte de no parecer todavía un acordeón. Descubrir el tinte de pestañas resultó un alivio. Ahora había unas extensiones increíbles, pero ya no se veía con edad para llevarlas. Ese era su problema, que no se veía con edad de nada.
¿Empezarían los conciertos con puntualidad o se retrasarían tanto como en su época? No vivía lejos del local donde iba a tocar el grupo pero optó por coger el metro, la sala se encontraba al lado de una de las salidas de Gran Vía. Jóvenes con aspecto parecido al de su yo adolescente se congregaban alrededor de la puerta del local. Por un momento sintió pánico y pensó en marcharse, preguntándose qué pintaba ella en aquel lugar. Se animó al ver entrar a gente de su edad, no había llegado hasta allí para salir corriendo. Con voz vacilante pidió una entrada al enorme tipo que estaba en la puerta. Él agarró su mano y la marcó con un sello de caucho, se sorprendió de que todavía se hiciera eso. Accedió, titubeante, al interior de la sala. Reducida y alargada, tenía un mostrador en la parte izquierda, repleto de botellas y pegatinas. Al lado, la pequeña cabina y la mesa de mezclas. Los teloneros ya estaban tocando. Tres jóvenes, completamente entregados en el escenario, mostraban sus torsos desnudos, repletos de tatuajes en hombros, brazos, clavículas y en las escuálidas barrigas. Gotas de sudor salían disparadas a la luz de los focos en medio de un estruendo atronador. Le dolían los oídos. El público gritaba, saltaba y se empujaba, el ritual seguía siendo el mismo. Prefirió quedarse en el fondo de la sala, retirándose todo lo posible de la bulla. Vio que un tipo con una enorme cresta se paseaba, pavoneándose, mientras tonteaba con una botella de cerveza, amagando con lanzarla. Sintió inquietud. Parecía dispuesto a liarla, podía olerlo.
Los teloneros finalizaron y se encendieron las luces durante la pausa. Se acercó a la barra y pidió un gintonic, que le sirvieron en un vaso de plástico. No pudo disimular una mueca de disgusto por la poca consideración que mostraban hacia su bebida, mientras que el de la cresta exhibía la botella de cristal con total impunidad. Se sintió inquieta, el cuerpo le pedía nicotina, por más que intentaba resistirse no podía concebir un directo sin tabaco. Preguntó al camarero si tenían, pero de inmediato se echó atrás. Él la miró sin entender. Se enredó en una explicación, que el otro no había pedido, sobre los años que llevaba sin comprar tabaco. Si se hacía con un paquete se lo fumaría entero, así que lo mejor era evitarlo. El camarero le tendió un cigarro. Salió con su copa al helado exterior. Le gustaba romper en ocasiones especiales la promesa de no volver a fumar.
Por fin salieron los cuatro, la formación original a pesar del tiempo transcurrido. Era algo así como ciencia ficción. Ninguno de ellos había muerto dejando un bonito cadáver, no ingresaron en el club de los 27 y se llevaban lo suficientemente bien para tocar juntos; habían logrado controlar sus egos en beneficio del grupo. Le impactó encontrar a aquellos chavales escuálidos y con los pelos de punta convertidos en hombres maduros. Se mantenían en forma, vestían vaqueros y camisetas negras, el único guiño punk era la muñequera de pinchos del cantante. El público empezaba a impacientarse, “¡¡¡Venga ya, hostia!!!, ¡¡¡Tocad ya, cabrones!!!”. Tras un lacónico saludo a la audiencia, el bajo, atronador, fue la señal de que aquello comenzaba. La sangre pareció recorrer sus venas a más velocidad. Cuánto tiempo sin disfrutar de aquella adrenalina. Una nostalgia espesa la trasladó a un concierto vivido muchos años atrás.
Había conocido a la banda en su juventud a través de Roque. A él le hacía gracia aquella muchachita, ávida de experiencias, siempre intentando escapar del control de su familia. Su curiosidad y candidez de entonces fue un imán para aquel muchacho musical y lleno de angustias, alrededor de quien siempre había droga. Roque le gustaba más que calzarse unos boogies, más que hacer pellas, más que pintarse las uñas, más que los bollos rellenos de chocolate, más que Santiago Auserón. Roque, de rostro perfecto y peligroso, le hizo mucho daño... Estaban predestinados a acabar mal, pero qué iba a saber ella entonces. Un concierto en el Rock Ola, treinta y cinco años atrás, fue el inicio de su historia. No supo adivinar lo turbio que encerraban aquellos ojos del color del mercurio. Coco y Roque, pura cacofonía. Le ofreció cinco años ruinosos y una mala historia de amor. Algún pico compartido, “nadie te va a querer como yo”, insultos, “eres una desequilibrada”, el primer empujón, “no puedo vivir sin ti”, confusión, “no me entiendas porque entonces lo vas a llevar fatal”, manipulación, “no me hagas sentir más mierda de lo que ya me siento”, abismo, “debo mucho dinero”. La oscuridad. Por suerte, con los años le perdió la pista. Y sin embargo, él había retomado el contacto como si tal cosa... con lo que le había costado olvidarle. “Hace quince años que no me toco la vena”, le había aclarado Roque. Qué útil le resultaba a él su desmemoria. Una vez más no supo decirle que la dejara en paz.
1983. En febrero el gobierno socialista había expropiado Rumasa, un 23F nada menos, y ardía Sagunto en defensa de los Altos Hornos del Mediterráneo; Eduardo Benavente acababa de morir en accidente de tráfico y comenzaba sus emisiones un nuevo programa que prometía, La edad de oro, conducido por Paloma Chamorro; los correctos veían Gente joven; en Alemania se publicaban los diarios de Hitler en medio de un enorme revuelo y Juan Pablo II había retirado la condena a Galileo con cuatro siglos de retraso; como fan, Coco esperaba con entusiasmo el estreno de El Retorno del Jedi; también resultó seguidor de la saga el presidente Ronald Reagan, que calificaba a la URSS de “imperio del mal” y bautizaba su programa de defensa como “Guerra de las Galaxias”; McEnroe y Lendl, con sus jerseys de rombos, reinaban en tenis; en heavy triunfaban Barón Rojo y Obús y las radios bombardeaban con Mecano; odiaba con saña a los grupos italianos melódicos, a La Trinca, Azul y Negro, Miguel Ríos y Flashdance; las baladas de Spandau Ballet, la “Dolce vita” de Ryan Paris, la banda sonora de “Oficial y caballero” o Bonnie Tyler le enfurecían; sólo con el transcurso de los años valoraría a Police, U2, Pink Floyd, David Bowie o Depeche Mode, artistas que brillaban entonces aunque no les prestara atención, enganchada a Ramones, Dead Kennedys o UK Subs.
Si todos los que se declaraban asiduos del Rock-Ola hubieran estado allí, la historia del local abarcaría décadas y no los escasos cinco años que permaneció abierto. Pero ella sí estuvo, aunque no se encontraba entre los habituales. El aspecto de la sala de Padre Xifré, junto a Torres Blancas en la estación de metro Cartagena, no era nada del otro mundo pero el tiempo y la mitomanía de las bandas que por allí pasaron lo había elevado a los altares. Lo que más le llamó la atención aquella lejana noche fue que en el Rock-Ola el escenario se encontraba casi a la altura del público. La visita a aquel templo de la modernidad, repleto de mesitas bajas y butacas tapizadas, la dejó hondamente impresionada. Era la primera vez que estaba fuera de casa tan tarde y tan lejos, libre del control de los mayores. La suerte se había aliado por una vez con ella en forma de providencial viaje de trabajo de su padre, férreo guardián de las buenas costumbres. Sin él en casa, todo resultaba más sencillo. Su madre no se enteraba de nada, o eso creía ella entonces porque con la edad había empezado a pensar que en realidad se hacía la loca para evitar conflictos. Consiguió liarla con una historia que no se sostenía demasiado, pero para su madre fue suficiente, no indagó mucho más. Rezando para no encontrarse con ninguno de sus hermanos, se escapó por la puerta de la cocina, lo de puerta de servicio le remitía a su origen acomodado, que entonces le avergonzaba. Tuvo suerte, porque su atuendo no habría pasado el examen de sus hermanos mayores, redomados juerguistas pero tremendamente conservadores con las chicas, en especial con ella por ser la pequeña. Había elegido una ropa acorde con la ocasión. Una escotada camiseta de leopardo, chaqueta fina de cuero con hombreras, minifalda de lycra, collar de pinchos, botas con tachuelas y una pequeña cartera donde meter el monedero y un pintalabios negro para retocarse. Su plan incluía completar el peinado y el maquillaje en casa de una amiga, desde donde se desplazarían con el resto de la pandilla hasta el Rock-Ola.
¡Derriba los muros y haz lo que te dé la gana!, era el lema de aquella banda sepultada bajo el peso de los años, que había estado “en primera línea de fuego en la explosión punk de inicios de los ochenta”, como rezaba un artículo cuyo enlace le había pasado Roque. Aquellos adolescentes precoces llenos de rabia habían montado un grupo caracterizado por una abrasadora necesidad de hacer ruido, una voz muy personal e imitada por muchas otras bandas y unas letras de extraña profundidad. No era normal que unos chavales tan jóvenes tocaran con esa autoridad y estuvieran tan seguros de sí mismos. Pero así fue. Su breve y furiosa carrera les proporcionó momentos delirantes. Ni siquiera aspiraban a ser músicos, sólo pretendían expresar sus inquietudes y divertirse. Saber tocar, componer, todo lo que rodeaba a la música, no era más que algo secundario. Querían correr, hacer, disfrutar, les daba igual lo que pasara al día siguiente. Vivían en pleno calentón por la edad y por aquel momento histórico, irrepetible, cuando tantos pensaron que España iba, por fin, a cambiar.
Ella mantenía un vivo recuerdo de la expectación que supuso acudir a aquel concierto, tan lejano ya en el tiempo. La banda participaba en las semifinales de un concurso de rock, tenían poco más de quince minutos para tocar a toda pastilla y sin descanso las canciones de su repertorio que fueron capaces de meter. Resultó una actuación trepidante que dejó al público exhausto. Pero aún se guardaban un explosivo final. Sorprendieron a todo el mundo con un tema compuesto expresamente para aquella noche, en el que cargaban contra la industria, las radios y la prensa musical, los dueños de la sala y, en especial, contra los porteros. Incitaban al caos y la destrucción a unos espectadores que no necesitaban ser azuzados para liarla a lo grande. Pronto empezaron a lanzar ceniceros y botellas. Cuando voló la primera butaca, alguien se subió al escenario y ordenó parar. Los chavales se resistieron, respondiendo con todo tipo de burlas. Sin embargo, el personal del Rock-Ola fue haciéndose con la situación, hasta lograr restablecer el orden. La banda, que había sido jaleada durante toda la actuación, comenzó a ser insultada por la veleidosa audiencia. Bajaron del escenario, de mala gana, entre escupitajos y abucheos.
Acalorada y con ganas de hacer pis, se acercó hasta el atestado baño de chicas. Esperó su turno, mientras repasaba con la cabeza zumbando y el corazón desbocado los acontecimientos que estaban viviendo aquella noche. Mientras meaba, haciendo equilibrios sobre un suelo encharcado y un retrete humeante, le llamó la atención una pintada en la puerta: “ASFIXIA, SUDOR Y NADA”. Tachó la palabra final con su pintalabios y al lado escribió “DESTRUCCIÓN”. Salió del baño y, absorta en sus pensamientos, no se dio cuenta de que el grupo al completo salía en tromba del otro baño. Sospechando que les podía caer una lluvia de sopapos se movían todos juntos por el local en extraña formación. Se chocó con el cantante, el que había exhibido una actitud más bravucona en el escenario. Se quedó mirándola con una sonrisa de burla. Ella sólo acertó a decir “Soy Coco”, aquel chico imponía. Sus compañeros no le dieron opción de responder, con un tirón de brazo se lo llevaron de allí. Borrachos e ilusos, salieron de la sala sintiéndose triunfadores, sin imaginar que les harían pagar cara su deslenguada actuación. Los matones se cobrarían más tarde la humillación en forma de paliza y aquel comportamiento les costaría algún disgusto y que se les cerraran unas cuantas puertas.
Treinta y cinco años después de aquella noche en el Rock-Ola, el grupo seguía sonando como un tiro, a pesar de que no habían vuelto a tocar aquellas canciones desde mediados de los 80. Pensó en lo emocionante que resultaba que tanta gente les recordara y les echara de menos. Tras algunos nervios en las primeras canciones se hicieron enseguida con el control de la actuación, manteniendo la autoridad de sus comienzos.
La gente ya andaba caliente cuando sonó la canción que les convirtió en una leyenda subterránea en aquel lejano concierto del Rock-Ola. El sujeto de la botella se situó frente al escenario e inició un baile frenético. El público de alrededor le jaleaba y él, crecido, arrojó sobre los músicos lo que parecía un abono transportes. La banda seguía a lo suyo, impasibles, y el de la cresta, picado, se quitó la camiseta y se la lanzó. Sin parar de moverse, se dirigió al fondo de la sala, colocándose detrás de donde estaba ella. De refilón notó que realizaba una extraña maniobra. Sorprendida, vio que lo que estaba sobrevolando por encima de su cabeza era ¡un pato de plástico! Aquel comportamiento le recordaba a Roque, cuando la mezcla descontrolada de sustancias le conducía a un inquietante estado alterado de conciencia. El tipo volvió a primera fila y sacó de una mochila un paquete de bollería industrial, que dejó sobre el escenario. Al menos tuvo el acierto de no arrojar los dulces por los aires. Los designios del punk seguían siendo inescrutables, aunque le intrigaba el porqué del pato de plástico.
Finalizado el concierto, mientras la banda bebía cerveza y se comía los bollos que el tipo de la cresta les había ofrecido de aquella extraña forma, se acercó al cantante y se presentó. “Soy Coco, me choqué contigo hace siglos en vuestro concierto del Rock-Ola”. Divertido, él le devolvió el saludo con un escueto “hola” y le preguntó si le había gustado la actuación. Intentaron alargar la conversación, pero poco más tenían que decirse.
Los 80 permanecieron desactivados durante mucho tiempo, los daban por enterrados pero el auge de las redes sociales los reavivó de nuevo. Todo el mundo se había reencontrado y de repente aquella época volvía a resultar interesante y a ponerse de moda. Sin embargo, ella odiaba la nostalgia mal entendida y quería vivir intensamente el presente. El Rock- Ola no le recordaba la Movida ni las bandas ni los ochenta ni la mitomanía, inevitablemente lo identificaba con el final de una etapa feliz, cuando todo era posible y divertido. Aquel concierto del 83, entonces no lo sabía, abrió la puerta a un tiempo demasiado ingrato. La tentación de volver al pasado la había seducido por un momento, pero sólo estaría tranquila mientras no girara la cabeza. ¿Para qué mirar atrás?
Buscó a Roque entre los contactos de la red social. Y, por fin, no dudó.
Eliminar de mis amigos.
Conx

Concierto de Chris Robinson Brotherhood en Madrid, lucidez y estilo para una noche de lunes



(11/03/2018) Madurar es llegar tarde a un concierto de Chris Robinson, situarte en un lugar lejano donde ves el escenario con dificultad y que te dé igual. Se ve que no he madurado lo suficiente porque sí que me importó. Mucho. Me pasé toda la primera parte del concierto con un soberano disgusto. Frustraciones personales aparte, pocos artistas pueden lograr sacarnos de casa un lunes por la noche. Chris Robinson Brotherhood es uno de ellos.
La banda del que fuera líder de los míticos Black Crowes brilla especialmente en el directo. No es casualidad que no hayan grabado apenas videoclips de sus temas y que casi todo lo que podemos encontrar sobre ellos en internet son grabaciones en directo, no sólo de sus incontables conciertos, sino también de numerosas actuaciones en radios, televisiones e incluso en establecimientos.
Las actuaciones de Chris Robinson Brotherhood se remiten a salas de tamaño medio, en Madrid tocaron en la Sala BUT, con todas las entradas vendidas días antes. No sé qué sucedió en la otra ocasión en que visitaron España, pero esta vez flotaba en el ambiente bastante expectación y ganas de ver a una banda formada en 2011 y compuesta por Chris Robinson, voz y guitarra; Neal Casal, guitarra principal; Adam MacDougall, teclados; Tony Leone, batería desde 2015 cuando sustituyó a George Sluppick, y Mark Dutton “Muddy” al bajo. Sus músicas de referencia son el blues, la psicodelia y un más que evidente toque sureño siguiendo la estela de The Black Crowes. Se les etiqueta además como Jam band, en la línea de grupos como Grateful Dead o The Allman Brothers, haciendo gala de una refrescante libertad y expansión en el desarrollo de unos temas de larga duración en los que destaca la parte instrumental por encima de las letras.
En la actuación del pasado lunes 5 de marzo, el guitarrista Neal Casal vestía una camiseta de Jerry García, según he podido apreciar en uno de los videos que el público ha subido a la red. Sin duda, toda una declaración de intenciones de un guitarrista muy brillante, que protagonizó algunos de los mejores momentos de la noche, logrando varias ovaciones del entregado público que abarrotaba la sala. En la banda también adquiere un gran protagonismo los teclados “vintage” en la mayoría de los temas.
El concierto se abrió con un rock de corte clásico, “Seven Nights To Rock” y a lo largo de casi tres horas sonaron canciones como las maravillosas “Behold the Seer”, “New Cannonball Rag”, “The Herald Hermit Speaks” (con fraseos que me recuerdan a Dylan), “Rosalee”, “Good to know” o “Narcissus Soaking Wet”. El formato de las actuaciones en esta gira incluye dos extensas partes, divididas por un descanso de unos veinte minutos.
En la actuación de la banda también hubo lugar para versiones, uno de los platos fuertes de Chris Robinson, como es el caso de su deliciosa revisitación del “It's All Over now Baby Blue” de Bob Dylan o del “Watching the Wheels” de John Lennon (como curiosidad, en el primer disco de los Black Crowes incluían el Jelous Guy de Lennon). En Madrid nos ofrecieron “Loving cup” de los Rolling Stones, que ya interpretaban en la época de los Black Crowes.
Chris mantiene con su nueva banda elementos que ya usaba en sus directos con los cuervos negros, como el escenario cubierto de alfombras y el incienso. Numerosos bastones fueron prendidos en la segunda parte, aunque a nosotros no nos llegaba su aroma, allá en la lejanía en la que nos encontrábamos. Un magnífico juego de luces completaba la elegante escenografía.
En definitiva un más que satisfactorio concierto de un músico al que queremos y con el que hemos crecido musicalmente. Le vi por primera vez en 1995 en el desaparecido Pabellón del Real Madrid durante la gira de Amorica, aunque les seguía desde el disco de debut “Shake Your Money Maker” (1990).
Nos alegramos de la lucidez y buen estado de forma de un músico que ha liderado una banda ya considerada clásica, como fueron los Black Crowes. Se agradece que haya emprendido el camino correcto para continuar con acierto su carrera musical. Chris Robinson ha dado con la tecla, lo que nos llena de satisfacción.



“La movida que te salvó” de Mariano Pinós. Un canto a la contracultura de los 90


(04/03/2018) En la calle Magdalena esquina con Ave María, en la que fuera una tienda de muebles, se ubica actualmente la librería Sin Tarima, regentada por nuestro apreciado Santiago Palacios. Cuando leímos en sus publicaciones en redes sociales que se presentaba un libro repleto de música sobre vivencias juveniles ambientado en los años 90, decidimos que no podíamos perder la ocasión. “La movida que te salvó” del autor zaragozano Mariano Pinós es un retrato generacional de la década de los 90, que recoge las vivencias de un grupo de chicos amantes del hip hop, en el que encuentro muchas similitudes con mi novela “Sin pedir permiso,” un libro muy musical y también ambientado en los 90. Si la movida que salvó a Mariano fue el hip hop en mi caso fue la radio, como le comenté mientras me firmaba mi ejemplar. La presentación en Madrid corrió a cargo del periodista Daniel Bernabé (La Marea), quien nos animó a apoyar a los autores noveles y menos conocidos, que lo tienen (tenemos) complicado para dar a conocer sus obras.
La novela me ha dejado muy buen sabor de boca, la historia engancha y emociona, más allá de que yo no haya sido nunca seguidora del hip hop, aunque debido a los últimos acontecimientos que estamos sufriendo “el rap se está convirtiendo en el nuevo punk”, como me decía hace poco un amigo zaragozano, Noé Felipe. Por eso “La movida que te salvó” es también de alguna manera mi historia porque, como dice Mariano, habla de “historias de la calle”, que son “universales”. En ese sentido comenta Daniel Bernabé en la presentación que, a pesar de no conocer Zaragoza y serle bastante ajeno el hip hop, ha conectado perfectamente con el libro, un “viaje muy personal pero a la vez grupal y colectivo”, que no es sólo para la generación de los que fueron (fuimos) adolescentes (jóvenes) en los 90, sino para todos aquellos que hacen “de la contracultura una forma de intentar sacar adelante su vida, en medio de unas condiciones muy difíciles”. Como explica Daniel, “La movida que te salvó” no ofrece una visión idealizada de aquellos años, no se trata de un “Cuéntame los 90”, no rinde tributo a la nostalgia. En estos recuerdos hay “mucha violencia”, porque “los 90 fueron una época complicada”. Mariano tampoco maquilla a los personajes, no los dulcifica, ni los convierte en políticamente correctos. Los muestra como son, con sus pequeñas grandezas y sus enormes miserias, como la vida misma. En determinados momentos son egoístas, inseguros, cobardes y machistas, Nosotros teníamos que hacer cosas de hombres, y la máxima expresión de esas cosas era darnos de hostias con otros hombres. Así eran aquellos tiempos.
La novela está dividida en diferentes capítulos que abarcan varios años y cada uno empieza con una serie de palabras que resumen conceptos, personajes y sucesos que sitúan al lector en el espacio-tiempo en que transcurre lo que se va a contar. Esas breves píldoras resultan muy evocadoras y son todas perfectamente reconocibles para los que vivimos aquella época. Toda la novela está repleta de referentes “noventeros”, como la Generación X representada por la película “Reality bites”, que sin embargo suenan a otra galaxia al protagonista, no entendí sus problemas éticos y generacionales ni me identifiqué con ellosLa estructura narrativa es circular; comienza con un breve episodio de una batalla callejera que no se desvelará hasta el épico final, cuando conozcamos quienes son los luchadores y el por qué de una pelea, resuelta de manera sorprendente.
El libro de Mariano es más que un libro testimonial, “La movida que te salvó” es también un libro político. Al fascismo no se le discute, se le destruye, afirma el protagonista. Mariano recuerda que la escritura de la novela surgió en parte de un documental sobre cazadores de nazis y las bandas antifascistas en el París de los años 80, “Chasseurs de Skins”; pensó al verlo que eso lo había vivido él en su juventud y reflexionó sobre lo poco que se ha novelado la década de los 90. El autor decidió entonces escribir sobre sus recuerdos de aquella Zaragoza que ya no existe porque entonces “no había apenas policía en las calles” y los raperos “no estaban perseguidos por la Audiencia Nacional”, ironiza. El escenario no sólo es la ciudad, también es la música y las personas (grafiteros, raperos) que el autor conoció, incluyendo sucesos reales de la época como una batalla campal entre antifascistas y nazis el 20N de 1992. “En la novela invento una trama pero sobre sucesos y conflictos que pasaron de verdad”, explica. El antifascismo de los 90 “se vio afectado cuando empezó el speed”, mucha gente prefirió perderse por esos caminos, abandonando el compromiso político y el antirracismo y convirtiéndose en otra cosa. Aunque, como ironiza el protagonista, en aquella época ser antirracista era una postura progre fácil de mantener en un contexto de poquísima inmigración.
“La movida que te salvó”, un libro que reivindica la conciencia de clase, está ambientado en una década en la que se produjo en el país “el mayor cambio sucedido en cuarenta años”, el momento en que la burbuja inmobiliaria abrió la puerta al neoliberalismo salvaje que aún hoy padecemos. El libro realiza un certero retrato de la clase trabajadora a través del grupo de amigos que lo protagoniza. Se nota que quien lo cuenta conoce de lo que habla. No era una historia muy novedosa pero era la mía, reconoce el protagonista.
Su vida transcurría por lugares conocidos, con gente conocida, buscando espacios de seguridad. El aprendizaje de los personajes, que viven en un barrio obrero de Zaragoza, se produce en la calle. La vida era monótona y cada día fotocopiado del anterior; un apocalipsis diario de tedio y fealdad. El barrio, constantemente presente en la novela, marca la vida de sus habitantes y va más allá de una simple zona geográfica. Aunque es un territorio muy específico, en el fondo los recuerdos son compartidos, podría ser un barrio de cualquier ciudad española. “Tiene que ver con la clase social”, opina Daniel, “un hilo que nos une a muchos y hace que nuestro pasado y nuestros recuerdos sean comunes”. Daniel, Mariano o yo misma crecimos en unas condiciones parecidas, por eso conectamos con esas historias.
El barrio marca a fuego. Cualquier intento del protagonista de salir y abrirse a otros ambientes acaba fatal. Quería huir del gueto pero había traído el gueto conmigo. (... ) vuelve al agujero. La Zona Pija es para los chicos “Territorio Comanche”, la tierra del enemigo. El clasismo siempre está presente, los chicos de instituto privado son también el enemigo. Pijos y rappers se liaban a palos desde su más tierna edad.
La música y el arte urbano fueron un buen antídoto contra la brutalidad. Crear siempre es mejor que destruir (...) vacunó a muchos chicos de abajo contra los monstruos ideológicos que crecen en sus barrios. El hip hop, “la movida que les salvó”, fue la música que escucharon los protagonistas de la novela, les vertebró, fue para ellos un modo de vida. Y si no lo sentías no ibas a entendernos (…) Va al ritmo de mi pulso; le habla a mis entrañas. El hip hop y su nick eran su “verdadera identidad”, explica el autor. Le di el nombre que tengo según el registro civil. Pensé que esta era una ocasión para desempolvarlo.
En el libro se hace referencias a figuras de la música como Big Daddy Kane, Public Enemy, Cypress Hill o KRS-One. Los personajes también son seguidores del hip hop local, el underground del underground. Aparecen artistas como Larone, que rapeaba en Mission Hispana, la vieja escuela considerada precursora del movimiento (de este grupo sonaba en Radio Resistencia a menudo el tema “El son del americano” a mediados de los 90) o el hoy aclamado Kase O., entonces un jovencito que empezaba.
Los chicos escuchaban maquetas de grupos de raperos de la ciudad y se hacían con fanzines fotocopiados y grapados, dedicados al hip hop y al graffiti. Escuchaban las maquetas de cassette en el “loro” de alguien. No había bares que pincharan hip hop ni tenían dinero para gastar, por eso los chavales escuchaban su música en la calle, mientras bebían. Los pocos que tenían parabólica grababan cintas de video VHS de la MTV, que se pasaban unos a otros.
“El rap era la CNN de los negros”, Mariano recuerda las palabras de Public Enemy. “También fue nuestra CNN por eso pegó tanto; nosotros queríamos ser como aquellos negros que rapeaban con tanta autoridad”. Aquella música fue para ellos la puerta de entrada a otras músicas, como el soul de los 70 (Barry White), cuando buscaban ritmos para samplear.
El barrio da pocas oportunidades a una juventud que no cultivaba ninguna afición interesante y para la que no se vislumbraba futuro. Desde muy temprano el alcohol y las drogas eran la vía de escape más a mano, para alterar la realidad, tan deprimente y para escapar cobardemente de la depresión. Con la droga huían del trabajo asalariado, el aburrimiento y la nada existencial. Algunos empezaron a trabajar en la construcción, en el comienzo de la burbuja inmobiliaria, ellos sí disponían de dinero para gastar. Los que no trabajaban era porque estudiaban o porque no les daba la gana. La vida de lunes a viernes se convirtió en un trámite necesario, la verdadera vida empezaba para ellos el fin de semana.
La movida corrió verdadero peligro con la irrupción de los makineros y el éxtasis. Los que la siguieron por moda la dejaban poco a poco. Ellos eran los que estaban en la onda, quienes no se metían eran los tirados. Aquella “ruta del bakalao” levantina, también llegó a Zaragoza. Aquellos chicos se vieron envueltos en La fies: la noche, la música, las rayas, las rulas, la pista, las chicas alrededor. Las pastillas fueron unas gafas nuevas con las que mirar. Los colegas de pedo sustituyeron a los verdaderos amigos. A aquellas discotecas de carretera, en medio de la nada, no se iba a hablar, se iba a seguir el tamtam y danzar para los dioses oscuros. Finalmente escapan y vuelven a buscar las esencias cuando son conscientes de que todo aquello es una trampa, Sensación de absurdo, de que todo carecía de sentido, y además todo era cutre y feo. Y hacía frío.
En la novela cobra gran importancia la amistad, pero no “la idealizada de las películas”, sino una amistad real que incluye la traición, porque “no hay mayor enemigo que el que un día fue amigo”, como reflexiona Daniel Bernabé. Las circunstancias son las que llevan a estar con un determinado tipo de gente y la adolescencia marca realmente el resto de la vida. En el libro aparece gente que “en esas circunstancias tan difíciles consiguieron ascender por la montaña y otros que cayeron por el barranco”, en palabras de Daniel.
El amor se vive entre ellos como una batalla. El protagonista siente verdadera fascinación por la bella, dura y, finalmente marchita, Mari, la chica del barrio que es novia de uno de los camellos de poca monta. Mari es resuelta, dura e inalcanzable. El protagonista también siente una atracción por las pijas que suele acabar fatal. La irremediable y frustrada historia entre la chica de colegio privado y el pandillero.
Estos jóvenes formaron parte de la última generación del siglo XX, antes de que existiera un acceso masivo a Internet, la última época sin redes sociales. Un cambio muy bien reflejado en el libro. En definitiva, “La movida que te salvó” es un canto a la contracultura de los años 90, frente al actual consenso en torno a la normalidad. “Lo normal se ha encumbrado de una forma un tanto acrítica, cuando la normalidad actual es el neoliberalismo”, reflexiona Mariano.